Ciclo C

Natividad del Señor (Misa de medianoche) – Día 25 de Diciembre 2017

Luz para quien yace en las tinieblas

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/XRSWTjFy86Q

 

Introducción

 

Las tinieblas cubrían el abismo, cuando “dijo Dios: ¡Que exista la luz!” (Gn 1,2-3).

 

Luz es la primera palabra que Dios pronuncia en la Biblia, palabra que marca el principio de la creación (cf. Gn 1,3). Y desde que “vio Dios que la luz era buena” (Gn 1,4), el hombre no ha dejado de amarla, de buscarla, mientras que el miedo se refugia en la obscuridad. Las tinieblas nos recuerdan la muerte; de ellas todos quieren huir.

 

Quien nace viene a la luz, quien muere se encamina hacia el país de las tinieblas (Job 10,21). Dios –afirma Job– revela lo más honda de las tinieblas y saca a la luz las sombras (Job 12,22). En la conciencia bíblica, las tinieblas son un estado provisorio de la luz, están destinadas a convertirse en luz.

 

Dios es luz e impregna de luz toda criatura: el rocío se convierte, en la imaginación poética de Isaías, en rocío de luz (Is 26,19); también las nubes, tan obscuras y amenazadoras a veces, están grávidas de luz que destella, de improviso, cuando se enciende el relámpago (cf. Job 37,15).

 

Celebramos la liturgia de Navidad durante la noche para reproducir, materialmente, la obscuridad vencida por la palabra del Creador, las tinieblas de nuestra condición humana iluminadas por la venida del Salvador.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sobre los que habitan en tierras tenebrosas, resplandece la luz de un Niño”.

 

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15º Domingo del tiempo ordinario, 16 de Julio 2017, Año A

Entre el cielo y la tierra…:

“la palabra”

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/lFLKLb6M8Yk

 

Introducción

 

¿Es de fiar la palabra del hombre?

 

No mucho. Desconsolado y sin ilusión, el salmista iba repitiendo: “Escasean los fieles, han desaparecido los leales entre los hombres. No hacen más que mentirse unos a otros, hablan con labios mentirosos y doblez de corazón” (Sal 12,1-2). Hoy la palabra sigue devaluada: no se cree en las promesas, solo confiamos en documentos escritos y firmados; “hechos y no palabras”, oímos una y otra vez.

 

¿Ocurre así con la palabra de Dios?

 

Por diez veces consecutivas se repite en el libro del Génesis esta afirmación: “Dios dijo…y así fue”. “Por la palabra del Señor se hizo el cielo. Porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió” (Sal 33,6.9.). Su palabra no es como la del hombre; es viva y eficaz, realiza lo que anuncia, no miente y no engaña.

 

La mística griega proponía entrar en relación con Dios a través de éxtasis, visiones, raptos; la espiritualidad bíblica coloca, por el contrario, en primer lugar la escucha, porque está convencida de la absoluta confiabilidad de la palabra del Señor.

 

“Escucha Israel” es la oración más entrañable de la piedad judía (cf. Dt 6,4). “Escucha la palabra del Señor”, recomiendan los profetas (cf. Is 1,10; Jer 11,3). “Escuchar es mejor que ofrecer sacrificios”, declara el profeta Samuel (1 Sam 15,22). “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; me has abierto el oído” declara el salmista (Sal 40,7).

 

En la Biblia, escuchar no significa recibir una comunicación o una información, sino adherir a una propuesta, acoger, custodiar en el propio corazón y poner en práctica lo escuchado. Equivale a otorgarle confianza a Dios.

 

Quien escucha la palabra con estas disposiciones es dichoso y bienaventurado (cf. Lc 11,28).

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El pan material nos mantiene en vida otro día más, la Palabra de Dios da la vida eterna.

 

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4º Domingo de Pascua, 7 de Mayo 2017, Año A

Defiende al rebaño,

pero salva también a los bandidos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/_GPzt8_DLXQ

 

Introducción

 

Al faraón que les pregunta cuál era su trabajo, los hermanos de José le responden: “Tus siervos son pastores de ovejas, lo mismo nuestros padres” (Gen 47,3). Eran pastores los patriarcas, Moisés ha estado al cuidado de rebaños y David fue llamado cuando entre pastizales iba detrás de las ovejas (cf. 1 Cro 17,7).

 

En todo el Antiguo Medio Oriente, el soberano que cuidaba de su pueblo era imaginado como un pastor. En las inscripciones Mesopotámicas, “apacentar” era usado comúnmente en sentido de “gobernar”. El faraón era llamado: “Pastor de todas las gentes”, “Pastor que cuida de sus súbditos” y, como símbolo de su poder, llevaba en mano un bastón en forma de cayado.

 

En Israel, esta imagen del pastor se aplicaba a los jefes militares y políticos, y también a Dios. Es conmovedora la invocación: “Pastor de Israel, escucha, tu que guías a José como un rebaño” (Sal 80,2) y es deliciosa la sensación de seguridad que comunica el célebre canto: “El Señor es mi pastor, nada me falta…” (Sal 23,1).

 

Sorprende, sin embargo, que en ningún texto del Antiguo Testamento el rey en funciones sea designado como “pastor”. Este título estaba reservado para un único rey: el futuro Mesías, descendiente de David. Después de haber pronunciado palabras severas de condena contra los soberanos que han llevado el pueblo a la ruina, el Señor promete asumir él mismo el oficio de pastor, congregar el rebaño disperso, de conducirlo a los pastizales, y anuncia: “Les daré un pastor único que las pastoree… Yo, el Señor, seré su Dios y mi siervo David, príncipe en medio de ellos” (Ez 34,23-24).

 

La profecía se ha cumplido en Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Éramos ovejas errantes, ahora tenemos un Pastor que nos guía”.

 

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