Ciclo C

15º Domingo del tiempo ordinario, 16 de Julio 2017, Año A

Entre el cielo y la tierra…:

“la palabra”

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/lFLKLb6M8Yk

 

Introducción

 

¿Es de fiar la palabra del hombre?

 

No mucho. Desconsolado y sin ilusión, el salmista iba repitiendo: “Escasean los fieles, han desaparecido los leales entre los hombres. No hacen más que mentirse unos a otros, hablan con labios mentirosos y doblez de corazón” (Sal 12,1-2). Hoy la palabra sigue devaluada: no se cree en las promesas, solo confiamos en documentos escritos y firmados; “hechos y no palabras”, oímos una y otra vez.

 

¿Ocurre así con la palabra de Dios?

 

Por diez veces consecutivas se repite en el libro del Génesis esta afirmación: “Dios dijo…y así fue”. “Por la palabra del Señor se hizo el cielo. Porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió” (Sal 33,6.9.). Su palabra no es como la del hombre; es viva y eficaz, realiza lo que anuncia, no miente y no engaña.

 

La mística griega proponía entrar en relación con Dios a través de éxtasis, visiones, raptos; la espiritualidad bíblica coloca, por el contrario, en primer lugar la escucha, porque está convencida de la absoluta confiabilidad de la palabra del Señor.

 

“Escucha Israel” es la oración más entrañable de la piedad judía (cf. Dt 6,4). “Escucha la palabra del Señor”, recomiendan los profetas (cf. Is 1,10; Jer 11,3). “Escuchar es mejor que ofrecer sacrificios”, declara el profeta Samuel (1 Sam 15,22). “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; me has abierto el oído” declara el salmista (Sal 40,7).

 

En la Biblia, escuchar no significa recibir una comunicación o una información, sino adherir a una propuesta, acoger, custodiar en el propio corazón y poner en práctica lo escuchado. Equivale a otorgarle confianza a Dios.

 

Quien escucha la palabra con estas disposiciones es dichoso y bienaventurado (cf. Lc 11,28).

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El pan material nos mantiene en vida otro día más, la Palabra de Dios da la vida eterna.

 

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4º Domingo de Pascua, 7 de Mayo 2017, Año A

Defiende al rebaño,

pero salva también a los bandidos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/_GPzt8_DLXQ

 

Introducción

 

Al faraón que les pregunta cuál era su trabajo, los hermanos de José le responden: “Tus siervos son pastores de ovejas, lo mismo nuestros padres” (Gen 47,3). Eran pastores los patriarcas, Moisés ha estado al cuidado de rebaños y David fue llamado cuando entre pastizales iba detrás de las ovejas (cf. 1 Cro 17,7).

 

En todo el Antiguo Medio Oriente, el soberano que cuidaba de su pueblo era imaginado como un pastor. En las inscripciones Mesopotámicas, “apacentar” era usado comúnmente en sentido de “gobernar”. El faraón era llamado: “Pastor de todas las gentes”, “Pastor que cuida de sus súbditos” y, como símbolo de su poder, llevaba en mano un bastón en forma de cayado.

 

En Israel, esta imagen del pastor se aplicaba a los jefes militares y políticos, y también a Dios. Es conmovedora la invocación: “Pastor de Israel, escucha, tu que guías a José como un rebaño” (Sal 80,2) y es deliciosa la sensación de seguridad que comunica el célebre canto: “El Señor es mi pastor, nada me falta…” (Sal 23,1).

 

Sorprende, sin embargo, que en ningún texto del Antiguo Testamento el rey en funciones sea designado como “pastor”. Este título estaba reservado para un único rey: el futuro Mesías, descendiente de David. Después de haber pronunciado palabras severas de condena contra los soberanos que han llevado el pueblo a la ruina, el Señor promete asumir él mismo el oficio de pastor, congregar el rebaño disperso, de conducirlo a los pastizales, y anuncia: “Les daré un pastor único que las pastoree… Yo, el Señor, seré su Dios y mi siervo David, príncipe en medio de ellos” (Ez 34,23-24).

