Archivo mensual: septiembre 2015

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (4 de Octubre 2015)

La indisolubilidad: una exigencia

del amor, no un precepto

 

Introducción

 

Hay situaciones en las que ambos cónyuges se preguntan, con razón, si es que todavía vale la pena insistir en tratar de arreglar una relación que ha nacido mal y que se está demostrando irreparablemente rota. Ya no se aman, hay incompatibilidad de caracteres, hay faltas de respeto, si se hablan es para ofenderse y hasta los niños se ven envueltos en el fracaso de los padres. ¿Qué sentido tiene seguir juntos? ¿Puede Dios exigir que continúe una convivencia que es un suplicio? ¿No es mejor que cada uno siga su camino y reconstruya su vida?

 

A estas preguntas la lógica de los hombres responde sin vacilar: lo mejor el divorcio. Si tantas parejas se separan después de pocos años de matrimonio, ¿no es preferible dejar el matrimonio a un lado y simplemente vivir juntos? Si las cosas no funcionan, cada uno se va sin demasiados problemas.

 

En ningún otro campo, como en el de la ética sexual, las personas están tentadas de darse a sí mismas una moral, y así la sal de la propuesta evangélica frecuentemente se vuelve insípida a fuerza de tantos: pero, si, sin embargo, depende.

 

Se necesita “ser como niños” para entrar en el reino de los cielos, a fin de comprender la difícil, exigente propuesta de Cristo. Sólo aquellos que se sienten pequeños, los que creen en el amor del Padre y confían en él, se encuentran dispuestos a dar la bienvenida a los pensamientos de Dios. No todos lo pueden entender, sino “solo aquellos a quienes se les es dado” (Mt 19,11), no a los sabios e inteligentes, sino a los pequeños (cf. Mt 11,25).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo el camino angosto que propone Jesús lleva a la vida”.

 

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XXVI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (27 de Septiembre 2015)

Se nos ha dado el Espíritu,

pero no en exclusiva

 

Introducción

 

No siempre es fácil distinguir amigos de enemigos, a veces uno es engañado: la persona más digna de confianza, la que elegimos como confidente, un día nos puede traicionar, mientras que la que teníamos bajo control porque la estimábamos peligrosa, con el tiempo puede llegar a ser el compañero más leal.

 

¿Cómo saber quién está con nosotros y quién contra nosotros?

 

El cristiano, a veces, tiene la impresión de andar solo a lo largo del camino recto trazado por Cristo y entra en ansiedad; pero, apenas alza la vista y mira a su alrededor, ve a tantos inesperados compañeros de viaje que son generosos, sinceros bien dispuestos que caminan a su lado, se sorprende y se preguntaba cómo no lo había notado antes.

 

No los había visto porque estaban ocultos tras el velo espeso de la presunción que cubría sus ojos de ser él el único verdadero discípulo. La envidia y los celos le impidieron reconocer el bien hecho por los que eran diferentes a él.

 

Los apóstoles se quedaron en silencio cuando Jesús les preguntó sobre las razones de su disputa en el camino; se avergonzaron porque el Maestro había desenmascarado sus ambiciones mezquinas (cf. Mc 8,34). Sin embargo, no sólo estaban dispuestos a admitir, sino que se sentían orgullosos de cultivar el orgullo del grupo, una presunción arrogante, que les llevaba a considerar enemigos de Cristo y a condenar a aquellos que no pensaban como ellos.

 

El orgullo del grupo es muy peligroso: es sutil pues considera ser santo celo lo que no es más que egoísmo camuflado, fanatismo e incapacidad de reconocer que el bien existe incluso fuera de la estructura religiosa a la que se pertenece.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Jesús nos enseña a alegrarnos del bien, sea quien sea el autor”.

 

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