Archivo mensual: septiembre 2017

26º Domingo del Tiempo Ordinario – 1 de octubre de 2017 – Año A

El sí más convencido pasa

a través de un no

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/UnreVFN5zPE

 

Introducción

 

Hay quien responde sí porque no ha entendido y quien, más lealmente, dice no porque no está convencido y quiere comprender mejor. Su no es un modo no muy elegante de pedir explicaciones y de decir que quiere ver más claro. Quien responde inmediatamente sí al Señor, quizás no se haya dado cuenta de quién sea él, cómo piensa y qué está proponiendo.

 

En nuestra sociedad es apreciado quien produce. El viejo, el enfermo, el minusválido, son respetados, amados, ayudados, pero frecuentemente se les considera como un peso; no es percibido inmediatamente su valor y su preciosa contribución a hacer más humano nuestro mundo. Premiamos a los eficientes y a los capaces; estimamos a quienes han logrado subir a lo más alto por sí mismos, por su propio esfuerzo; remuneramos a quien trabaja. Dios piensa y actúa diferentemente: comienza por los últimos, se interesa de los últimos y premia a los últimos. Gratuitamente.

 

La parábola del pasado domingo nos dejó un tanto desconcertados y, quizás, hemos reflexionado a lo largo de la semana sobre el comportamiento ilógico del patrón que retribuye a los trabajadores de última hora como a los primeros. Es difícil renunciar a la religión de los méritos y creer en la gratuidad del amor de Dios. La primera lectura de hoy parece responder a nuestras objeciones: “Uds. dicen: no es justo el proceder del Señor. Escucha casa de Israel: ¿es injusto mi proceder? ¿No es el proceder de Ustedes el que es injusto?” (Ez 18,25).

 

Decir sí a Dios es renunciar a los propios pensamientos y aceptar los suyos. El Señor no busca los saciados, sino a quien tiene hambre, para colmarlo de sus bienes (cf. Lc 1,53); no aprecia a los potentes que se sientan sobre tronos, sino que se inclina para levantar a los humildes (cf. Lc 1,52); no premia a los justos por sus méritos, sino que se hace compañero de los débiles y hace entrar primeramente a publicanos y prostitutas en su reino (cf. Mt 21,31). Solo quien se considera el último, pecador y necesitado de su ayuda, podrá experimentar la alegría de ser salvado.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Señor muestra sus caminos a los humildes, a los pobres y a los pecadores”.

 

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25º Domingo del Tiempo Ordinario – 24 de septiembre de 2017 – Año A

“Dios premia según los méritos”:

es el epitafio sobre la tumba del amor

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/5hu-wtVZTqo

 

Introducción

 

Los términos eucaristía y carisma son muy conocidos. Derivan del griego charis que significa benevolencia, don gratuito, regalo que produce gozo, que nos hace felices.

 

Es grande la satisfacción que experimentamos cuando se nos entrega un diploma académico después de tanta fatiga y noches de insomnio, pero inmensa es la alegría que produce en nosotros una simple flor que la persona amada nos ofrece en el momento en el que nos declara su amor.

 

El regalo produce una emoción única porque es señal de que alguien piensa en nosotros, nos añora, pronuncia con ternura nuestro nombre.

 

La introducción en la relación con el Señor de criterios de la justicia retributiva, de la contabilidad, de premios y castigos, de halagos y amenazas, del registrar meritos y transgresiones es una deformación diabólica de la fe. Los rabinos habían catalogados a los hombres en cuatro categorías: justos si observaban toda la ley; impíos, si prevalecían en ellos las infracciones; mediocres, si meritos y culpas estaban equilibrados; arrepentidos, si pedían perdón de sus pecados. Con el principio: “recompensa se recibe solo por las buenas obras” habían decretado el fin de la relación de amor.

 

El dialogo entre Dios y el hombre se instaura solamente donde existen el encuentro libre, el don gratuito, el amor reciproco sin condiciones. Quien ama no pretende nada, no espera otra cosa que ver a la persona amada sonriente y feliz.

 

El la línea de los profetas los mejores entre los rabinos decían al Señor: “en esto se manifiesta tu salvación: tú tienes misericordia de aquellos que no han atesorado obras buenas”. “Aquello que tu nos has dado es gracia, puesto que en nuestras manos no habían obras buenas”. Jesús ha hecho propio esta justicia de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aunque deba atravesar un valle oscuro, no temo porque Tú, Señor, estás conmigo”.

 

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24º Domingo del Tiempo Ordinario – 17 de septiembre de 2017 – Año A

El perdón, fiesta de Dios y del hombre

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/acjgzXKDHu8

 

Introducción

 

No rompas el tenue hilo de la amistad porque, una vez roto, aunque lo recompongas de nuevo, quedará siempre el nudo”. Este es el consejo que nos dio nuestro maestro cuando yo estaba en la escuela primaria; se me quedó gravado en la memoria y me viene a la mente cada vez que soy testigo de desavenencias, contrastes, sinsabores, divisiones y me angustia el solo pensar que basta un error para poner un fin definitivo a la amistad, a esa relación que la Biblia llama “Bálsamo de vida” (Eclo 6,16). “Has soltado un pájaro de la mano, así has soltado a tu amigo y no lo cazarás; no lo persigas que ya está lejos” (Eclo 27,19-20). La incapacidad de perdonar, el miedo a confiar plenamente de nuevo en quien se ha equivocado, son las fuerzas malignas que hacen irrecuperables los lazos de un amor roto hecho pedazos.

 

Con fatiga nos perdonamos a nosotros mismos: nos atormentan los remordimientos, no acabamos de aceptar la humillación que nos ha acarreado una debilidad y, como una bomba sin explotar pero siempre en peligro de hacerlo, arrastramos penosamente nuestra culpa. Solo quien tiene una relación serena consigo mismo está en grado de reconocer el propio error y de saber que es posible superar y sacar provecho de la experiencia amarga del pecado.

 

No perdonamos a los otros. Son demasiado grandes las desilusiones, el dolor por sentirnos traicionados, el temor que se pueda repetir; es casi irrefrenable el impulso a romper una relación y a vengarse de una ofensa recibida.

 

Atrapados en esta vorágine de resentimientos y pasiones, no dejamos escapar de las manos la alegría más grande, la que experimenta también Dios, centuplicada, cuando logra hacer reflorecer una relación de amor. Dios ofrece, aun al anciano, la oportunidad de volver a comenzar, concediéndole así una perenne juventud.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Haz, Señor, que no prevalezcan nuestros resentimientos sino la acción de tu Espíritu”.

 

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