Ciclo B

33° Domingo en Tiempo Ordinario – 18 de noviembre de 2018 – Año B

A invierno más duro, más fructífera la nueva estación

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Estamos asistiendo en nuestro mundo de hoy a constantes progresos científicos y tecnológicos, al aumento de la sensibilidad hacia valores más altos, pero nos producen consternación y profundo malestar las injusticias planetarias, las guerras, los bruscos vaivenes políticos, económicos y sociales. Colapsan ideologías consideradas inmunes al paso del tiempo, vienen a menos las certezas, desaparecen de escena personalidades de la política, caen en el olvido atletas y estrellas del espectáculo tan pronto como se apagan los reflectores y las cámaras que los enfocaban. Todo es discutible. Incluso los dogmas son revisados y reinterpretados; ciertas prácticas religiosas que parecían indispensables e insustituibles, se revelan viejas y gastadas, su tiempo pasó y han sido abandonadas.

 

Frente a estas turbulencias, algunos se rebelan, otros se resignan, muchos se desaniman y piensan que hemos llegado al final de todo, incluso de la fe. ¿Cómo evaluar estas realidades? ¿Cómo comportarse frente a acontecimientos tan alarmantes? ¿Cómo participar en el día a día de este mundo que nos rodea: con ansiedad y miedo o con compromiso y esperanza?

 

Los afanes, dolores y sufrimientos del agonizante son preludio de una muerte inminente, los dolores de parto de una mujer anuncian el comienzo de una nueva vida.

Jesús nos ha mostrado la perspectiva justa: “Cuando comience a suceder todo esto, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación” (Lc 21,28).

 

En un mundo que parece condenado a la ruina atrapado en su propia espiral de violencia, el no creyente baja la cabeza y se desespera convencido de que nos estamos acercando al final; el creyente permanece firme y erguido en medio de la prueba, alza la cabeza y en cada grito de dolor sabe que “la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto” (Rom 8,22). En todo lo que sucede, capta el preludio no de la muerte sino de un acontecimiento gozoso: el nacimiento de una nueva humanidad.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El destino del mundo esta en las manos de Dios, por eso alzo la mirada”.

 

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Cristo Rey – 25 de noviembre de 2018

El triunfo de los vencidos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

“Entonces Pilato se hizo cargo de Jesús y lo mando azotar. Y los soldados entrelazaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto rojo, y acercándose a él, le decían: ¡Salud, Rey de los Judíos! Y le pegaban en la cara” (Jn 19,1-3).

 

¿Cómo es que Jesús no reaccionó como lo hizo cuando fue golpeado por al siervo del sumo sacerdote? (cf. Jn 18,23)

La entronización de un rey de parodia era un juego muy conocido en la antigüedad. Un prisionero que a los pocos días sería ajusticiado, venía revestido de insignias reales y tratado como emperador. Una burla cruel, a la que Jesús también fue sometido.

 

En la escena descrita por Juan aparecen todos los elementos que caracterizan la entronización de un emperador: la corona, el manto de purpura, las aclamaciones. Es la parodia de la realeza y Jesús la acepta porque demuestra de la manera más explícita cuál es su juicio sobre la ostentación de poder y la búsqueda de la gloria de este mundo. La ambición de sentarse en un trono para recibir honores e inclinaciones es para él una farsa, aunque sea, por desgracia, la comedia más común y grotesca recitada por los hombres.

 

En la escena final del proceso (cf. Jn 19,12-16), Pilato conduce fuera a Jesús, y lo hace sentar sobre una tribuna elevada. Es mediodía y el sol está en su cenit cuando, frente a todo el pueblo, señalando a Jesús coronado de espinas y cubierto con el manto de púrpura, proclama: “Ahí tienen a su Rey”. Es el momento de la entronización, es la presentación del soberano del nuevo reino, el reino de Dios.

 

Para los judíos, la propuesta es tan absurda que les supo a provocación, de ahí que, furiosos, reaccionan indignados: “¡Fuera, fuera, crucifícale!” (Jn 19,15). Un rey así no quieren ni verlo, decepciona todas las expectativas y es un insulto al sentido común. 

 

Jesús está allí, en alto, para que todos lo puedan contemplar, iluminado por el sol que brilla en todo su esplendor; está en silencio, no añade nada a la burla porque ya ha quedado todo explicado. Espera solamente que cada uno se pronuncie y haga su elección.