 

La profecía se ha cumplido en Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Éramos ovejas errantes, ahora tenemos un Pastor que nos guía”.

 

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Miércoles de ceniza, 1 Marzo, 2017, Año A

Cuaresma: Tiempo de ayuno para alimentarnos de la palabra

 

Introducción

 

“No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3). Con estas palabras tomadas del Deuteronomio, Jesús rechaza la propuesta del maligno que le sugiere de empeñar todas sus energías y capacidades en producir pan.

 

El hombre tiene necesidad de alimento pero, justamente cuando se ha saciado, toma conciencia de que hay en él inquietudes más profundas.

 

Pensar que sea posible aplacar la necesidad de infinito y de lo eterno replegándose sobre la realidad de este mundo, es una dramática ilusión: la belleza se marchita, “niñez y juventud son efímeras” (Ecl 11,10); los bienes de este mundo prometen el paraíso en la tierra, pero después llega el momento en que son requisados o confiscados. Sabemos que todo va a terminar así, sin embargo nos parece natural continuar a confiar en las realidades efímeras para la realización de nuestra vida.

 

Cuando tomamos conciencia de la caducidad de este mundo y nos interrogamos sobre el sentido de nuestra existencia, cuando entramos en diálogo con el Señor, es entonces cuando realizamos el salto cualitativo que nos convierte realmente en personas. Para los musulmanes, justamente o no, quien no alza su mirada al cielo, quien no establece una relación íntima con Dios, no es persona.

 

La búsqueda de alimento y de refugio, la pulsión instintiva de prolongar nuestra especie, la sed de placer, son “apetitos” que tenemos en común con los animales. Solo cuando experimentamos la necesidad íntima de otro alimento, es cuando se manifiesta en nosotros lo específico del ser humano. Consciente de ello, el profeta Amós anunciaba: “Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que enviaré hambre al país: no hambre de pan y sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor” (Am 8,11).

 

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para adentrarse en nosotros mismos, para hacer crecer lo divino que llevamos dentro de nosotros. Es el tiempo para escuchar la palabra de Dios. No es una escucha superficial, distraída, temerosa de que el mensaje penetre demasiado profundamente en la mente y en el corazón, provoque turbación y exija cambios radicales de dirección en nuestra vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Tu Palabra, Señor, es alimento para la vida que me has dado”.

 

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1er Domingo de Adviento, 27 de Noviembre, 2016, Año A

Un Juicio Que Salva

 

Introducción

 

¡Teme el juicio final de Dios!

Esta es la amenaza que aun usan algunos predicadores para persuadir—cada vez en forma menos eficaz—a alejarse del mal.

 

La imagen de un Dios juez está presente en el Evangelio, especialmente en el de Mateo donde aparece casi en cada página. ¿Qué sentido tiene?

 

La rendición de cuentas al final de los tiempos está demasiado lejano y es muy débil para ejercer un impacto sobre las decisiones que se toman en el tiempo presente, sobre todo esa sentencia inapelable, de tipo forense, pronunciada por Dios al final de la vida no servirá a ninguno: en ese momento será imposible recuperar el tiempo perdido o usado mal.

 

A nosotros nos interesa el otro Juicio de Dios: aquel que Él pronuncia en nuestro tiempo presente.

 

Delante de las decisiones que todos nosotros estamos llamados a realizar, escuchamos muchos “juicios”: el de los amigos, el de la publicidad, el de la moda, de la vanidad, de los celos, del orgullo, de la moral de nuestros días… y hay también—aunque débil, silenciado, cubierto por otras “sentencias”—el juicio de Dios, el único que nos indica el camino de la vida, es el único que al final se descubrirá válido.

 

Vigilar quiere decir saber discernir, estar en grado de acoger el juicio que puntualmente llegará si bien en modos y en los momentos más inesperados.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Haz que yo siga, oh Señor, tus juicios”.

 

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