32º Domingo del Tiempo Ordinario – 11 de noviembre de 2018 – Año B

¿Cuánto vale el rhino de los cielos?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Son frecuentes las exhortaciones de la Biblia a la limosna: “El honrado da sin tacañerías” (Prov 21,26); “Da tu pan al hambriento y tu ropa al desnudo. Da de limosna cuanto te sobre y no seas tacaño en tus limosnas” (Tb 4,16).

 

Si hay un precio que pagar para entrar en el reino de los cielos, ¿cuánto cuesta? ¿Será suficiente dar algo como limosna? En una célebre homilía (Hom. en Ev. 5,1-3), el Papa Gregorio Magno (590-614) aborda el tema y responde: “El reino de Dios no tiene precio; vale todo lo que tienes”; luego ilustra su afirmación con algunos ejemplos tomados del evangelio.

 

En el caso de Zaqueo, la entrada en el reino de los cielos fue pagada con la mitad de los bienes que poseía, ya que la otra mitad la había gastado en retribuir cuatro veces más a los que había defraudado (cf. Lc 19,8). En el caso de Pedro y Andrés, el reino de los cielos vale las redes y la barca, ya que los dos hermanos no tenían otra cosa (cf. Mt 4,20).

 

La viuda lo compró por mucho menos: sólo dos moneditas (cf. Lc 21,2). Algunos entran incluso ofreciendo sólo un vaso de agua fresca (cf. Mt 10,42). El precio a pagar es fácil de establecer: el reino de Dios vale todo lo que tienes, por poco o mucho que sea.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El reino de Dios es un tesoro que no tiene precio, para conseguirlo hay que darlo todo”.

 

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Dedicación de la Basílica de Letrán – 9 de Noviembre

Introducción

 

Hoy recordamos la Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa como Obispo de Roma, erigida por Constantino, que fue durante siglos la residencia habitual de los Papas. Aun hoy, aunque reside en el Vaticano, el día del Jueves Santo, el Papa preside cada año la Eucaristía en San Juan de Letrán, con el lavatorio de los pies.

 

Esta basílica es símbolo de la unidad de todas las comunidades cristianas con Roma: se llama “madre de todas las Iglesias”, y por eso celebramos esta fiesta en todo el mundo. Es una manera de recordar que todos estamos unidos por una misma fe y que la Iglesia de Roma, la Iglesia del apóstol Pedro, es un punto de referencia fundamental de nuestra fe.

 

Hoy se podría comenzar la Eucaristía con la aspersión bautismal, en relación con el tema del agua de la primera lectura, y luego cantar el Credo, el símbolo de nuestra fe, que nos une con la Iglesia esparcida por el mundo, con su centro en Roma.

 

Las lecturas de hoy nos presentan un mosaico de imágenes de lo que es la Iglesia: el agua que brota del templo, el edificio que se construye sobre Cristo, el templo de Dios y morada de Espíritu (todos somos edificio de Dios), el templo que somos cada uno de nosotros, el templo que hay que defender como casa de oración (y que no se convierta en un Mercado, como la escena del evangelio), el Cuerpo de Cristo, que será reedificado al tercer día…

 

Pero nos podríamos fijar en la primera imagen, el agua que debería manar de la Iglesia, comunidad de Jesús, para sanear y llenar de vida el mundo.

 

Ezequiel ve el agua que brota del Templo. En realidad es la salvación que mana de Dios, pero Dios manifiesta sacramentalmente su presencia por medio del Templo. Esa agua baja por la laderas, sanea lo que encuentra a su paso y allí por donde pasa todo queda lleno de vida, de peces abundantes, de árboles frutales con ricas cosechas y hojas medicinales. Es como volver a la vida que daban al paraíso del Edén sus cuatros ríos. También el Apocalipsis, en su pagina final de la historia, vuelve a presentar la misma visión: “Un rio de agua de vida que brota del trono de Dios y del Cordero, que da vida a los árboles y hace medicinales sus hojas” (Ap 22,1-2).

 

¿Qué es esta agua? El simbolismo de este valioso elemento es muy rico. Pero en el evangelio, el agua es sobre todo Cristo Jesús, come él mismo indica a la samaritana junto el pozo, donde ambos habían ido en busca de agua. O también es su Espíritu, como en otra ocasión afirma el evangelista: “De su seno correrán ríos de agua viva: esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn 8,38).

 

Dios da a la humanidad sedienta y reseca el Agua de Cristo y del Espíritu. Ahora el signo visible de esa gracia que emana de Dios para el mundo es la Iglesia, la comunidad de Jesús y del Espíritu.

 

Para los Israelitas, y para los forasteros que acudían, el Templo de Jerusalén era el punto de referencia obligado de la salvación de Dios y del culto que le dedicaban los creyentes. Ahora ese signo debería ser la comunidad cristiana, en el mundo, en una diócesis, en una parroquia.

