Epifanía del Señor – 7 de enero de 2018 – Año B

Brilla la estrella,

luz para todos pueblos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/GqkOpfWTX5w

 

Introducción

 

Tierra de paso, objeto de discordias, encrucijada de pueblos, culturas, razas, lenguas, Palestina ha sido invadida y ocupada, a turno, por los faraones de Egipto y los príncipes de Mesopotamia.

 

El deseo de venganza contra estos opresores había sido cultivado por largo tiempo en Israel (cf. Sal 137,8-9). Sin embargo, la venganza y la represalia no entraban en los planes de Dios. Un profeta anónimo del siglo III a.C. revela, por el contrario, cuáles eran en realidad los sueños de Dios: “¡Un día los egipcios con los asirios darán culto a Dios. Aquel día Israel será mediador entre Egipto y Asiria; será una bendición en medio de la tierra porque el Señor Todopoderoso los bendice diciendo: ¡Bendito mi pueblo, Egipto, y la obra de mis manos, Asiria, y mi herencia, Israel!” (Is 19,23-25).

 

Una profecía sorprendente, inaudita, increíble: Israel está destinado a ser el mediador de la salvación para sus dos enemigos históricos, los asirios y los egipcios.

 

Un siglo antes, otro profeta había anunciado: el Señor conducirá a todos los extranjeros a su monte santo y los colmará de la alegría de su casa (cf. Is 56,6-7).

 

El sueño de Dios se realizó cuando surgió en Jacob, como el Señor había prometido (cf. Num 24,17), la estrella, Cristo el Señor. Su luz disipa las tinieblas creadas por odios ancestrales y convoca todas las gentes a formar una única familia. Es este el mensaje de esperanza de la Epifanía, la fiesta de la luz.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Su luz hará florecer la justicia y abundar la paz, hasta que se apague la luna”.

 

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Bautismo Del Señor – 8 de enero de 2018 – Año B

Quiso remontar un abismo con nosotros

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/lrvG61-J7PU

 

 

Introducción

 

Los lugares bíblicos tienen con frecuencia un significado teológico. El mar, el monte, el desierto, la Galilea de las naciones, Samaria, las tierras al otro lado del lago de Genezareth son mucho más que simples indicaciones geográficas (a menudo ni siquiera exactas).

 

Lucas no especifica el lugar del bautismo de Jesús; Juan, sin embargo, lo especifica: “tuvo lugar en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando” (Jn 1,28). La tradición ha localizado justamente el episodio en Betábara, el vado por el que también el pueblo de Israel, guiado por Josué, atravesó el río, entrando en la Tierra Prometida. En el gesto de Jesús se hacen presentes el recuerdo explícito del paso de la esclavitud a la libertad y el comienzo de un nuevo éxodo hacia la Tierra Prometida.

 

Betábara tiene otra particularidad menos evidente pero igualmente significativa: los geólogos aseguran que este es el punto más bajo de la tierra (400 m bajo el nivel del mar).

 

La elección de comenzar precisamente aquí la vida pública, no puede ser simple casualidad. Jesús, venido de las alturas del cielo para liberar a los hombres, ha descendido hasta el abismo más profundo con el fin de demostrar que quiere la salvación de todos, aun de los más depravados, aun de aquellos a quienes la culpa y el pecado han arrastrado a una vorágine de la que nadie imagina que se pueda salir. Dios no olvida ni abandona a ninguno de sus hijos.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Ha aparecido la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres”.

