15º Domingo del Tiempo Ordinario – 14 de julio de 2019 – Año C

Para heredar la vida…

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Amar a Dios carecía de sentido para los antiguos griegos. Los dioses podían amar a las personas humanas manifestándoles su predilección y concediéndoles especiales dones y favores. Como señal de reconocimiento, esperaban de las personas privilegiadas por los bienes recibidos, sacrificios y holocaustos. Un reflejo de esta mentalidad se encuentra en algunos textos del A. T. Por boca del profeta Malaquías, el Señor se lamenta de los despreciables holocaustos que le ofrecen los sacerdotes: “El hijo honra a su padre, el servidor a su señor… ¿Dónde está el honor que me pertenece?” (Mal 1,6). 

 

A diferencia de los pueblos paganos, Israel ama a su Dios. Esto es lo que Moisés recomienda al pueblo: “¿Qué es lo que te exige el Señor tu Dios?…Que sigas todos sus caminos y lo ames…con todo el corazón y con toda el alma” (Dt 10,12). El amor consiste en la observancia de los mandamientos (cf. Éx 20,6) y “siguiendo sus caminos toda la vida” (Dt 19,9).

 

Es en esta óptica en la que debe encuadrarse el amor al prójimo (sobre todo al pobre, al huérfano, a la viuda, al extranjero) porque su práctica es obra agradable a Dios. 

 

El Nuevo Testamento nos da la luz plena que nos permite comprender qué significa en realidad amar a Dios. La primera carta de Juan es particularmente explícita: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió su Hijo…” (1 Jn 4,10-11). 

 

La conclusión lógica salta al instante: Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amar a Dios. Pues no, la lógica de Dios es diferente de la nuestra. Él no pide nada para sí. Solo hay un modo de responder a su amor: amar al hermano y no “con la boca sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,18).

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros como yo les he amado”.

 

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14º Domingo del Tiempo Ordinario – 7 de julio de 2019 – Año C

Vengo a ofrecerte la paz

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

“No tengo paz”. Es la confidencia que más de uno nos ha hecho en momentos de particular desaliento. Quizás la amiga que ha interrumpido una maternidad no deseada, o el cónyuge envuelto en otra relación afectiva inmanejable, o el vecino de casa atormentado por el deseo de vengarse de un agravio sufrido e imposibilitado de hacerlo, o la mujer de la calle humillada y explotada.

 

“No tengo paz” gritarían los responsables de crímenes, de guerras, de compra-venta de instrumentos de muerte si no estuvieran aturdidos por el dinero o el poder. “No tengo paz” repetiría quien se dedica a actividades inmorales, quien comete injusticias, pero sigue adelante con la mente obnubilada por el éxito, por el dinero, por las mentiras de los aduladores.

 

Este es el mundo al que Jesús envía a sus discípulos no para condenar, para imprecar contra la corrupción y las malas costumbres o para amenazar con castigos divinos, sino para anunciar la paz que todos –la mayoría sin darse cuenta– van buscando desesperadamente. 

 

Considerando la realidad en que vivimos se necesita de verdad una gran fe para imaginar que es posible construir un mundo en que reine la paz. Es más fácil creer que Dios existe que mantener la esperanza en una paz universal. Y sin embargo, este es la misión encomendada a los discípulos. 

 

Los cristianos han intentado construir la paz, pero no siempre con los métodos sugeridos por el Maestro que los quería como “corderos en medio a los lobos”. Muchas veces han preferido recurrir a la fuerza, a la imposición, a l intolerancia; se han emborrachado de poder, como los reyes de este mundo.

 

No siempre han caminado –pobres, mansos, indefensos– junto a las personas necesitadas de paz. Quien, como San Francisco de Asís, lo ha hecho tiene su nombre escrito en el cielo.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Quien cree en la paz verá las grandes obras del Señor”.

 

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