15º Domingo del Tiempo Ordinario – 15 de Julio de 2018 – Año B

Despojarse de todo, para set libbers y creíbles

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

 Introducción

 

Fijando la mirada en el tullido que pedía limosna en la puerta del templo, llamada “Hermosa”, Pedro dijo: “Míranos”. El tullido se volvió hacia ellos, esperando recibir algo. Pero Pedro continuó: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo el nazareno, levántate y camina” (Hch 3,1-10). 

 

El tullido se esperaba todo menos eso. Su fortuna fue haber encontrado a dos discípulos quienes, fieles a las disposiciones del Maestro, no llevaban nada con ellos. Si hubieran tenido dinero, le hubieran dado una limosna y, después, se hubieran alejado, dejando al tullido en la misma situación. El prodigio ocurrió porque Pedro y Juan eran conscientes de ser portadores de un poder divino, de una palabra capaz de poner en pie a todo el que yace en tierra e, incapaz de controlar sus vidas, depende la compasión de los demás.

 

Es encomiable que, allí donde nadie hace nada, la Iglesia ejerza una labor de suplencia en ámbitos que no le competen específicamente, pero lo que no puede aceptar es ser identificada con instituciones humanitarias. Tiene que permanecer alerta para no dejarse envolver ingenuamente en iniciativas espectaculares y lucrativas, para no entrar en concurrencia con las instituciones civiles a las que, a través del compromiso de los cristianos laicos, está llamada, sin embargo, a animar. La iglesia está en posesión de una palabra divina y es en esta palabra divina en la que confía, resistiendo a la tentación de recurrir a medios que los hombres consideran como los más eficaces. Cuando los emplea, puede también hacer el bien, pero se limitará a la limosna, a poner un parche nuevo en un vestido viejo, cuando su tarea es la de la de crear un hombre, una sociedad, un mundo completamente nuevos.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“La palabra de Dios es eficaz si viene anunciada a hombres libres por hombres libres”.

 

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14º Domingo del Tiempo Ordinario – 8 de Julio de 2018 – Año B

El riesgo de guedarse en casa

 

Hay un video de Fr. Fernando Armellini con subtítulos en inglés

comentario en la lectura del Evangelio de hoy:

 

Introducción

 

El político hábil maneja siempre sabiamente sus relaciones con la institución religiosa: no la combate, sino que la halaga, intenta convertirla en aliada porque sabe que el ciudadano religioso es el más fiable e incluso el más devoto, si se logra convencerlo de que el apoyo al orden establecido equivale a promover el reino de Dios. Quien detenta el poder, se opone a todo lo que pueda subvertir el equilibrio del “orden establecido” y de las instituciones; logra su objetivo cuando hace creer al cristiano que existe una igualdad entre lo que normalmente se piensa y el mensaje del Evangelio, entre los principios dictados por la moral corriente y los valores predicados por Cristo, entre las bienaventuranzas del mundo y las de la Montaña.

 

Es una estrategia sutil en la que, muy frecuentemente y de buena fe, muchos cristianos se ven envueltos, pero que lleva a desnaturalizar al evangelio. Se dejan seducir, a veces, las jerarquías eclesiásticas y también el pueblo, pero nunca el profeta, no por ser una persona inquieta e insatisfecha por naturaleza, sino por hacer recibido y asimilado los pensamientos del Señor; por eso renuncia a poner el sello de Dios en los diseños del hombre y denuncia las estructuras marcadas por el pecado. Sus palabras molestan, producen irritación, y el destino que le espera no es otro que el de la incomprensión y el rechazo.

 

Le ocurrió a Jeremías, amenazado por sus compatriotas: “No profetices en Nombre del Señor si no quieres morir en nuestras manos” (Jr 11,21) y advertido por Dios: “Tus hermanos y tu familia, también te son desleales” (Jr 12,6). Le pasó a Mahoma cuando, en la Meca, quiso sacar a sus conciudadanos de la indiferencia religiosa, del apego a las cosas de esta tierra y de la injusticia social.

 

En Nazaret también le sucedió a Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Solo si salgo de la casa construida por los hombres, puedo encontrar al Señor”.

 

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13º Domingo del Tiempo Ordinario – 1 de julio de 2018 – Año B

Rescatados de la muerte por el Dios de la vida

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

 Introducción

 

A pesar del sufrimiento que lleva consigo, el hombre ama la vida desesperadamente. Aquiles responde a Ulises que en el Hades intenta consolarlo: “¡No embellecerme la muerte, Oh Ulises! Yo preferiría, como esclavo,  servir a otro hombre en la tierra, en lugar de reinar sobre los muertos”. Diferente concepción era la de los egipcios para quienes la muerte significaba entrar la “vida perpetua” en un reino maravilloso, situado a occidente, iluminado por el Dios Sol, desde el amanecer hasta el atardecer, cuando hay oscuridad en la tierra.

 

En todos los pueblos antiguos se impuso muy pronto la convicción de la existencia de una vida  más allá de la tumba y, entre los griegos, de la inmortalidad del alma. Inexplicablemente, esto no ocurrió entre los judíos, ya que, desde que nacieron como pueblo en Egipto, pasaron más de mil años antes de que comenzaran a creer en una vida después de la  de la muerte.

 

Proclamaron, sí, al Señor  “Dios de la vida” (cf. Nm 27,16), pero siempre desde la perspectiva terrena. “En ti está la fuente de la vida”, cantó el salmista, pero por vida entendían “salud y bendición” (Eclo 34,17), una tierra fértil, abundantes cosechas, posteridad numerosa y, finalmente, morir anciano y colmado de años” (Gn 35,29), como gavillas maduras que se retiran del campo (cf. Job 5,26). En la Biblia hebrea ni siquiera aparece la palabra “inmortalidad”.

 

La lentitud de Israel en llegar a la afirmación explícita de una vida eterna, es preciosa e iluminadora: nos hace comprender que, antes de creer en la resurrección y en un mundo futuro, es necesario valorar y amar apasionadamente la vida en este mundo, tal como la aprecia y ama Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Del Señor, he aprendido a  amar la vida, toda manifestación de vida”.

 

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