Archivo mensual: marzo 2014

4° Domingo de Cuaresma – Año A (Marzo 30, 2014)

EXISTE UNA LUZ SIN OCASO

Introducción

Hay cosas que logramos ver, otras se nos escapan. Crecen a ritmo vertiginoso los conocimientos científicos que nos permiten examinar, controlar, cuantificar todo lo que es material. Despiertan nuestra curiosidad y nos apasionan, nos hacen sentir orgullosos hasta el punto de inducir a algunos a creer que exista y sea verdadero solamente lo que puede ser visto con los ojos, contrastado con los sentidos, verificado con los instrumentos del laboratorio.

Pero la presunción de tener bajo control toda la realidad deriva de un defecto de visión, de la privación de aquella mirada interior y espiritual que nos permite vislumbrar, barruntar los misterios de Dios, el sentido de la vida y la muerte y el destino último de la historia humana.

Existe también otra ceguera, la del que cree poseer la luz y saber dar el justo valor a cada cosa: al dinero, al éxito, a la carrera, a la sexualidad, a la salud y a la enfermedad, a la juventud y a la vejez, a la familia, a los hijos…pero que ha sacado sus certezas de la escala de valores de este mundo; las ha deducido – quizás si darse cuenta – de las pulsiones y de emociones del momento, de cálculos interesados, de ideologías y sistemas económicos contaminados por el pecado, de charlas de salón: luces falsas, destellos poco fiables, fuegos fatuos, deslumbramientos engañosos.

“La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo” (Jn 1,9): Cristo, que ha llegado para disipar nuestras tinieblas, iluminar nuestras noches e introducirnos en la familia de los que son “ciudadanos de la luz y del día” (1 Tes 5,5).

* Para interiorizar el mensaje, repetiremos: 

 “Tú eres la luz del mundo. Quien te sigue tiene la luz de la vida”

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3° Domingo de Cuaresma – Año A (Marzo 23, 2014)

EXISTE UN AGUA QUE NO TIENE PRECIO

Introducción

Durante años los israelitas han experimentado la sed en el desierto de Sinaí y visto espejismos; han excavado pozos y soñado en una tierra donde el agua cayera del cielo en forma de lluvia y de rocío, y donde surgieran manantiales cuyas aguas regaran los valles.

Nómadas de un desierto desolador, han asociado estas tierras ásperas y áridas con la muerte, mientras que el agua era para ellos símbolo de la vida, de la belleza, de las bendiciones de Dios; han pensado en el Señor como “aquel que llama a las aguas del mar y las distribuye sobre la tierra” (Am 5,8).

  En la Biblia la imagen del agua aparece en contextos muy diversos. El enamorado contempla a la amada como: “¡Fuente de los jardines, manantial de aguas vivas que fluyen del Líbano!” (Ct 4,15). Dios asegura a los deportados un futuro próspero y feliz con promesas relacionadas con el agua: “ha brotado agua en el desierto, arroyos en la estepa, el arenal será un estanque, lo reseco un manantial” (Is 35,6-7; 41,18). Alejarse del Señor significa tomar decisiones de muerte, equivale que quedarse sin agua: “me abandonaron a mí, fuente de agua viva y se cavaron pozos, pozos agrietados que no conservan el agua” (Jer 2,13).

  Las palabras apasionadas del profeta que invitan a su pueblo a la conversión: “¡Atención, sedientos, vengan por agua!” (Is 55,1) eran solo el preludio de las pronunciadas por Jesús en la explanada del templo: “Quien tenga sed venga a mí; y beba quien crea en mí” (Jn 7,38). Él es el manantial de agua pura que sacia toda sed.

 Para interiorizar el mensaje repetiremos

“Calmada nuestra sed con tu agua, Señor, no permitas que nos acerquemos a otros pozos”.  

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