Archivo mensual: julio 2014

Domingo 19 del Tiempo Ordinario – Año A

Es en los momentos de crisis cuando madura la fe

 

Introducción

 

Tensiones, conflictos, incomprensiones han acompañado siempre las relaciones iglesia—mundo, pero se han exacerbado más con la llegada del empirismo y racionalismo que han caracterizado el pensamiento de los siglos 17 y 18. La visión puramente naturalista del mundo y la confianza sin límites en la razón, parecían haber minado los fundamentos de la fe y de lo sobrenatural. Los avances históricos y arqueológicos del siglo 19 demostraron las evidentes incongruencias ligadas a la interpretación racional de la Biblia.

 

La respuesta de los creyentes, dictada por miedos y sospechas, no fue serena, al menos inmediatamente; por consiguiente, el movimiento de purificación de las ideas, del lenguaje y de la práctica religiosa sufrió retardos, periodos de inmovilismo, marcha atrás, replanteamientos e involuciones.

 

Hoy es ya posible constatar los grandes cambios que, estimulados por desafíos de siglos, se han realizado especialmente después del Concilio Vaticano II. Del estudio y de la meditación de la palabra de Dios, finalmente en manos de los cristianos, está emergiendo y siendo ofrecida al mundo, aun en medio de contradicciones, una imagen de Dios no más encorsetada en categorías arcaicas; está apareciendo un nuevo rostro del hombre y una iglesia más evangélica basada sobre valores auténticos.

 

Algo semejante ocurría en tiempos del profeta Elías, como nos contará la primera lectura. Jesús exigió a sus discípulos un cambio de mentalidad todavía mayor, como veremos en el pasaje evangélico. El camino de la conversión aun no se ha concluido. El Espíritu invita a los cristianos, no solo a través de los signos de los tiempos sino también por medio de las críticas acerbas de los no creyentes, a dirigir las miradas, las mentes y los corazones más allá de los estrechos horizontes en los que corremos el peligro de permanecer prisioneros por el temor a crecer.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aunque deba atravesar un valle oscuro, no temo porque Tú, Señor, estás conmigo”.

 

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Domingo 18 del Tiempo Ordinario – Año A (3 Agosto, 2014)

También los saciados tienen hambre

 

Introducción

 

“El Señor hace justicia a los oprimidos, proporciona su pan a los hambrientos” (Sal 146,7), son las palabras con las que el israelita piadoso profesaba su fe en la providencia. De ello se hace eco María en su canto de alabanza: “Ha colmado de bienes a los hambrientos” (Lc 1,53). ¿Cómo pueden ser verdad estas afirmaciones cuando una cuarta parte de la humanidad vive en condiciones de absoluta miseria, cuando cada día decenas de miles de niños mueren de hambre y millones de personas hurgan en la basura buscando qué comer? El Dios que viste los lirios del campo y alimenta las aves del cielo ¿se ha olvidado, quizás, de sus hijos? ¿Por qué el Padre no escucha la oración de quien le suplica cada día: “Danos hoy nuestro pan de cada día”?

 

Los pobres tienen hambre, pero también los saciados están tristes, frustrados y solos; la gratificación que nos da lo que poseemos es de muy breve duración, apenas unos días, incluso pocas horas; después reaparece el ansia, y el vacío interior obliga a recomenzar la desesperada búsqueda de otros bienes. El tener más, en vez de saciar, aumenta el hambre y nos hace entrar en una vorágine de muerte sin salida.

 

Esta espiral, sin embargo, se puede romper. Es posible encontrar el pan que sacia y el banquete en el que abunda el vino de la alegría, pero solo hay una senda que conduce a esta abundancia, no existen atajos. El imaginario colectivo considera los caminos que llevan a las boutiques, a las joyerías, a los negocios de anticuarios y tiendas de modas como “caminos de felicidad”, pero son engañosos. Es ilusorio también el atajo que traza el predicador milagrero o el que conjura e interpreta intervenciones sobrenaturales; el Señor nunca suplanta al hombre con sus intervenciones.

 

Dios promete, sin embargo, un prodigio que siempre se realiza: su Palabra. Allí donde su Evangelio es escuchado, los corazones se desintoxican del egoísmo y brotan la solidaridad y el compartir fraterno.

 

Cuando emergen estos sentimientos, el hambre de pan desaparece y es saciada la sed de amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Dios se sirve de las manos de los hombres para dar de comer a sus hijos”.

 

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