Ciclo C

San José – 19 de marzo

Descubrió y realizó los sueños de Dios

 

 

Introducción

 

Nuestro sueño está acompañado de sueños, más o menos tranquilos. Nos permiten liberar nuestro subconsciente de experiencias negativas o satisfacer deseos ocultos. Referencias de nuestro pasado se dan en ellos.

 

También soñamos con los ojos abiertos y luego nos proyectamos hacia el futuro: cuán extático para alguien contemplar el trabajo que está haciendo. Ella lo imagina ya concluido y anticipa la alegría del éxito. Otros refugian en quimeras para escapar, aunque solo sea por unos momentos, de la realidad deprimente que les preocupa y angustia.

 

La Sagrada Escritura habla de un tercer tipo de sueños, los del Señor. Siempre están en el presente, se están realizando. Son los planes misteriosos de su amor que se revelan a las personas en las noches estrelladas, como le sucedió a Abrahán (Gen 15,5), o en las noches interminables de lucha con Dios, como le sucedió a Jacob (Gen 32,23-33).

 

“Dios da una advertencia en un sueño, en una visión nocturna, cuando el sueño profundo cae sobre las personas, mientras duermen en sus camas, es cuando él abre sus oídos” (Job 33,14-16).

 

La somnolencia en la Biblia significa el momento en que las facultades se debilitan. Es la condición de quienes no pueden poner obstáculos a los proyectos del Señor porque está latente en ellos, la sabiduría de este mundo, que es una locura a los ojos de Dios.

 

José, el esposo de María, entró en este “sueño”. Separado de sí mismo y de sus proyectos, está disponible en todo momento, como los patriarcas, para aceptar la voluntad del Señor. Por eso Dios lo hizo participar de sus sueños. No tuvo visiones; sólo escuchó palabras. En la reflexión y la oración, descubrió los sueños celestiales sobre su familia. Comprendió que había sido llamado a cumplir una misión sublime: transmitir a María y al hijo de Dios que dieron sus primeros pasos en este mundo, la voluntad del Padre que está en el cielo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“José, enséñanos a hacer que los sueños de Dios sean nuestros”.

 

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2do Domingo de Cuaresma – 17 de marzo de 2019 – Año C

Las misteriosas razones del corazón

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Perder la cabeza por alguien significa, en lenguaje, popular enamorarse. El impuso de amar no niega lo racional, sino lo sobrepasa, abre horizontes, remonta el vuelo hacia un mundo de insospechadas emociones. 

 

La fe es una elección ponderada, Jesús lo advierte a aquellos que quieren convertirse en discípulos suyos: “Si uno de ustedes pretende construir una torre ¿No se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? (Lc 14,28). Pero es también un fiarse completa e incondicionalmente de Dios, un impulso de entrega hacia él que requiere, por consiguiente, despojarse de este mundo y de su lógica, es un perder la cabeza. 

 

Francisco de Asís, presentándose desarmado durante la Cruzada al Sultán de Egipto, fue objeto de burla y tomado por loco por los cruzados. No estaba loco, simplemente seguía una lógica distinta, estaba enamorado de Cristo y creía verdaderamente en el Evangelio.

 

En lenguaje del AT este perder la cabeza es presentado con la imagen del duermevela o del sueño. Durante el sueño de Adán es creada la mujer (cf. Gn 2,21); cuando el torpor se apodera de Abrahán, el Señor viene a establecer un pacto con él (primera lectura de hoy); en el monte de la Transfiguración los tres discípulos contemplan la gloria del Señor cuando son vencidos por el sueño (Evangelio de hoy). Parece como si el debilitarse u ofuscamiento de las facultades del hombre sea premisa necesaria para las revelaciones e intervenciones de Dios.

 

Es verdad: solo quien pierde la cabeza por Cristo puede creer que muriendo por amor se llega a la vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“He confiado mi vida al Señor ¿A quién temeré?”.

 

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Tiempo de Cuaresma

“Pasado el Sábado, al alba del primer día de la semana”… (Mt 28,1). Así comienza el relato de las manifestaciones del Resucitado en el día de Pascua. Por esto los cristianos han escogido para celebrar su fiesta seminal no el Sábado, como hacían los Judíos, sino al día siguiente, aquel que los Romanos llamaban día del sol. Muy pronto han comenzado a llamar de un modo Nuevo a ese día: día del Señor. Se reunían para “partir el pan” (cf. Hech 20,6-12) y para repartir entre los hermanos necesitados lo que habían podido ahorrar durante la semana. 

 

Al principio no existía la fiesta de Navidad ni las fiestas de la Virgen ni ninguna otra fiesta. Solamente existía la celebración semanal de la Resurrección del Señor. Pasadas algunas décadas, se sintió la necesidad de dedicar un día particular para conmemorar el acontecimiento más importante de la fe. Nació así la primera de las fiestas, la Pascua, el Domingo de los domingos, la Fiesta de las fiestas, algo así como la reina de todas las fiestas, de todos los domingos, de todos los días del año.

 

Hacia el siglo II se había extendido ya a todas las comunidades cristianas. Su momento culminante era la asamblea nocturna de oración que se concluía con la celebración eucarística. La participación a esta asamblea era tan importante que un famoso padre de la iglesia de aquel tiempo, Tertuliano, hablando de las dificultades de un posible casamiento de una mujer cristiana con un hombre pagano, se preguntaba “¿Le permitirá su marido salir de noche para asistir a la Vigilia Pascual?”

 

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1er Domingo de Cuaresma – 10 de marzo de 2019 – Año C

La tentación, oportunidad más que peligro

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Del análisis de los textos bíblicos emerge un dato curioso: los impíos nunca son tentados por Dios; la tentación es un privilegio reservado de los justos. Ben Sira, autor del libro de Eclesiástico, recomienda al discípulo: “Prepárate para la prueba…Acepta todo cuanto te sobrevenga, aguanta la enfermedad y la pobreza, porque el oro se prueba en el fuego y los elegidos en el horno de la pobreza” (Eclo, 2,1.4-5). Las desgracias y fracasos ponen a dura prueba la fidelidad al Señor, pero también la fortuna y el éxito pueden constituir una amenaza para la fe.

 

La tentación ofrece la oportunidad de dar un salto hacia adelante, de mejorar, de purificarse, de consolidar las decisiones de fe. Lleva consigo también el riesgo del error: “Porque la fascinación del vicio ensombrece la virtud –afirma el autor del libro de la Sabiduría– el vértigo de la pasión pervierte una mente sin malicia (Sab 4,12). La tentación, sin embargo, no es una provocación al mal, sino un estímulo al crecimiento, un paso obligado para llegar a la madurez. 

 

Pablo asegura: “Dios es fiel y no permitirá que sean probados por encima de sus fuerzas” (1 Cor 10,13).

 

El autor de la Carta a los Hebreos nos recuerda otra verdad consoladora: Jesús ha experimentado nuestras mismas tentaciones, “no es insensible a nuestra debilidad…. Como él mismo sufrió la prueba, puede ayudar a los que son probados. (Heb 4,15; 2,18) 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, no te pedimos que nos libres de las dificultades y de las tentaciones, sino que nos ayudes a salir maduro de ellas”.

 

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