Archivo mensual: febrero 2015

2do. Domingo de Cuaresma – Año B (1 Marzo, 2015)

También a Dios le gusta recibir regalos

 

 

Introducción

 

Es siempre difícil y delicada la elección de un regalo, no solo porque presupone el conocimiento de los deseos, de las expectativas y, a veces, de los gustos extraños de la persona a quien va destinado el regalo sino, sobre todo, porque inconscientemente percibimos que con el regalo entregamos una parte de nosotros mismos.

 

Los más apetecidos no son los regalos costosos, sino aquellos que revelan el mayor compromiso personal de quien lo ofrece. Para el cumpleaños de su mujer, Clara, el virtuoso pianista, Robert Schumann, compuso el célebre Sueño y lo acompañó con una dedicatoria: “La pieza no se adecua a tus cualidades, pero expresa todo mi amor”. Era el corazón lo que entregaba Schumann a su mujer a través de la música.

 

A la persona amada estamos dispuestos a entregarle lo que más queremos. Abrahán amaba al Señor hasta tal punto de que llegó incluso a pensar ofrecerle su primogénito, el hijo que amaba más que a la misma vida.

 

Navidad es la fiesta del regalo. Intercambiamos regalos porque hemos comprendido que “Tanto amó Dios al mundo que entregó a Hijo Único” (Jn 3,16), invitándonos, al mismo tiempo, a corresponder a su amor y convirtiéndonos a nosotros mismos en un don para nuestros hermanos. “Hemos conocido lo que es el amor en aquel que dio la vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (1 Jn 3,16).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Señor espera de mi un regalo: el don de mi vida a los hermanos”.

 

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1er. Domingo de Cuaresma – Año B (22 Febrero, 2015)

El Arco: De instrumento de guerra

a símbolo de paz

 

 

Introducción

 

En los relatos mitológicos de los pueblos antiguos, aparecen con frecuencia divinidades que empuñan el arco, prontas a lanzar flechas contra los enemigos. También Israel cuando era golpeado por desventuras pensaba que el Señor, indignado a causa de los pecados del pueblo, había dirigido contra él su arco (cf. Lam 2,4).

 

Es una imagen arcaica, son rastros de una mentalidad pagana destinada a disolverse con el progresivo desvelarse del verdadero rostro de Dios, que no solo no tiene en la mano ningún arma para castigar, sino que ha jurado romper todo arco de guerra (cf. Zac 9,10).

 

El único arco es el desplegado en el cielo: no constituye una amenaza, sino une en un único, afectuoso abrazo, la bóveda celeste con la tierra y, sobre la tierra, a todos los pueblos.

 

“Contempla el arcoíris –exhortaba el Eclesiástico– y bendice a quien lo ha hecho” (Eclo 43,11).

 

Es la imagen serena de la respuesta de Dios al pecado del hombre: no el rostro airado sino una luz, dulce como una caricia; no la voz amenazadora, sino una sonrisa acogedora, dirigida a quien, alejándose del Señor, se ha ya infligido a sí mismo demasiado daño.

 

La ambivalencia del arco expresa una paradoja: la cólera de Dios no es otra cosa que su sonrisa y su severidad coincide con su ternura; la justicia es misericordia y, de su arco, no son lanzadas otras flechas que las del amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Alzo la mirada de mi pecado y descubro en el cielo el arcoíris”.

 

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