 

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Fiesta de la Sagrada Familia – 31 de diciembre de 2017 – Año B

Los Ancianos:

Artífices de un mundo joven

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/8rO2ozCCHNQ

 

Introducción

 

Los hijos de Elí, sacerdote del Señor en Silo, eran depravados y no prestaban ninguna atención a las advertencias del padre (1 Sam 2,12). Un día se presentó ante Elí un hombre de Dios que le anunció: “Nadie llegara a viejo en tu familia” (1 Sam 2,32). No era la promesa de que ninguno de sus descendientes se verían libres de las obligaciones fatigosas ligadas a la asistencia a personas ancianas y enfermas, sino del anuncio de una terrible desgracia: faltarían para siempre los educadores de las nuevas generaciones, los guardianes de las sagradas tradiciones, los responsables de la transmisión de la fe. Sus nietos no experimentarían nunca la emoción que recordaba el salmista: “Oh Dios nuestros oídos oyeron, nuestros padres nos contaron la obra que hiciste en sus días, lo que antiguamente hizo tu mano” (Sal 44,1-2).

 

En Israel estaba vigente el precepto “honra a tu padre y a tu madre”, sin embargo la formación de las nuevas generaciones se veía a menudo marcada por tensiones y conflictos. Había jóvenes viciosos y arrogantes (cf. 1 Re 12,8) y jóvenes juiciosos; viejos sabios que miraban con serenidad y confianza más allá de los horizontes estrechos de su tiempo y viejos obtusos que luchaban por un nostálgico retorno al pasado, buscando por todos los medios de frenar los impulsos hacia el futuro.

 

La reconciliación generacional es indicada por los profetas como signo del acontecimiento de los tiempos mesiánicos. El antiguo testamento se cierra con el anuncio de un regreso de Elías que “reconciliará a padres con hijos y a hijos con padres” (Mal 3,24) y el Nuevo Testamento se abre con las palabras del ángel a Zacarías: “Tu mujer Isabel te dará un hijo, irá por delante para reconciliar a padres con hijos” (Lc 1,13-17).

 

En las familias donde falta la persona anciana, la vida puede, en ciertos momentos, ser más llevadera pero ciertamente es más pobre de humanidad.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aun cuando vengan a menos mis fuerzas, mi corazón permanecerá joven”.

 

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María Santísima Madre de Dios – 1 de enero de 2018 – Año B

Bendigan, no maldigan:

Es el camino de la paz

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/CsRTnzztPRE

 

Introducción

 

Los cristianos han siempre asociado la tradicional fiesta del año nuevo con diferentes temas o fiestas religiosas. Antes del Concilio se celebraba la circuncisión de Jesús que tuvo lugar, según nos refiere Lucas, ocho días después de su nacimiento (Lc 2,21). Este día ha sido también dedicado a María Madre de Dios y, a partir del 1968, el primer día del año se ha convertido, por voluntad del papa Pablo VI, en el “día mundial de la paz”.

 

Las lecturas reflejan esta variedad de temas: las bendiciones para un buen comienzo del año (primera lectura); María, modelo de toda madre y de todo discípulo (evangelio); la paz (primera lectura y evangelio); la filiación divina (segunda lectura); el estupor frente al amor de Dios (evangelio) y el nombre con el que Dios quiere ser identificado e invocado (primera lectura y evangelio).

 

Bendecir y bendiciones son términos que aparecen frecuentemente en la Biblia; se encuentran en casi todas sus páginas (552 veces el Antiguo Testamento, 65 en el Nuevo Testamento). Desde el principio Dios bendice a sus criaturas, los seres vivientes, para que sean fecundos y se multipliquen (Gn 1,22); así mismo bendice al hombre y a la mujer para que dominen y cuiden de toda la creación (Gn 1,28); Dios también bendice el último día, el sábado, signo del descanso y de la alegría sin fin (Gn 2,3).

 

Necesitamos ser bendecidos por Dios y por los hermanos. La maldición separa y significa rechazo; la bendición, por el contrario, acerca, refuerza la solidaridad, infunde confianza y esperanza. “El Señor te bendiga y te proteja”: son las primeras palabras que oímos en la liturgia de este día con el fin de que permanezcan impresas en el corazón y se las repitamos a amigos y enemigos a lo largo de todo el año.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, Señor, a bendecir a quien nos insulta, a soportar a quien nos persigue, y a confortar a quien nos calumnia”.

 

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