3er Domingo de Adviento, 11 de Diciembre de 2016, Año A

El Bautista
invitado a convertirse

 

Introducción

 

“Apareció’ un hombre enviado por Dios, llamado Juan” (Juan 1,6) Fue enviado para preparar Israel para la venida del Mesías “arrepiéntanse—decía—que está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3,2).

 

Su mensaje era claro, el lenguaje duro, la propuesta exigente.

 

Austero e irreprensible, daba la impresión de ser un maestro de vida seguro de sí mismo y de las propias certezas, firme, inflexible. Sin embargo—como todos—tenía perplejidades, inquietudes, tormentos interiores.

 

Jesús, que le tenía una profunda estima y lo comprendía, un día lo invito examinar sus propias convicciones teológicas y religiosas. Le hizo saber que debía realizar en sí mismo aquella conversión que pedía a los otros.

 

El domingo pasado la liturgia nos propuso el mensaje del Bautista, hoy nos presenta su ejemplo.

 

Juan no ha enseñado solamente con su palabra sino que ha mostrado con su vida como debemos estar siempre dispuestos a cuestionar nuestras propias seguridades cuando nos confrontamos con la novedad de Dios.

 

Solamente quien, como él, busca apasionadamente la verdad está preparado para encontrar la Verdad.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Señor no viene para condenar sino para sanar”

 

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4º Domingo de Adviento, 18 de Diciembre de 2016, Año A

Jesús, El “Dios Con Nosotros”

 

Introducción

 

El hijo de la Virgen María tiene un doble nombre: el usado por sus contemporáneos – Jesús, quien libera de los pecados,  y aquel que le atribuye el evangelista Mateo – Emmanuel, Dios con nosotros.

 

La primera grande herejía fue introducida por un brillante dialéctico del siglo IV, Apolinar de Laodicea: sostenía que Jesús sí tenía un cuerpo humano, pero no un alma como la nuestra. Temía que, acordándole una plena humanidad, resultara ofuscada su divinidad. No le hacía a Jesús un gran favor: lo alejaba de nuestro mundo, de nuestra condición; le quitaba el segundo nombre, el de Emmanuel.

 

En la expresión de Juan la Palabra se ha hecho carne (Jn 1,14), el término carne no indica solamente la corporeidad sino todo el ser humano entendido en su dimensión de debilidad, fragilidad, de limitaciones que se derivan del hecho de ser creatura.

 

En María el Unigénito del Padre no está solamente revestido de músculos, sino que ha tomado plenamente nuestra condición humana.

 

Ha probado nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras pasiones; ha experimentado las alegrías de los afectos y la desilusión de las traiciones; ha compartido nuestras ansiedades, nuestros dolores y humillaciones, nuestra ignorancia, nuestra satisfacción de aprender y también nuestro miedo frente a la muerte. No se ha unido solamente a un “cuerpo verdadero” sino que se ha hecho “realmente hombre”, en todo como nosotros menos en el pecado. Por eso es el Emmanuel, Dios con nosotros.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Has venido entre nosotros, Señor, para permanecer siempre con nosotros”.

 

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25 de Diciembre – Natividad del Señor (Misa de medianoche)

Luz para quien yace en las tinieblas

 

Introducción

 

“Las tinieblas cubrían el abismo…cuando Dios dijo: ¡que exista la Luz!” (Gn 1,2-3).

 

Luz es la primera palabra que Dios pronuncia en la Biblia, palabra que señala el inicio de la creación (Gn 1,3). Desde que “Dios vio que la luz era buena” (Gn 1,4) el hombre no ha dejado de desearla, de buscarla, al mismo tiempo que teme y huye de la oscuridad. Las tinieblas hablan de muerte y por tanto huimos de ellas.

 

Quien nace viene de la luz, quien muere se encamina hacia la tierra de las tinieblas (Job 10,21). “Dios –afirma Job– revela los más hondo de las tinieblas y saca a la luz las sombras” (Job 12,22). En la mentalidad bíblica las tinieblas no son sino la antesala de la luz, están destinadas a convertirse en luz.

 

Dios es luz y impregna de luz todas sus criaturas: el rocío se convierte, en la imaginación poética de Isaías, en roció de luz (Is 26,19); también las nubes, aunque obscuras y amenazantes, están grávidas de luz que brilla, cuando se enciende el relámpago (Job 37,15).

 

Celebramos la liturgia de Navidad durante la noche para reproducir plásticamente, la oscuridad vencida por la palabra del Creador, la oscuridad de nuestra condición humana iluminada por la venida del Salvador.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“La luz de un Niño brilla sobre los que habitan en la tierra tenebrosa”.

 

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25 de Diciembre – Natividad del Señor (Misa del día)

Dios ha revelado su justicia

 

Introducción

 

Desde sus comienzos, la historia de la humanidad -nos dice la Biblia- ha sido un sucederse de pecados. Ya en el capítulo sexto del libro del Génesis el autor sagrado con un audaz antropomorfismo, afirma: “Al ver el Señor que en la tierra crecía la maldad del hombre y que toda su actitud era siempre perversa, se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra, y le pesó de corazón” (Gn 6,5-6).

 

En la plenitud de los tiempos, Dios ha intervenido para hacer justicia o, como dice el Salmo responsorial propuesto hoy por la liturgia, para revelar a los ojos de los pueblos su justicia.

 

Nosotros conocemos una sola justicia, la retributiva administrada por los jueces en los tribunales, donde se imponen castigos proporcionados a las culpas cometidas. No es ésta la justicia de Dios. “Yo soy Dios y no hombre” (Os 11,9). Al pecado no responde con recriminaciones y venganza, sino dando la mayor prueba de su amor, donando su Hijo al mundo. Una cierta teología del pasado ha aplicado desacertadamente a Dios nuestra justicia, presentándolo como un Dios justiciero. Nació así un cristianismo generador de miedo y no el que anuncia el Reino que es “justicia, paz y gozo” (Rom 14,17).

 

En Navidad Dios manifiesta la inmensidad de su amor incondicional. Ésta es su justicia. Todos los pueblos son invitados a contemplar maravillados y a dejarse liberar del miedo, porque “en el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Porque el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto” (1 Jn 14,18).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“¡Cuán diferente es tu justicia, Señor, de la nuestra!”

 

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