Ciclo C

19º Domingo del Tiempo Ordinario – 12 de agosto de 2018 – Año B

¿El pan del cielo de un hijo de carpintero?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Por 54 veces en el Corán, judíos y cristianos son llamados pueblos del Libro y la palabra libro, en el sentido del texto que contiene las revelaciones de Alá, aparece 230 veces. No obstante, es una palabra ambigua porque a veces se refiere al libro de Moisés, otras, a los libros en que se habla de Abrahán y de su descendencia, de Juan, hijo de Zacarías, de Jesús y María, su madre; generalmente, por libro se entiende simplemente el Corán, como se puede ver desde la misma presentación: “¡Aquí está el libro!, guía segura –no hay duda de ello– para los que temen a Dios”.

 

Según una interpretación muy extendida entre los musulmanes, Dios envió a la tierra, en forma de dictado a sus profetas, varios libros que contienen su palabra: la Torá, el Evangelio, los Salmos y el Corán. Por tanto, no hay que sorprenderse al oír decir a un musulmán: “también yo creo en la Biblia.”

 

Más allá de las múltiples convergencias entre musulmanes y cristianos, no hay que pasar por alto una diferencia sustancial. Para los musulmanes, la revelación de Dios se ha encarnado en el Corán; la palabra de Alá se convirtió en el libro en la Meca. Para los cristianos, la palabra de Dios no se hizo libro, sino carne en Nazaret.

 

Un día el Señor mandó a Ezequiel: “Hijo de hombre, cómete este rollo, y vete a hablar a la casa de Israel” (Ez 3,1). Era una invitación a asimilar el mensaje contenido en un libro. La misma imagen fue utilizada por Jeremías “Cuando recibía tus palabras las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima” (Jer 15,16).

 

Como los profetas, como los musulmanes, también el cristiano tiene hambre de la sabiduría de Dios. La encuentra en un libro, sí, pero no es un libro, es una persona, Jesús de Nazaret, el pan de vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la Palabra de Dios hecha carne”.

 

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4º Domingo de Pascua – 22 de abril de 2018 – Año B

La Epifanía de Dios en el pastor que dona la vida

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

No es de extrañar que, incluso en tiempos de crisis religiosa, la mayoría de la gente siga creyendo en Dios, pero, cuando se trata verificar su identidad, frecuentemente se trata de un dios (con minúscula) muy diferente del que se revela en Jesús. Es un dios que se adapta a la justicia del hombre, premia y castiga en base a los méritos, se complace en el culto, derrama bendiciones sobre sus devotos, prohíbe el adulterio, pero aprueba la acumulación de bienes y su libre gestión, es más, se convierte, a veces, en socio de los negocios de los hombres. Es un dios que permite matar en legítima defensa y se presenta, sobre todo, como grande, infinito, omnipotente, capaz de hacerse respetar.

 

Este dios, tan razonable, que ha encontrado aceptación también en algunos catecismos católicos, no es difícil de ser aceptado.

 

Un día, sin embargo, en Jesús, el verdadero Dios se ha presentado a los hombres completamente diferente: frecuentaba a los pecadores, se mezclaba con los excluidos, se ha dejado escupir en el rostro sin reaccionar, ha amado a quien lo clavaba en la cruz, no era ni omnipotente ni infinito.

 

Frente a este Dios débil, incapaz de defenderse, ha vacilado la fe de todos y cuando Pedro ha jurado no conocerlo (cf. Mc 14,71) ha hablado –creo– en nombre también de la gran mayoría de los cristianos.

 

Creer en un Dios así, es difícil: significa buscar la propia gloria en hacerse pequeños por amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Tendré que pasar por valles oscuros, pero no temo. Me fio del pastor que me guía”.

 

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