 

Uno se puede decidir por las grandezas, por los reinados de este mundo, o bien seguirle a Él, renunciando a todos los bienes y aceptando la derrota por amor. De esta elección dependerá el éxito o el fracaso de una vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Reinar con Cristo, nos convierte en siervo de los hermanos con él”.

 

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32º Domingo del Tiempo Ordinario – 11 de noviembre de 2018 – Año B

¿Cuánto vale el rhino de los cielos?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Son frecuentes las exhortaciones de la Biblia a la limosna: “El honrado da sin tacañerías” (Prov 21,26); “Da tu pan al hambriento y tu ropa al desnudo. Da de limosna cuanto te sobre y no seas tacaño en tus limosnas” (Tb 4,16).

 

Si hay un precio que pagar para entrar en el reino de los cielos, ¿cuánto cuesta? ¿Será suficiente dar algo como limosna? En una célebre homilía (Hom. en Ev. 5,1-3), el Papa Gregorio Magno (590-614) aborda el tema y responde: “El reino de Dios no tiene precio; vale todo lo que tienes”; luego ilustra su afirmación con algunos ejemplos tomados del evangelio.

 

En el caso de Zaqueo, la entrada en el reino de los cielos fue pagada con la mitad de los bienes que poseía, ya que la otra mitad la había gastado en retribuir cuatro veces más a los que había defraudado (cf. Lc 19,8). En el caso de Pedro y Andrés, el reino de los cielos vale las redes y la barca, ya que los dos hermanos no tenían otra cosa (cf. Mt 4,20).

 

La viuda lo compró por mucho menos: sólo dos moneditas (cf. Lc 21,2). Algunos entran incluso ofreciendo sólo un vaso de agua fresca (cf. Mt 10,42). El precio a pagar es fácil de establecer: el reino de Dios vale todo lo que tienes, por poco o mucho que sea.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El reino de Dios es un tesoro que no tiene precio, para conseguirlo hay que darlo todo”.

 

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Dedicación de la Basílica de Letrán – 9 de Noviembre

Introducción

 

Hoy recordamos la Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa como Obispo de Roma, erigida por Constantino, que fue durante siglos la residencia habitual de los Papas. Aun hoy, aunque reside en el Vaticano, el día del Jueves Santo, el Papa preside cada año la Eucaristía en San Juan de Letrán, con el lavatorio de los pies.

 

Esta basílica es símbolo de la unidad de todas las comunidades cristianas con Roma: se llama “madre de todas las Iglesias”, y por eso celebramos esta fiesta en todo el mundo. Es una manera de recordar que todos estamos unidos por una misma fe y que la Iglesia de Roma, la Iglesia del apóstol Pedro, es un punto de referencia fundamental de nuestra fe.

 

Hoy se podría comenzar la Eucaristía con la aspersión bautismal, en relación con el tema del agua de la primera lectura, y luego cantar el Credo, el símbolo de nuestra fe, que nos une con la Iglesia esparcida por el mundo, con su centro en Roma.

 

Las lecturas de hoy nos presentan un mosaico de imágenes de lo que es la Iglesia: el agua que brota del templo, el edificio que se construye sobre Cristo, el templo de Dios y morada de Espíritu (todos somos edificio de Dios), el templo que somos cada uno de nosotros, el templo que hay que defender como casa de oración (y que no se convierta en un Mercado, como la escena del evangelio), el Cuerpo de Cristo, que será reedificado al tercer día…

 

Pero nos podríamos fijar en la primera imagen, el agua que debería manar de la Iglesia, comunidad de Jesús, para sanear y llenar de vida el mundo.

 

Ezequiel ve el agua que brota del Templo. En realidad es la salvación que mana de Dios, pero Dios manifiesta sacramentalmente su presencia por medio del Templo. Esa agua baja por la laderas, sanea lo que encuentra a su paso y allí por donde pasa todo queda lleno de vida, de peces abundantes, de árboles frutales con ricas cosechas y hojas medicinales. Es como volver a la vida que daban al paraíso del Edén sus cuatros ríos. También el Apocalipsis, en su pagina final de la historia, vuelve a presentar la misma visión: “Un rio de agua de vida que brota del trono de Dios y del Cordero, que da vida a los árboles y hace medicinales sus hojas” (Ap 22,1-2).

 

¿Qué es esta agua? El simbolismo de este valioso elemento es muy rico. Pero en el evangelio, el agua es sobre todo Cristo Jesús, come él mismo indica a la samaritana junto el pozo, donde ambos habían ido en busca de agua. O también es su Espíritu, como en otra ocasión afirma el evangelista: “De su seno correrán ríos de agua viva: esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn 8,38).