 

De alguna manera, el sentido de esta agua vivificante está como condensado sacramentalmente en sus templos y en su liturgia: una iglesia en medio del pueblo o del barrio, con su campanario, como su lugar de reunión y oración para los creyentes y como recordatorio de valores superiores para los demás. En esos edificios –a los que llamamos igual que a la comunidad “iglesia”– es donde la comunidad puede celebrar el sacramento del Bautismo, pero también los demás sacramentos, que el Catecismo dice que emana de Cristo vivo y vivificante (CCE 1116).

 

Pero, sobre todo, es la comunidad de las personas, la que debe ser signo creíble de la vida de Dios, dentro y fuera de la celebración. Jesús, a través de su Iglesia, sigue concediendo su agua salvadora a toda la humanidad: son “aguas que manan del santuario” y debería cumplirse lo de que “habrá vida dondequiera que llegue la corriente.”

 

¿Mana también hoy, de las laderas de cada comunidad eclesial, agua para saciar la sequía del mundo, luz para iluminar su oscuridad, bálsamo de esperanza para curar sus heridas? La Iglesia, evangelizada, llena de la Buena Noticia, ¿se siente y actúa como evangelizadora, comunicadora de agua, de esperanza, de vida? ¿Puede llamarse “luz de las naciones”, sal y fermento y fuente de esperanza para toda la sociedad? ¿Da muestras de unidad interior –entorno a esa “catedral del mundo” que está en Roma– y de ímpetu misionero?

 

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31º Domingo del Tiempo Ordinario – 4 de noviembre de 2018 – Año B

¿Se puede controlar al corazón?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

El faraón era el amado del dios Ra. Desde los tiempos más remotos, el dios Ra motivaba sus intervenciones a favor del soberano con la fórmula: “Por el amor que te tengo”.

 

El Dios de Israel no conocía este sentimiento dulce y delicado. En los textos más antiguos de la Biblia a Dios se le atribuyen sólo fuertes pasiones: se arrepiente, se indigna, se apesadumbra cf. (Gn 6,6-7), cultiva la inquebrantable lealtad del señor feudal hacia su vasallo, pero no el amor, así se entiende que, presa del terror, los israelitas suplicaran a Moisés: “Háblanos tú y te escucharemos; que no nos hable Dios que moriremos” (Ex 20,19).

 

Dios contempló la creación y “vio que era bueno”, pero no se alude a una emoción de la alegría; en sus alianzas con Noé y Abrahán, se buscaría en vano en el texto sagrado la afirmación porque los amaba como motivo de su elección. El Señor escucha el clamor de su pueblo oprimido en Egipto, se acuerda de su alianza, mira, se preocupa (cf. Ex 2,23-25), pero incluso en esta ocasión no hay mención de amor. Israel se mostró reacio a atribuir al Señor el verbo ‘aheb, amar, debido a sus matices eróticos.

Oseas fue quien introdujo la imagen del afecto conyugal y, después de él, ninguna expresión de este amor, incluso las más atrevidas, fueron excluidas. Sirvió para expresar el afecto, las emociones, la ternura de Dios hacia el hombre. Se descubrió su amor por los patriarcas (cf. Dt 4,37), Abrahán fue reconocido como “su amigo” (cf. Is 41,8), se le atribuyó el afecto visceral de un padre (cf. Sal 103,13) y el juramento: “Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no te retiraré mi lealtad ni mi alianza de paz vacilará” (Is 54,10).

 

Sólo después de tomar conciencia de este amor eterno y libre, Israel sintió la necesidad de corresponder al mismo y de que un Dios que te ama, sin condiciones, tiene derecho a exigir, incluso al corazón lo que parece humanamente imposible: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Prov 25:21).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo el que ha entendido que Dios es amor es capaz de amar”.

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Fiesta de Todos los Santos

Solemnidad de todos los santos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

En el pasado, los santos han disfrutado de una tremenda popularidad: las iglesias estaban llenas de sus estatuas y recurrir a ellas era tal vez más común que acudir a Dios. Había un santo para camioneros, para estudiantes, para artículos perdidos, para enfermedades de los ojos e incluso para un dolor de garganta. Fueron considerados una especie de intermediarios que tenían la función de “suavizar” el impacto de un Dios considerado demasiado grande y demasiado lejos, un poco inaccesible y algo extraño a nuestros problemas.

 

Hoy la tendencia a recurrir al santo para pedirle a él o a ella que presente a Dios una solicitud se está desvaneciendo. Nos dirigimos cada vez más al Señor, directamente, con la confianza de los niños. Los santos, también María, son correctamente considerados como hermanas y hermanos que, con sus vidas, indican un camino para seguir a Cristo y nos invitan a rezar todo el tiempo, junto con ellos, al único Padre.

 

La palabra ‘santo’ indica la presencia en ciertas personas de una fuerza divina y benéfica que permite que uno se destaque, que se distancie de lo imperfecto, lo débil, lo efímero. Entre las personas que aparecieron en este mundo, solo Cristo ha poseído la plenitud de esta fuerza de bondad y solo él puede ser declarado santo, mientras cantamos en la Gloria: “Tú solo eres santo”.

