2º Domingo de Pascua – 23 Abril 2017 – Año A

Se alegraron de ver al Señor

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/WNNKZX8gaAE

 

Introducción

 

El vestido mejor, el que uno se pone para ir a la Iglesia, se llama en lengua portuguesa: “Vestido para ver a Dios”. Esta expresión nace de la convicción de que el domingo es el día en que la Comunidad, de fiesta, se reúne para “ver al Señor”.

 

Es un día de gozo porque, como en la Pascua y en los “ochos días siguientes” (Jn 20,19.26), el Resucitado se hace presente, de nuevo, en medio de los discípulos reunidos, inflama sus corazones abriéndolos a la compresión de las Escrituras y en el momento de la “fracción del pan”, abriéndoles los ojos ellos finalmente lo reconocen (cf. Lc 24,31-32).

 

Los evangelistas muestran escaso interés por la precisión cronológica de sus relatos; pero en una fecha concreta, todos están perfectamente de acuerdo: fue “en el primer día después del sábado” cuando los discípulos vieron al Señor. Es por esto que las comunidades cristianas eligieron este día para dedicarlo a la escucha de la Palabra (cf. Hch 20,7-12), a la celebración de la Santa Cena (cf. 1 Cor 11,20.26), a la oración y a compartir los bienes. Durante la semana, cada uno ponía a parte lo que había podido ahorrar (cf. 1 Cor16,2) y el Domingo presentaba su ofrenda a la comunidad para ayudar a los mas necesitados, o enviar a otras comunidades con el mismo fin.

 

Uno de los testimonios más antiguos nos viene de un escritor pagano, Plinio el Joven, quien hacia el 112 escribe al emperador Trajano: los cristianos “suelen reunirse en un día establecido, antes del amanecer y cantan himnos a Cristo, como a un Dios”.

 

Era el día del Señor, el Domingo (cf. Ap 1,10), en que cada Comunidad celebraba en el rito litúrgico, su fe y su vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Como a niños recién nacidos, la madre iglesia alimenta a sus hijos, no con visiones sino con la leche de la Palabra”.

 

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3er Domingo de Pascua– 30 Abril 2017 – Año A

¿Cuándo llora una esposa?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/Vx6XSSoPGms

 

Introducción

 

La enamorada siente un deseo incontenible de estar junto a quien ama. En el silencio de la noche piensa en él, pronuncia su nombre, sueña con sus caricias: “Su izquierda bajo mi cabeza y su derecha me abraza” (Cant 8,3). Se siente desolada si no recibe ningún mensaje de él, cuando oye su voz, corre temblando de emoción hacia la puerta, gira el pestillo de la cerradura, abre. Pero el amado ya no está allí, se ha ido, ha desaparecido y ella cae en la desolación (cf. Cant 5,5-6).

 

“Se han llevado a mi Señor”, grita desolada entre lagrimas la Magdalena. Caminan tristes los dos discípulos de Emaús; inclinando la cabeza, rostro a tierra, las mujeres buscan en el sepulcro, entre los muertos, a Aquel que está vivo (cf. Lc 24,5). Estas escenas son el retrato de la comunidad que no encuentra “al amado de su corazón”. Con él, toda noche se trasforma en luz, el ocaso en preludio de aurora, el dolor en anuncio de nacimiento, las lágrimas en esbozo de sonrisa.

 

“¡Quédate con nosotros!” –implora la esposa cuando su Señor parece como querer continuar su camino. Si ha prometido permanecer con ella todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20) ¿por qué la deja sola? No es él, sin embargo, el que se aleja, es ella la que es incapaz de reconocerlo.

 

Apenas comienza a explicarle las Escrituras, su corazón comienza a arder. Como la amada del Cantar, reconoce la voz de su amado y, a la “fracción del pan”, sus ojos se iluminan y lo reconocen. No la había abandonado ni nunca la abandonará.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Haz que escuchemos tu voz en las Escrituras y que te reconozcamos en la fracción del pan”.