 

Dios da a la humanidad sedienta y reseca el Agua de Cristo y del Espíritu. Ahora el signo visible de esa gracia que emana de Dios para el mundo es la Iglesia, la comunidad de Jesús y del Espíritu.

 

Para los Israelitas, y para los forasteros que acudían, el Templo de Jerusalén era el punto de referencia obligado de la salvación de Dios y del culto que le dedicaban los creyentes. Ahora ese signo debería ser la comunidad cristiana, en el mundo, en una diócesis, en una parroquia.

 

De alguna manera, el sentido de esta agua vivificante está como condensado sacramentalmente en sus templos y en su liturgia: una iglesia en medio del pueblo o del barrio, con su campanario, como su lugar de reunión y oración para los creyentes y como recordatorio de valores superiores para los demás. En esos edificios –a los que llamamos igual que a la comunidad “iglesia”– es donde la comunidad puede celebrar el sacramento del Bautismo, pero también los demás sacramentos, que el Catecismo dice que emana de Cristo vivo y vivificante (CCE 1116).

 

Pero, sobre todo, es la comunidad de las personas, la que debe ser signo creíble de la vida de Dios, dentro y fuera de la celebración. Jesús, a través de su Iglesia, sigue concediendo su agua salvadora a toda la humanidad: son “aguas que manan del santuario” y debería cumplirse lo de que “habrá vida dondequiera que llegue la corriente.”

 

¿Mana también hoy, de las laderas de cada comunidad eclesial, agua para saciar la sequía del mundo, luz para iluminar su oscuridad, bálsamo de esperanza para curar sus heridas? La Iglesia, evangelizada, llena de la Buena Noticia, ¿se siente y actúa como evangelizadora, comunicadora de agua, de esperanza, de vida? ¿Puede llamarse “luz de las naciones”, sal y fermento y fuente de esperanza para toda la sociedad? ¿Da muestras de unidad interior –entorno a esa “catedral del mundo” que está en Roma– y de ímpetu misionero?

 

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31º Domingo del Tiempo Ordinario – 4 de noviembre de 2018 – Año B

¿Se puede controlar al corazón?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

El faraón era el amado del dios Ra. Desde los tiempos más remotos, el dios Ra motivaba sus intervenciones a favor del soberano con la fórmula: “Por el amor que te tengo”.

 

El Dios de Israel no conocía este sentimiento dulce y delicado. En los textos más antiguos de la Biblia a Dios se le atribuyen sólo fuertes pasiones: se arrepiente, se indigna, se apesadumbra cf. (Gn 6,6-7), cultiva la inquebrantable lealtad del señor feudal hacia su vasallo, pero no el amor, así se entiende que, presa del terror, los israelitas suplicaran a Moisés: “Háblanos tú y te escucharemos; que no nos hable Dios que moriremos” (Ex 20,19).

 

Dios contempló la creación y “vio que era bueno”, pero no se alude a una emoción de la alegría; en sus alianzas con Noé y Abrahán, se buscaría en vano en el texto sagrado la afirmación porque los amaba como motivo de su elección. El Señor escucha el clamor de su pueblo oprimido en Egipto, se acuerda de su alianza, mira, se preocupa (cf. Ex 2,23-25), pero incluso en esta ocasión no hay mención de amor. Israel se mostró reacio a atribuir al Señor el verbo ‘aheb, amar, debido a sus matices eróticos.

Oseas fue quien introdujo la imagen del afecto conyugal y, después de él, ninguna expresión de este amor, incluso las más atrevidas, fueron excluidas. Sirvió para expresar el afecto, las emociones, la ternura de Dios hacia el hombre. Se descubrió su amor por los patriarcas (cf. Dt 4,37), Abrahán fue reconocido como “su amigo” (cf. Is 41,8), se le atribuyó el afecto visceral de un padre (cf. Sal 103,13) y el juramento: “Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no te retiraré mi lealtad ni mi alianza de paz vacilará” (Is 54,10).

 

Sólo después de tomar conciencia de este amor eterno y libre, Israel sintió la necesidad de corresponder al mismo y de que un Dios que te ama, sin condiciones, tiene derecho a exigir, incluso al corazón lo que parece humanamente imposible: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Prov 25:21).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo el que ha entendido que Dios es amor es capaz de amar”.

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