Archivo mensual: junio 2014

14mo. Domingo del Tempo Ordinario – Año A (6 Julio, 2014)

“Pequeño”:

el único título reconocido en el cielo

 

Introducción

En las asambleas públicas, en las comidas en común, en los viajes en caravana, en cualquier ocasión, la sociedad judía se planteaba siempre la cuestión de quién era más grande, a quién correspondía el mayor honor.

 

En esta carrera hacia los primeros puestos se han visto incluidos hasta los bienaventurados del cielo – catalogados en siete categorías con los mártires en cabeza – e incluso el Dios de Israel, quien no podía ser menos que las divinidades griegas o egipcias que invariablemente recibían el título de “grande”. Por eso Salomón proclamaba: “El Señor es el más grande de todos los dioses” (Ex 18,11) y Moisés aseguraba a los israelitas: “El Señor, su Dios, es Dios de dioses y Señor de señores” (Dt 10,17).

 

En los últimos años antes de Cristo, las afirmaciones sobre la grandeza de Dios se habían multiplicado desmesuradamente. Dios era “el altísimo”, “el grandísimo” (Est 8,12q); “el Señor grande y glorioso, admirable en su poder e invencible” (Jdt 16,13), y se esperaba, en consecuencia, una manifestación de su grandeza: “Esperamos la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y salvador” (Tit 2,13), leemos en la noche de Navidad.

 

Dios ha aparecido en toda su grandeza como un niño débil, pobre e indefenso, “envuelto en pañales”, hijo de una dulce y premurosa madre de catorce años. Este ha sido el comienzo de su manifestación cuyo momento culminante ha tenido lugar en la cruz. Desde aquel día, todos los criterios de grandezas han cambiado radicalmente.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Solo los pequeños están en grado de acoger los misterios del reino de Dios”.

 

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San Pedro y San Pablo – Año A (29 Junio 2014) – Misa del día

Por itinerarios diversos llegaron

a la misma meta

 

Introducción

“Tenían un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32); con esta bien conocida afirmación resume Lucas el acuerdo existente en la primitiva comunidad. Sin embargo, raramente se han registrado en la historia de la iglesia tensiones y contrastes tan fuertes como los que tuvieron lugar en la Iglesia durante los primeros decenios de existencia. Los cristianos de origen judío, celosos guardianes de las usanzas religiosas de su pueblo, exigían que se continuaran observando las prescripciones de la ley como signo de fidelidad a Dios. Los espíritus más abiertos, por el contrario, habían tomado conciencia de que “las tradiciones de los antiguos” habían ya cumplido su cometido (llevar a Cristo). Seguir observándolas constituía un serio obstáculo a los paganos que deseaban adherirse al evangelio.

 

Pedro –un conservador por la educación recibida, aunque no fanático– trató de mediar entre estas “dos almas” de la comunidad, pero terminó descontentando a todos.

 

Pablo –él sí un tradicionalista fanático– había partido desde las posiciones más rígidas de la religión judía, llegando después a una ruptura radical con el pasado, hasta el punto de mostrarse intolerante con los que, como Pedro, no tenían el coraje de tomar decisiones radicales. Un día, en Antioquia de Siria, lo insultó públicamente tachándolo de hipócrita (cf. Gal 2,11-14).

 

Pronto, sin embargo, las relaciones entre los dos apóstoles se restablecieron y Pedro, en una carta, llama a Pablo: “nuestro hermano carísimo” (2 Pe 3,15). Juntos dieron la vida por Cristo y hoy, también juntos, celebramos su fiesta. Por caminos diferentes –y muy lentamente– llegaron a reconocer en Jesús al mesías de Dios.

 

Pedro había encontrado a quien sería su maestro junto al lago de Galilea. Al principio lo identificó como el carpintero que venía de Nazaret; después se dio cuenta de que era un gran profeta; seguidamente, en Cesárea de Felipe, descubrió, al fin, su verdadera identidad y declaró: “Tú eres en Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mc 8,27).

 

Profesó una fórmula de fe perfecta. No obstante, creer en Cristo no significa aceptar un contenido de verdades, sino compartir las decisiones de vida que él propone. Los sueños que cultivaba Pedro no eran los del Señor: “Tus pensamientos –le dijo Jesús– son los de los hombres, no los de Dios” (Mc 8,33).

 

Solo a la luz de la Pascua comenzó a comprender y, tímidamente, se atrevió a confesar su débil fe: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21,17).

 

Pablo ha recorrido un camino diverso. Ha considerado a Jesús, en primer lugar, como un adversario a combatir, un demoledor de las esperanzas mesiánicas de Israel, un blasfemo que predicaba un Dios diferente del de los guías espirituales de su pueblo. Lo había conocido “según la carne” (2 Cor 5,16), según los criterios religiosos, políticos y sociales de este mundo. En base a estos parámetros, no podía menos de considerarlo un malhechor, un subversivo del orden establecido, un herético.

 

En el camino de Damasco, recibió la luz de lo alto y comprendió: Jesús, el crucificado, es el Mesías de Dios. Y desde aquel momento, lo que él consideraba un tesoro precioso se convirtió en basura (cf. Fil 3,7-8).

 

Si nuestra fe es menos sufrida que la estos dos apóstoles que hoy festejamos, quizás tampoco sea tan auténtica.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Los caminos son diferentes, pero todos conducen al Señor”.

 

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