 

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4º Domingo de Pascua – 7 de Mayo 2017 – Año A

Defiende al rebaño,

pero salva también a los bandidos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/_GPzt8_DLXQ

 

Introducción

 

Al faraón que les pregunta cuál era su trabajo, los hermanos de José le responden: “Tus siervos son pastores de ovejas, lo mismo nuestros padres” (Gen 47,3). Eran pastores los patriarcas, Moisés ha estado al cuidado de rebaños y David fue llamado cuando entre pastizales iba detrás de las ovejas (cf. 1 Cro 17,7).

 

En todo el Antiguo Medio Oriente, el soberano que cuidaba de su pueblo era imaginado como un pastor. En las inscripciones Mesopotámicas, “apacentar” era usado comúnmente en sentido de “gobernar”. El faraón era llamado: “Pastor de todas las gentes”, “Pastor que cuida de sus súbditos” y, como símbolo de su poder, llevaba en mano un bastón en forma de cayado.

 

En Israel, esta imagen del pastor se aplicaba a los jefes militares y políticos, y también a Dios. Es conmovedora la invocación: “Pastor de Israel, escucha, tu que guías a José como un rebaño” (Sal 80,2) y es deliciosa la sensación de seguridad que comunica el célebre canto: “El Señor es mi pastor, nada me falta…” (Sal 23,1).

 

Sorprende, sin embargo, que en ningún texto del Antiguo Testamento el rey en funciones sea designado como “pastor”. Este título estaba reservado para un único rey: el futuro Mesías, descendiente de David. Después de haber pronunciado palabras severas de condena contra los soberanos que han llevado el pueblo a la ruina, el Señor promete asumir él mismo el oficio de pastor, congregar el rebaño disperso, de conducirlo a los pastizales, y anuncia: “Les daré un pastor único que las pastoree… Yo, el Señor, seré su Dios y mi siervo David, príncipe en medio de ellos” (Ez 34,23-24).

 

La profecía se ha cumplido en Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Éramos ovejas errantes, ahora tenemos un Pastor que nos guía”.

 

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5º Domingo de Pascua – 14 de Mayo 2017 – Año A

Una sola vida, muchos modos de donarla

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/X7F_Aj8Xols

 

Introducción

 

Una de las características de la comunidad primitiva, descrita en los Hechos de los Apóstoles, era la ausencia de clases, de títulos honoríficos, de un mayor prestigio o dignidad reconocidos y otorgados a algún miembro eminente. Todos los creyentes se trataban de igual a igual, ninguno se hacía llamar rabí, porque uno solo era el Maestro y ellos eran sus discípulos. Se consideraban hermanos y ninguno se arrogaba el título de padre pues en realidad sabían que tenían un Padre en los cielos (cf. Mt 23,8-10).

 

Ni siquiera conocían grados en la santidad. “Santos” era el título colectivo con que ellos gustaban designarse. Pablo dirige sus cartas “a todos los santos que viven en la ciudad de Filipo…” (Fil 1,1), “a los santos que están en Éfeso…” (cf. Ef 1,1), “a todos los que Dios amó y llamó a ser consagrados, que se encuentran en Roma…” (Rm 1,7). Sin embargo, una diferencia era reconocida y tenida en gran estima: la del ministerio, la del servicio que cada uno era llamado a ejercer en favor de los hermanos.

 

El único Espíritu, recuerda Pablo a los Corintos, enriquece la comunidad con dones diversos y complementarios: “uno tiene el don de hablar con sabiduría, a otro se le da la fe, a éste se le da el don de sanaciones, a aquel realizar milagros, a uno el don de profecía, a otro el don de distinguir entre los espíritus falsos y el Espíritu verdadero, a éste hablar lenguas diversas, a aquel el don de interpretarlas” (1 Cor 12,7-11).

 

“Cada uno, como buen administrador de la multiforme gracia de Dios, ponga al servicio de los demás los dones recibidos” (1 Pe 4,10). Con esta iglesia ministerial, nacida de Cristo y “edificada sobre el fundamento de los apóstoles” (Ef 2,20), están llamadas a confrontarse nuestras Comunidades de hoy.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Que los dones que tú nos has dado no nos llenen de orgullo, sino de la voluntad de servir a los hermanos”.

 

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