Archivo mensual: enero 2015

4to. Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (1 Febrero, 2015)

El Poder Divino

en la Palabra de un Hombre

 

 

Introducción

 

Hechos y palabras: para el hombre moderno parece que se contraponen; para los antiguos, sin embargo, la palabra era la materialización del pensamiento; no era viento sino cristalización de los sentimientos y de las emociones; no transmitía solamente ideas e información, sino que comunicaba la carga creadora o demoledora de quien la pronunciaba. Los ídolos no podían causar ni bien ni mal, porque –se decía– “tienen boca y no hablan” (Sal 115,5), mientras que el Señor, con su palabra, crea los cielos, “habla y todo existe” (Sal 33,6.9).

 

La palabra de Dios, que ha dado forma al universo y mantiene en la existencia tanto al cielo como a la tierra (cf. 2 P 3,5-7) ha venido al mundo, “se ha hecho carne” (Jn 1,14) y ha dado vista a los ciegos, ha hecho hablar a los mudos, puesto en pie a los cojos, ha ofrecido pan a los hambrientos, libertad a los prisioneros y alegría a quien tenía el corazón quebrantado. Ha transformado a la pecadora en discípula, al publicano deshonesto en apóstol, al jefe de los publicanos en hijo de Abrahán y a un bandido en el primero de los invitados al banquete del cielo.

 

Sacerdotes, padres y educadores cristianos se declaran frecuentemente desilusionados, se lamentan porque sus exhortaciones inspiradas en el Evangelio, parecen caer en el vacío o tener un impacto muy débil. ¿Ha quizás perdido la palabra del Señor—se preguntan—su eficacia? Si no cambia la mente y los corazones, si no hace germinar un mundo nuevo, no es palabra de Dios sino de los hombres. Es fácil equivocarse: uno puede predicar sobre sí mismo y las propias convicciones, convencidos de proclamar el evangelio. Las buenas exhortaciones, las llamadas de atención dictadas por el sentido común, la sabiduría de este mundo frecuentemente se revelan como útiles, pero nunca han producido prodigios; los milagros suceden solo si la palabra anunciada es aquella del Maestro.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos sino la palabra de Cristo Señor”.

 

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3° Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (25 Enero, 2014)

Ha inagurado tiempos nuevos

 

Introducción

 

Los cristianos están convencidos de que el Mesías ha venido ya, los hebreos sostienen que está aún por venir. ¿Quién tiene razón?

 

No hay dudas, los hebreos. También nosotros lo admitimos tácitamente cuando todos los años dedicamos cuatro semanas para disponernos a su venida.

 

Esperamos con ansia al Mesías, porque aunque se nos ha dicho que: “Florecerá en sus días la justicia y una gran paz hasta el fin de las lunas. Librará al mendigo que a él clama y al pequeño que de nadie tiene apoyo. Abundancia de trigo habrá en la tierra que cubrirá la cima de los montes” (Sal 72,7.12.16), aún no hemos visto realizada esta profecía, por tanto, continuamos a la espera.

 

El Mesías debe venir todavía; pero cuando llegue, todos, aun los hebreos, lo reconocerán: es Jesús. Su nacimiento en el mundo es lento y progresivo; los tiempos nuevos, los últimos, han comenzado ya, pero no han llegado a su cumplimiento.

 

Un día refieren a Jesús que su madre y sus hermanos lo estaban buscando, y él, “mirando a aquellos que estaban sentados en círculo alrededor de él, dijo: Miren, estos son mi madre y mis hermanos” (Mc 3,34). Sí, la comunidad que escucha su palabra, se fía de él y lo sigue, es su madre, es aquella que, en el dolor, lo da a luz cada día, hasta que sea realizado en su plenitud el diseño de Dios: “que el universo, lo celeste y lo terrestre alcancen su unidad en Cristo” (Ef 1,10).

 

Inmediatez, generosidad, decisión en el desprendimiento de lo que es antiguo e incompatible con el mundo futuro, caracterizan la respuesta de quien, respondiendo a la llamada de Jesús, se  compromete en ayudar a llevar a cabo los designios de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Hazme conocer, Señor, tus caminos y dame la fuerza de seguirlos”.

 

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2° Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (18 Enero, 2015)

Vocación: El descubrimiento

de la propia identidad

 

 

Introducción

 

Entre los varios títulos que la Biblia atribuye a Dios, se encuentra también: aquel que llama. Con su derecha despliega los cielos, los llama y todos “se presentan juntos” (Is 48,13), escuchan sus órdenes y cumplen su vocación, dando vueltas en el universo y cantando sus alabanzas: “Los cielos proclaman la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 19,2). Nada ni nadie es anónimo delante del Señor que “cuenta el número de las estrellas, llama a cada una por su nombre” (Sal 147,4).

 

Al nombre que Dios atribuye a cada persona corresponde una identidad, una vocación, una misión.

 

Nada de intimista, nada de externo a la persona, nada que se asemeje a una elección-premio por una precedente fidelidad; la vocación no es sino el descubrimiento de aquello para lo cual hemos sido creados, es encontrar el puesto al que hemos sido llamados a ocupar en la creación y en el proyecto de Dios. La vocación no nos ha sido revelada a través de sueños y visiones, sino que la descubrimos mirando dentro de nosotros mismos, escuchando la palabra del Señor que se hace oír, no ver, que se manifiesta en los acontecimientos y habla a través de los ángeles que nos pone a nuestro lado: los hermanos encargados de interpretarnos sus pensamientos y su voluntad.

 

Corresponder a la vocación no significa dejarnos envolver en una empresa onerosa, impuesta desde afuera, sino seguir el camino hacia la propia realización, ser fieles a nuestra identidad y, por tanto, alcanzar el equilibrio interior y la alegría.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Revélame Señor, el nombre con que me has llamado, antes de que fuera concebido en el seno de mi madre”.

 

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Bautismo del Señor – Año B (11 Enero 2015)

Quiso remontar un abismo con nosotros

 

Introducción

 

Los lugares bíblicos tienen con frecuencia un significado teológico. El mar, el monte, el desierto, la Galilea de las naciones, Samaria, las tierras al otro lado del lago de Genezareth son mucho más que simples indicaciones geográficas (a menudo ni siquiera exactas).

 

Lucas no especifica el lugar del bautismo de Jesús; Juan, sin embargo, lo especifica: “tuvo lugar en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando” (Jn 1,28). La tradición ha localizado justamente el episodio en Betábara, el vado por el que también el pueblo de Israel, guiado por Josué, atravesó el río, entrando en la Tierra Prometida. En el gesto de Jesús se hacen presentes el recuerdo explícito del paso de la esclavitud a la libertad y el comienzo de un nuevo éxodo hacia la Tierra Prometida.

 

Betábara tiene otra particularidad menos evidente pero igualmente significativa: los geólogos aseguran que este es el punto más bajo de la tierra (400 m bajo el nivel del mar).

 

La elección de comenzar precisamente aquí la vida pública, no puede ser simple casualidad. Jesús, venido de las alturas del cielo para liberar a los hombres, ha descendido hasta el abismo más profundo con el fin de demostrar que quiere la salvación de todos, aun de los más depravados, aun de aquellos a quienes la culpa y el pecado han arrastrado a una vorágine de la que nadie imagina que se pueda salir. Dios no olvida ni abandona a ninguno de sus hijos.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Ha aparecido la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres”.

 

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