 

Pero nosotros también podemos elevarnos a él y ser partícipes de su santidad. Él vino al mundo para acompañarnos hacia la santidad de Dios, hacia el objetivo inalcanzable que nos ha mostrado: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

 

Sus primeros discípulos fueron identificados por varios nombres. Se llamaban “galileos”, “nazarenos” y en Antioquía, “cristianos”. Se trataba de algunas denominaciones peyorativas: “galileos” era sinónimo de “insurgentes”; “nazarenos” se refería a la aldea despreciada de donde venía su maestro; “cristiano” significa “ungido”, es decir, seguidores de un autodenominado “ungido del Señor” que terminó en la cruz.

 

Estos no fueron los títulos que emplearon entre ellos. Se calificaron a sí mismos como “hermanos”, “creyentes”, “los discípulos del Señor”, “los perfectos”, “personas del camino” y … “santos”.

 

Pablo escribió sus cartas “a todos los santos que viven en la ciudad de Filipos …” (Fil 1,1); “A los santos que están en Éfeso …” (Ef 1,1); “A los santos y fieles hermanos y hermanas en Cristo que viven en Colosas …” (Col 1,2); “A todos los santos en toda Acaya” (2 Cor 1,1); “A todos los favoritos de Dios en Roma y que están llamados a ser santos …” (Rom 1,7). No escribió a los santos en el cielo, sino a personas reales que vivían en Filipos, Éfeso, Corinto, Colosas y Roma. Eran los santos.

 

Un santo es cada discípulo, ya sea que él o ella esté en el cielo con Cristo o que todavía viva como peregrino en esta tierra.

 

En los templos ortodoxos, los santos que están en el cielo están pintados a lo largo de las paredes a la altura de los ojos, de pie, como los resucitados mencionados por el vidente del Apocalipsis (Ap 7,9). Es la forma en que uno quiere recordar a todos los participantes en la celebración que los santos en el cielo, aunque pueden ser contemplados solo con los ojos de la fe, continúan viviendo junto a los santos de la tierra. Son parte de la comunidad llamada a dar gracias al Señor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Santo es tu familia, oh Señor, en el cielo y en la tierra”.

 

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Fieles Difuntos – 2 de noviembre

 

Enséñanos, Señor, a contar nuestros días

 

 

Introducción

 

Dejamos el vientre materno y entramos en este mundo; después de la infancia entramos en la adolescencia; dejamos la adolescencia para entrar en la juventud, y la juventud para la edad madura y la vejez. Finalmente, llega el momento de dejar este mundo al que nos hemos aficionado tal vez hasta el punto de considerar que es la morada final y no querer dejarlo más. Sin embargo, en esta tierra, nuestra aspiración a la plenitud de la alegría y la vida está continuamente frustrada.

 

Cuando, con desencanto, consideramos la realidad, comprobamos en todas partes los signos de enfermedades mortales, la ignorancia, la soledad, la fragilidad, la fatiga, el dolor, las traiciones, y nuestra conclusión es: no, este no puede ser el mundo definitivo; es demasiado estrecho, demasiado marcado por el mal. Entonces, el deseo de vagar más allá del estrecho horizonte en el que nos movemos emerge en nosotros; incluso soñamos con ser secuestrados a otros planetas donde tal vez nos liberamos de cualquier forma de muerte.

 

En el universo que conocemos, el mundo al que anhelamos no existe. Para satisfacer la necesidad del infinito que Dios ha puesto en nuestro corazón, es necesario dejar esta tierra y embarcarnos en un nuevo éxodo.

Se nos pide una nueva salida, la última muerte, y esto nos asusta. Incluso los tres discípulos en el Monte de la Transfiguración, escucharon a Jesús que habló de su éxodo de este mundo al Padre (Lc 9,31). Fueron capturados por el miedo. “Cayeron con la cara en tierra y tenían mucho miedo. Pero Jesús vino y los tocó, y les dijo: Levántense y no teman” (Mt 17,6-7).

 

Desde el siglo III aparece, en las catacumbas, la figura del pastor con las ovejas en el hombro. Es Cristo, quien toma de la mano y acuna en sus brazos a la persona que teme cruzar sola el oscuro valle de la muerte. Con él, el Resucitado, el discípulo abandona serenamente esta vida, confiado en que el pastor a quien él o ella ha confiado su vida lo guiará hacia prados exuberantes y corrientes tranquilas (Sal 23,2) donde encontrará refrigerio después de un largo y agotador viaje en el desierto de esta tierra seca y polvorienta.

 

Si la muerte es el momento del encuentro con Cristo y una entrada a la sala de banquetes de bodas, no puede ser un evento temido. Es algo que esperamos. La exclamación de Pablo: “Para mí, morir es ganancia. Mi deseo abandonar esta vida y estar con Cristo” (Fil 1,21.23) debe ser pronunciado por cada creyente.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, oh Señor, a contar nuestros días”.

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