Ascensión del Señor – 13 de mayo de 2018 – Año B

Un modo diverso de estar cerca

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

¿Ha cambiado algo en la tierra con la entrada de Jesús en la gloria del Padre? Exteriormente, nada. La vida de los hombres ha continuado a ser la misma de siempre: sembrar y cosechar, comerciar, construir casas, viajar, llorar, festejar, todo como antes. Tampoco los apóstoles se han beneficiado de ningún “descuento” respecto a los dramas y angustias experimentadas por los demás hombres. Sin embargo, algo increíblemente nuevo ha sucedido: una luz nueva ha sido proyectada sobre la existencia humana.

 

En un día de niebla, cuando el sol aparece de repente, las montañas, el mar, los campos, los árboles del bosque, los perfumes de las flores, el canto de los pájaros son los mismos, pero hay algo diferente en el modo de ver y percibir todo. Lo mismo ocurre a quien ha sido iluminado por la fe en Jesús ascendido al cielo: ve el mundo con ojos nuevos. Todo adquiere sentido, nada entristece, nada produce ya miedo. Por encima de las desventuras, las fatalidades, las miserias, los errores humanos, se vislumbra siempre al Señor que va construyendo su reino. Un ejemplo de esta perspectiva completamente nueva, podría ser el modo de considerar los años de la vida. Todos conocemos sin poder evitar a veces una sonrisa, a octogenarios que envidian a quienes tienen menos años que ellos, que se avergüenzan de su edad…es decir, que vuelven su mirada hacia el pasado en vez de hacia el futuro. La certeza de la Ascensión cambia totalmente esta perspectiva. Mientras transcurren los años, el cristiano tiene la satisfacción de ver acercarse el día del encuentro definitivo con Cristo. Está contento de haber vivido, no envidia a los jóvenes, los mira con ternura.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Los sufrimientos del momento presente no son nada comparados con la gloria futura que será revelada en nosotros”.

 

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6º Domingo de Pascua – 6 de mayo de 2018 – Año B

Somos amados por eso amamos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Baal, el gran dios adorado en todo el antiguo Medio Oriente, era el señor de la lluvia, el “caballero de las nubes” de quien dependía de la fertilidad de los campos y de los animales. Ante el quemaron incienso e doblaron las rodillas, tambien los israelitas, provocando el celo del Señor y el desprecio de los profetas. En la Biblia, su nombre aparece frecuentemente acompañado del nombre de una localidad –Safon Baal, Baal-peor, Baal-gad– correspondiente al monte en que surgía el santuario donde era venerado. También las otras divinidades de toda aquella área geográfica se identificaban con el nombre del lugar donde los devotos iban a rendirles culto.

 

En este ambiente cultural, sorprende que los israelitas concibieran su Dios como aquel que une el propio nombre no a un lugar, sino a personas: “Yo soy el Dios de tu padre –dijo a Moisés– el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3,6); “No temas, –repite frecuentemente a su pueblo– no te angusties, que yo soy tu Dios” (Is 41,10).

 

Israel había comprendido que el Señor unía su corazón al hombre, que cuidaba de su pueblo, sin embargo lo imaginaba también pronto a castigar: “castiga la culpa de los padres y los hijos, nietos y bisnietos” (Ex 34,7). Había contemplado la obra de sus manos, pero que aún no había visto la cara de Emmanuel –Dios con nosotros– y, sobre todo, aún no había descubierto su corazón.

 

El discípulo que, durante la cena reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor, nos ha revelado que Dios es amor, sólo amor y que todo el que ama ha nacido de él.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cuando comprenda el Amor, aprenderé a amar”.

 

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5º Domingo de Pascua – 29 de abril de 2018 – Año B

¿Quién pertenece a Cristo?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

“Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Es célebre esta declaración pronunciada en el siglo III por Cipriano, obispo de Cartago, y no siempre interpretada correctamente.

 

Muchos cristianos en el pasado han cometido el error de identificar el reino de Dios con la institución de la Iglesia a la que pertenecían, haciendo gala de certezas arrogantes, cultivando prejuicios contra las otras religiones y teniendo a sus seguidores como impuros y alejados. En los casos más aberrantes también han recurrido a la fuerza para forzarlos a la conversión y al bautismo.

 

Iglesia y Reino de Dios no son intercambiables. Hay zonas de sombra en la iglesia que se autoexcluyen del reino de Dios, porque en ellas se esconde el pecado, y hay enormes márgenes más allá de los confines de la iglesia en los que está presente el reino de Dios, porque allí actúa el Espíritu.

 

“Practicante” no equivale a estar “inserto en el Cuerpo de Cristo”. “Creyente” no es alguien que se limita a las prácticas religiosas: la misa, los sacramentos, oraciones, devociones, sino aquel que, a imitación de Cristo, práctica la justicia, la fraternidad, la comunión de bienes, la hospitalidad, la lealtad, la sinceridad, el rechazo de la violencia, el perdón de los enemigos, el compromiso con la paz.

 

La línea de demarcación entre los que pertenecen y los que no pertenecen a Cristo no pasa por el campo de lo sagrado, sino por el del amor al hombre y Dios acepta a “quien lo respeta y practica la justicia de cualquier nación (y religión) que sea” (Hch 10,35).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Dondequiera que brote el amor, la alegría, la paz, el perdón, allí está el Espíritu del Resucitado”.

 

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