4º Domingo de Pascua – 22 de abril de 2018 – Año B

La Epifanía de Dios en el pastor que dona la vida

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

No es de extrañar que, incluso en tiempos de crisis religiosa, la mayoría de la gente siga creyendo en Dios, pero, cuando se trata verificar su identidad, frecuentemente se trata de un dios (con minúscula) muy diferente del que se revela en Jesús. Es un dios que se adapta a la justicia del hombre, premia y castiga en base a los méritos, se complace en el culto, derrama bendiciones sobre sus devotos, prohíbe el adulterio, pero aprueba la acumulación de bienes y su libre gestión, es más, se convierte, a veces, en socio de los negocios de los hombres. Es un dios que permite matar en legítima defensa y se presenta, sobre todo, como grande, infinito, omnipotente, capaz de hacerse respetar.

 

Este dios, tan razonable, que ha encontrado aceptación también en algunos catecismos católicos, no es difícil de ser aceptado.

 

Un día, sin embargo, en Jesús, el verdadero Dios se ha presentado a los hombres completamente diferente: frecuentaba a los pecadores, se mezclaba con los excluidos, se ha dejado escupir en el rostro sin reaccionar, ha amado a quien lo clavaba en la cruz, no era ni omnipotente ni infinito.

 

Frente a este Dios débil, incapaz de defenderse, ha vacilado la fe de todos y cuando Pedro ha jurado no conocerlo (cf. Mc 14,71) ha hablado –creo– en nombre también de la gran mayoría de los cristianos.

 

Creer en un Dios así, es difícil: significa buscar la propia gloria en hacerse pequeños por amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Tendré que pasar por valles oscuros, pero no temo. Me fio del pastor que me guía”.

 

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5º Domingo de Pascua – 29 de abril de 2018 – Año B

¿Quién pertenece a Cristo?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

“Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Es célebre esta declaración pronunciada en el siglo III por Cipriano, obispo de Cartago, y no siempre interpretada correctamente.

 

Muchos cristianos en el pasado han cometido el error de identificar el reino de Dios con la institución de la Iglesia a la que pertenecían, haciendo gala de certezas arrogantes, cultivando prejuicios contra las otras religiones y teniendo a sus seguidores como impuros y alejados. En los casos más aberrantes también han recurrido a la fuerza para forzarlos a la conversión y al bautismo.

 

Iglesia y Reino de Dios no son intercambiables. Hay zonas de sombra en la iglesia que se autoexcluyen del reino de Dios, porque en ellas se esconde el pecado, y hay enormes márgenes más allá de los confines de la iglesia en los que está presente el reino de Dios, porque allí actúa el Espíritu.

 

“Practicante” no equivale a estar “inserto en el Cuerpo de Cristo”. “Creyente” no es alguien que se limita a las prácticas religiosas: la misa, los sacramentos, oraciones, devociones, sino aquel que, a imitación de Cristo, práctica la justicia, la fraternidad, la comunión de bienes, la hospitalidad, la lealtad, la sinceridad, el rechazo de la violencia, el perdón de los enemigos, el compromiso con la paz.

 

La línea de demarcación entre los que pertenecen y los que no pertenecen a Cristo no pasa por el campo de lo sagrado, sino por el del amor al hombre y Dios acepta a “quien lo respeta y practica la justicia de cualquier nación (y religión) que sea” (Hch 10,35).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Dondequiera que brote el amor, la alegría, la paz, el perdón, allí está el Espíritu del Resucitado”.

 

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6º Domingo de Pascua – 6 de mayo de 2018 – Año B

Somos amados por eso amamos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Baal, el gran dios adorado en todo el antiguo Medio Oriente, era el señor de la lluvia, el “caballero de las nubes” de quien dependía de la fertilidad de los campos y de los animales. Ante el quemaron incienso e doblaron las rodillas, tambien los israelitas, provocando el celo del Señor y el desprecio de los profetas. En la Biblia, su nombre aparece frecuentemente acompañado del nombre de una localidad –Safon Baal, Baal-peor, Baal-gad– correspondiente al monte en que surgía el santuario donde era venerado. También las otras divinidades de toda aquella área geográfica se identificaban con el nombre del lugar donde los devotos iban a rendirles culto.

 

En este ambiente cultural, sorprende que los israelitas concibieran su Dios como aquel que une el propio nombre no a un lugar, sino a personas: “Yo soy el Dios de tu padre –dijo a Moisés– el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3,6); “No temas, –repite frecuentemente a su pueblo– no te angusties, que yo soy tu Dios” (Is 41,10).

 

Israel había comprendido que el Señor unía su corazón al hombre, que cuidaba de su pueblo, sin embargo lo imaginaba también pronto a castigar: “castiga la culpa de los padres y los hijos, nietos y bisnietos” (Ex 34,7). Había contemplado la obra de sus manos, pero que aún no había visto la cara de Emmanuel –Dios con nosotros– y, sobre todo, aún no había descubierto su corazón.

 

El discípulo que, durante la cena reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor, nos ha revelado que Dios es amor, sólo amor y que todo el que ama ha nacido de él.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cuando comprenda el Amor, aprenderé a amar”.

 

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