3° Domingo de Adviento – 17 de Diciembre de 2017 – Año B

La alegría de quien espera la aurora

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/_7reyaj6QmA

 

Introducción

 

La lengua hebrea es más bien pobre en sinónimos y, sin embargo, emplea en la Biblia nada menos que 27 vocablos para expresar la alegría. Se encuentran en las Sagradas Escrituras los gritos desesperados de quien no encuentra respuesta al misterio del dolor, pero más frecuentemente encontramos “los cantos de alegría de una multitud en fiesta” (cf. Sal 43,5) y los himnos de agradecimiento a Dios: “Mi corazón se alegra por tu ayuda; cantaré al Señor por el bien que me ha hecho” (Sal 13,6).

 

En los evangelios hay personas con caras tristes: el joven rico que no tiene la valentía de desprenderse de los muchos bienes que posee (cf. Mt 19,22); los dos discípulos por el camino de Emaús (cf. Lc 24,17). En algunas ocasiones, también el rostro de Jesús se ensombrece (cf. Mc 3,5; Mt 26,38). Sin embargo, un clima de alegría recorre todas las páginas del evangelio: desde la promesa de un hijo a Zacarías: “Te llenará de gozo y alegría y muchos se alegrarán de su nacimiento” (Lc 1,14) hasta la “gran alegría” anunciada a los pastores (cf. Lc 2,10-11), a la alegría de Zaqueo que acoge al Señor en su casa (cf. Lc 19,6) hasta la alegría incontenible de los discípulos el día de Pascua (cf. Jn 20,20).

 

Hay un personaje, sin embargo, que nos resulta difícil imaginarlo con rostro alegre: es Juan, el hijo de Zacarías, el predicador encargado de preparar la venida del Señor. Vivía en el desierto y cuando salía, parece que era solamente para infundir miedo, amenazando con fuego del cielo, con hachas apuntando a las raíces de los árboles, con castigos tremendos (cf. Mt 3,7-12). Y, sin embargo, también él, se ha alegró una vez: cuando reconoció la voz del esposo que estaba viniendo: “El amigo del novio que está escuchando, se alegra de oír la voz del novio” (Jn 3,29).

 

La venida de Jesús está siempre acompañada por la alegría y ningún rostro, ni siquiera el del Bautista, puede permanecer triste.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Alegrémonos y exultemos porque han llegado las bodas del Cordero”.

 

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4° Domingo de Adviento – 24 de diciembre de 2017 – Año B

¿De qué mesías vendrá la salvación?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/-qnVBvpMnaE

 

Introducción

 

El mesianismo está enraizado en nosotros más de cuanto imaginamos. Es alimentado por el desconcierto y la angustia que experimentamos frente a un mundo lleno de contradicciones, tragedias y muerte, y es mantenido vivo por la trepidante espera de la intervención de alguien que lo pueda cambiar radicalmente.

 

Cada época ha tenido su mesianismo.

 

Los hombres del Renacimiento estaban convencidos de haber puesto fin al sueño medieval, a un milenio marcado por la ignorancia y la barbarie, y de haber dado comienzo a la edad de oro con la recuperación de los valores clásicos. Después vino el mesianismo de la ciencia, creadora del progreso y del desarrollo; se la consideraba capaz de resolver todos los problemas, a excepción de la muerte. En el 1700, los iluminados creían haber encendido la luz de la razón después de siglos de obscurantismo en los que los hombres se habían dejado guiar acríticamente por verdades supuestamente reveladas por el cielo y traducidas en dogmas. Después, brotaron los mesianismos ideológicos de la justicia, de la libertad, de la democracia, todos ellos portadores de instancias humanitarias sin ninguna referencia a Dios, las cuales, convirtiéndose en ídolos, se revolvieron contra el hombre.

 

Todas las ideologías se han desvanecido y el mundo sigue esperando a un salvador. La necesidad de cambio provoca en algunos la impaciencia que lleva fácilmente al fanatismo y al recurso a la violencia, en otros produce resignación y el repliegue sobre el estrecho interés privado.

