Archivo mensual: octubre 2014

Conmemoración de todos los fieles difuntos – Año A (2 Noviembre, 2014)

Enséñanos Señor

a contar nuestros días

Introducción

 

Salimos del seno materno y entramos en este mundo; después de la infancia hacemos nuestro ingreso en la adolescencia; dejamos ésta por la juventud, la juventud por la edad madura y la vejez. Finalmente, viene el momento de partir de este mundo al que nos hemos afeccionado hasta tal punto de considerarlo morada definitiva y no quererlo abandonar más. Sin embargo, en esta tierra nuestra aspiración a la plenitud de la alegría y la vida viene continuamente frustrada.

 

Cuando consideramos con desencanto la realidad, constatamos por doquier signos de muerte—enfermedades, ignorancia, soledad, fragilidad, cansancio, dolor y traiciones—y concluimos: no, no puede ser éste el mundo definitivo, es demasiado reducido y demasiado marcado por el mal. Aflora entonces en nosotros el deseo de mirar más allá del horizonte estrecho en que nos movemos; soñamos incluso de ser secuestrados y conducidos hacia otros planetas, donde quizás se está libre de toda forma de muerte.

 

En el universo que conocemos, el mundo que anhelamos no existe. Para apagar el deseo infinito que Dios ha puesto en el corazón, es necesario dejar esta tierra y emprender un nuevo éxodo.

 

Se nos pide una última salida, la última—la muerte—y esto nos aterra.

 

También los tres discípulos que en el monte de la transfiguración han oído a Jesús hablar de su “éxodo” de este mundo al Padre (cf. Lc 9,31) fueron presa del terror: “Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo!” (Mt 17,6-7).

 

A partir del tercer siglo aparecen en las catacumbas la figura del pastor con la oveja al hombro. Es Cristo que toma de la mano y estrecha entre sus brazos al hombre que tiene miedo de atravesar solo el valle oscuro de la muerte. Con él, el Resucitado, el discípulo abandona sereno esta vida con la seguridad de que el Pastor, a quien ha confiado la propia vida, lo conducirá “a verdes praderas y fuentes tranquilas” (Sal 23,2) donde encontrará reposo después del largo y fatigoso viaje a través del desierto árido y polvoriento de esta tierra.

 

Si la muerte es el momento del encuentro con Cristo y del ingreso en la sala del banquete de bodas, no puede ser un acontecimiento temible. Es espera. La exclamación de Pablo: “Para mí morir es una ganancia. Mi deseo es morir para estar con Cristo” (Fil 1,21.23), debería ser la exclamación favorita de todo creyente.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, Señor, a contar nuestros días”.

 

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30 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (26 Octubre, 2014)

Quien ama al prójimo encuentra a Dios

Introducción

 

Dios, pero se convierten en señales de patología si nos alejan de los hombres, si nos llevan al desinterés por los hermanos. La contraposición entre el amor al hombre y el culto a Dios está fundada en mitos paganos, no se deriva del evangelio.

 

Amigo de los hombres, Prometeo les había enseñado los números, las letras, el arte de domesticar animales, la agricultura, la navegación, la elaboración de los metales; había subido al Olimpo para robar el fuego y traerlo a la tierra, por eso Zeus lo había hecho encadenar a una roca del Cáucaso y había ordenado a un buitre arrancarle las carnes eternamente. Así el señor de los dioses desfogaba su rencor contra quien, por haber beneficiado a los hombres, se había atraído la enemistad de los númenes (espíritus).

 

Nada hay tan contrario al mensaje bíblico. Toda promoción humana, todo crecimiento del hombre, realiza el proyecto de Dios. “Nosotros amamos porque él nos amó antes. Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y el mandato que nos dio es que quien ame a Dios ame también a su hermano” (1 Jn 4,19-21). Con razón, desde una perspectiva bíblica, Prometeo ha sido definido “el hombre según el corazón de Dios”. “El hombre justo debe amar a todos los hombres” (Sab 12,19).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Quien no ama al hermano que ve, no puede amar a Dios a quien no ve”.

 

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29 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (19 Octubre, 2014)

Comprometidos con el mundo, pero no del mundo

Introducción

 

El hombre no vive por sí y para sí, forma parte de una sociedad civil y debe establecer relaciones de colaboración con los demás. De la necesidad de organizar la convivencia, nace la determinación de derechos y deberes, el establecimiento de instituciones y de modos y formas de contribuir al bien común. Establecer lo que es justo no es fácil: entran en juego intereses diversos, se proyectan diferentes objetivos a alcanzar; hay quienes pretenden favores, quienes reivindican privilegios y las tensiones surgen inevitablemente.

 

Para complicar más el problema, están las relaciones entre el ordenamiento del estado y las instituciones religiosas con sus principios, normas, costumbres, tradiciones, pretensiones irrenunciables. Muchos, sintiéndose súbditos de dos poderes en competencia –que frecuentemente invaden el terreno de otro, intercambiándose acusaciones recíprocas de interferencia indebida– tienen la conciencia lacerada. Para resolver el conflicto, los hay quienes escogen posiciones fanáticas y radicales, pretendiendo imponer a los demás las propias convicciones; otros, renuncian a un enfrentamiento del que temen salir derrotados y se sitúan al margen del conflicto.

 

En la célebre Carta a Diogneto, escrita hacia mitad del siglo 2do D.C., se sugieren principios sabios y siempre actuales: “Los cristianos no se distinguen de los otros hombres ni por nacionalidades, lenguas o costumbres. Viven en ciudades griegas y bárbaras como les ha tocado vivir a los demás, adecuándose a las costumbres del lugar en el vestir, en el comer y en todo en resto, testimoniando una vida social admirable y sin duda paradójica. Viven en su patria, pero como si fueran extranjeros; participan en todo como ciudadanos y de todo están desprendidos como extranjeros. Toda patria extranjera es su patria y toda patria es extranjera. Se casan como todos y tienen hijos, pero no se deshacen de los recién nacidos. Ponen en común la mesa, pero no la cama. Viven en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes establecidas y superan las leyes con su comportamiento. En pocas palabras, como el alma está en el cuerpo, así están los cristianos en el mundo” (Carta a Diogneto, V, 1-10; VI, 1.).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Brillen los cristianos como estrellas en el mundo: ciudadanos ejemplares, coherentes con las propias convicciones, respetuosos con las de los otros”.

 

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