Archivo mensual: agosto 2015

XXII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (30 de Agosto 2015)

Existe una religión de los labios y

una del corazón

 

Introducción

 

En Egipto no hubo nunca un código de leyes y aun el mismo vocablo “ley” era desconocido porque el faraón, encarnación del dios Ra, establecía con su palabra lo que era justo y recto: “pide consejo a su corazón, dicta al escriba disposiciones excelentes” y ordena a los jueces hacer cumplir su voluntad.

 

Nada semejante ocurrió en Israel, donde la ley no era del rey sino de Dios. El rey sólo tenía el poder ejecutivo y el poder judicial, su tarea consistía en establecer la paz y la justicia en el país (cf. Sal 72,1-2), asegurándose de que todos observaran la ley del Señor a la que se habían comprometido. En el día de su coronación, le había sido ofrecida una copia de la Torá para que la meditase todos los días de su vida (cf. Dt 17,18-20), resistiendo a la tentación de introducir cambios o adiciones dictados por oportunismos políticos o por la astucia humana, tan diferente de la sabiduría de Dios.

 

Quien, como el faraón, pretende ser “sabio como Dios” (Gen 3,5) y decide gestionar la propia vida con la sabiduría de este mundo, se condena a sí mismo al fracaso. La Biblia niega a esta persona, aunque sea inteligente y culta, el título de “sabio” (cf. Sal 14,1), porque la verdadera sabiduría se manifiesta sólo cuando existe el “temor del Señor” (cf. Prov 1,7). La religión de los labios es producto de la sabiduría humana, es un expediente para enmascarar la infidelidad al Señor; sólo la del corazón es auténtica, porque nace de la palabra de Dios y se traduce en amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“La religión pura y sin mancha es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas y mantenerse libres frente a los bienes de este mundo”.

 

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XXI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (23 de Agosto 2015)

A veces Dios nos pide verdaderamente demasiado

 

Introducción

 

El resultado de un examen histológico, la respuesta de un ultrasonido, los resultados de la amniocéntesis, el diagnóstico de un médico pueden perturbar la vida de una persona, desbaratar los planes y los sueños de una pareja, colocados frente a decisiones dramáticas y la alternativa es siempre entre la sabiduría de este mundo y el de Cristo.

 

Hacer de la propia vida un don no es fácil ni cómodo; requiere sacrificio, renuncia, ascetismo. Requiere aceptar la voluntad de Dios y estar dispuesto a seguir “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), incluso cuando todo induciría a considerarla ilógica y sin sentido.

 

Es difícil escuchar al Espíritu, elevarse a Dios y centrarse en la vida que permanece para siempre. Más fácil, aunque sea decepcionante, es entrar por la puerta grande y elegir el camino espacioso (cf. Mt 7,13), replegándose en las perspectivas materiales, olvidando que “la apariencia de este mundo se está acabando” (1 Cor 7,31) y que de nada vale ganar todo el mundo si pierde su vida (cf. Mt 16,26). Tomar decisiones, “según la carne” parece razonable, aunque, interiormente, nos damos cuenta de que “toda carne es hierba y su belleza como flor campestre” (Is 40,6).

 

También el discípulo que ha “saboreado la Palabra buena de Dios y las maravillas del mundo venidero” (Heb 6,5) sigue estando sujeto a la tentación de dar la espalda a Cristo y “preferir el mundo presente” (cf. 2 Tim 4,9).

 

La Eucaristía es una propuesta. Los que deciden recibirla aceptan la Luz y rechazan la oscuridad. Esta es la opción que califica al cristiano.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cuando todas las razones estuvieran de un lado y Cristo del otro, elegiría a Cristo”.

 

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XX Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (16 de Agosto 2015)

Y el Verbo se hizo pan eucarístico

 

Introducción

 

Un gesto afectuoso es una manera de decirle al otro: tú eres mi confidente y me alegro de tener tu confianza. Pero si la otra persona se retrae, uno se siente rechazado o mal entendido. El apretón de manos, las flores, la lámpara encendida al santo patrono expresan sentimientos, emociones, estados de ánimo que ninguna palabra está en grado de expresar. El soplar las velas, seguido del aplauso de amigos y tarjetas de felicitación, marca el clímax de la celebración del cumpleaños. Los gestos solo aparentemente están faltos de lógica. El rito, aunque diferente del razonamiento positivista, está lleno de significados y mensajes.

 

¿Cómo pueden los amigos manifestar su alegría por nuestro nacimiento si no estaban allí cuando emitimos el primer grito? Ese día, ya lejano, no puede ser alcanzado, pero se puede reproducira través del rito. El soplo que apaga la pequeña vela, cancela nuestros años, nos lleva de nuevo al momento del nacimiento, reproduce nuestro primer aliento y ofrece la oportunidad de festejar nuestra llegada al mundo. No tendría sentido consumir solos el pastel de cumpleaños.

 

El hombre viene de la tierra, está estrechamente ligado a otros seres vivos y a las criaturas materiales con las que está llamado a construir una armonía creciente, experimentando al mismo tiempo una profunda necesidad de concretizar, hacer perceptible a los sentidos, incluso las realidades invisibles y divinas.

 

Los sacramentos son la respuesta de Dios a esta necesidad.

 

En la Última Cena, Jesús instituyó el rito con el que hacer presente su acto supremo de amor, el don total de la vida. La Palabra de Dios, el pan del cielo, ahora realmente se puede asimilar, no sólo con la mente y el corazón, sino también a través del sacramento. Y de este signo sensible, tendremos siempre hambre mientras peregrinemos por este mundo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El hombre no vive solamente de la Palabra, sino también de la Palabra hecha pan”.

 

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XIX Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (9 de Agosto 2015)

¿El pan del cielo de un hijo de carpintero?

 

Introducción

 

Por 54 veces en el Corán, judíos y cristianos son llamados pueblos del Libro y la palabra libro, en el sentido del texto que contiene las revelaciones de Alá, aparece 230 veces. No obstante, es una palabra ambigua porque a veces se refiere al libro de Moisés, otras, a los libros en que se habla de Abrahán y de su descendencia, de Juan, hijo de Zacarías, de Jesús y María, su madre; generalmente, por libro se entiende simplemente el Corán, como se puede ver desde la misma presentación: “¡Aquí está el libro!, guía segura –no hay duda de ello– para los que temen a Dios”.

 

Según una interpretación muy extendida entre los musulmanes, Dios envió a la tierra, en forma de dictado a sus profetas, varios libros que contienen su palabra: la Torá, el Evangelio, los Salmos y el Corán. Por tanto, no hay que sorprenderse al oír decir a un musulmán: “también yo creo en la Biblia.”

 

Más allá de las múltiples convergencias entre musulmanes y cristianos, no hay que pasar por alto una diferencia sustancial. Para los musulmanes, la revelación de Dios se ha encarnado en el Corán; la palabra de Alá se convirtió en el libro en la Meca. Para los cristianos, la palabra de Dios no se hizo libro, sino carne en Nazaret.

 

Un día el Señor mandó a Ezequiel: “Hijo de hombre, cómete este rollo, y vete a hablar a la casa de Israel” (Ez 3,1). Era una invitación a asimilar el mensaje contenido en un libro. La misma imagen fue utilizada por Jeremías “Cuando recibía tus palabras las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima” (Jer 15,16).

 

Como los profetas, como los musulmanes, también el cristiano tiene hambre de la sabiduría de Dios. La encuentra en un libro, sí, pero no es un libro, es una persona, Jesús de Nazaret, el pan de vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la Palabra de Dios hecha carne”.

 

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