 

Existe un mesías que emerge cada vez que los sabios, los vencedores, los dominadores de este mundo se ven obligados a admitir el propio fracaso; propone un reino de paz y de justicia que, según la sabiduría de este mundo, no se realizará nunca. Y sin embargo, un mensajero celeste lo ha garantizado: Él es el mesías de Dios y el mundo nuevo será llevado a cumplimiento porque “nada es imposible para Dios”.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El hijo de la Virgen María es el único mesías que nunca me ha desilusionado”.

 

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Día 25 de Diciembre 2017 – Natividad del Señor – Misa de medianoche

Luz para quien yace en las tinieblas

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/XRSWTjFy86Q

 

Introducción

 

Las tinieblas cubrían el abismo, cuando “dijo Dios: ¡Que exista la luz!” (Gn 1,2-3).

 

Luz es la primera palabra que Dios pronuncia en la Biblia, palabra que marca el principio de la creación (cf. Gn 1,3). Y desde que “vio Dios que la luz era buena” (Gn 1,4), el hombre no ha dejado de amarla, de buscarla, mientras que el miedo se refugia en la obscuridad. Las tinieblas nos recuerdan la muerte; de ellas todos quieren huir.

 

Quien nace viene a la luz, quien muere se encamina hacia el país de las tinieblas (Job 10,21). Dios –afirma Job– revela lo más honda de las tinieblas y saca a la luz las sombras (Job 12,22). En la conciencia bíblica, las tinieblas son un estado provisorio de la luz, están destinadas a convertirse en luz.

 

Dios es luz e impregna de luz toda criatura: el rocío se convierte, en la imaginación poética de Isaías, en rocío de luz (Is 26,19); también las nubes, tan obscuras y amenazadoras a veces, están grávidas de luz que destella, de improviso, cuando se enciende el relámpago (cf. Job 37,15).

 

Celebramos la liturgia de Navidad durante la noche para reproducir, materialmente, la obscuridad vencida por la palabra del Creador, las tinieblas de nuestra condición humana iluminadas por la venida del Salvador.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sobre los que habitan en tierras tenebrosas, resplandece la luz de un Niño”.

 

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Día 25 de Diciembre 2017 – Natividad del Señor – Misa del día

Dios ha revelado su justicia

 

Introducción

 

Desde sus comienzos, la historia de la humanidad –nos dice la Biblia– ha sido un sucederse de pecados. Ya en el capítulo sexto del libro del Génesis el autor sagrado con un audaz antropomorfismo, afirma: “Al ver el Señor que en la tierra crecía la maldad del hombre y que toda su actitud era siempre perversa, se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra, y le pesó de corazón” (Gn 6,5-6).

 

En la plenitud de los tiempos, Dios ha intervenido para hacer justicia o, como dice el Salmo responsorial propuesto hoy por la liturgia, para revelar a los ojos de los pueblos su justicia.

 

Nosotros conocemos una sola justicia, la retributiva administrada por los jueces en los tribunales, donde se imponen castigos proporcionados a las culpas cometidas. No es ésta la justicia de Dios. “Yo soy Dios y no hombre” (Os 11,9). Al pecado no responde con recriminaciones y venganza, sino dando la mayor prueba de su amor, donando su Hijo al mundo. Una cierta teología del pasado ha aplicado desacertadamente a Dios nuestra justicia, presentándolo como un Dios justiciero. Nació así un cristianismo generador de miedo y no el que anuncia el Reino que es “justicia, paz y gozo” (Rom 14,17).

 

En Navidad Dios manifiesta la inmensidad de su amor incondicional. Ésta es su justicia. Todos los pueblos son invitados a contemplar maravillados y a dejarse liberar del miedo, porque “en el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Porque el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto” (1 Jn 14,18).

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“¡Cuan diferente es tu justicia, Señor, de la nuestra!”

 

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