24º domingo del tiempo ordinario – 16 de septiembre de 2018 – Año B

Pedro seguía a Jesús,

pero había equivocado la meta

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

La primera pregunta que inmediatamente hacemos al que nos pide que le sigamos es: “¿A dónde me quieres llevar?”.

 

Los discípulos se olvidaron de hacer esa pregunta a Jesús cuando, en la orilla del mar de Galilea, oyeron su invitación: “¡Sígueme!” (Mc 1,17). Fascinados por su palabra y por su mirada, abandonaron sus redes, a su padre, a los jornaleros, y se fueron con él, sin dudar, sin hacer preguntas y terminaron por verse envueltos en un equívoco. Convencidos de haber elegido como guía un hombre de éxito, se encontraron frente a un ajusticiado, incapaz de bajarse de la cruz.

 

La decisión de aceptar la propuesta de un viaje depende de la meta que viene propuesta, de las fuerzas que tenemos, de los recursos financieros con que podemos contar, de los intereses que cultivamos. Son preguntas que se deben hacer y también Jesús las sugiere a quienes quieren ir con él: “Si uno de ustedes quiere construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?” (Lc 14,28).

 

En el camino hacia Roma, donde sería arrojado a la arena y derramaría su sangre para ser testigo de su fe, Ignacio de Antioquía escribió en 110 d.C. a los cristianos de la capital del imperio: “Ahora comienzo a ser un discípulo”. Había dedicado muchos años de su vida animando, como obispo, las iglesias de Siria, sin embargo, sólo en ese momento, a lo largo del camino que lo llevó al martirio, empezó a sentirse discípulo. Estaba seguro de no equivocarse: iba, con el Maestro, a la Pascua.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo cuando sigo las huellas de Cristo, camino seguro”.

 

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23º domingo en tiempo ordinario – 9 de septiembre de 2018 – Año B

Abre los oídos, para escuchar el corazón

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

El verbo escuchar aparece 1159 veces en el Antiguo Testamento y con frecuencia se refiere a Dios quien –según Isaías– no es sordo (cf. Is 59,1). Pero a diferencia de los hombres, que a menudo cierran sus oídos al clamor de los pobres que mendigan ayuda e inmediatamente los abren cuando oyen alabanzas y elogios, el Señor está sólo atento a las oraciones, las lágrimas, los gemidos de su pueblo: “Si grita a mí –garantiza– yo le escucharé, porque soy compasivo” (cf. Ex 22,26). En ningún texto del Antiguo Testamento se dice que él escucha las alabanzas que se le dirigen.

 

Es una sensibilidad auditiva muy diferente.

 

En el libro de Deuteronomio y de la boca de los profetas se vuelve insistente la invitación: “Escucha, Israel” (Dt 6,4); “Escuchen la palabra del Señor” (Ez 2,4). La sordera a esta voz es el gran pecado.

 

Zacarías acusa gravemente a su pueblo: “Se taparon los oídos para no oír. Endurecieron su corazón, como el diamante” (Zac 7,11-12) y Jeremías define a Israel “pueblo necio y sin juicio, que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye” (Jer 5,21). El Señor pide a su pueblo la docilidad y la adhesión a su palabra, pero la respuesta que recibe es decepcionante: “Hijo de hombre, vives en medio de un pueblo rebelde –confiesa a Ezequiel– tienen oídos para oír y no oyen, porque son un pueblo rebelde” (Ez 12,2).

 

La sordera, en la Biblia, es la imagen del rechazo de la palabra de Dios; representa la condición del hombre seducido por las voces engañosas. Es una condición dramática, una enfermedad grave, pero el Señor ha prometido curarla.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Dame, Señor, un corazón que escuche tu palabra”.

 

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