Archivo mensual: mayo 2016

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, 29 de Mayo de 2016, Año C

Invitados al banquete de la

Palabra y el Pan

 

Introducción

 

Jesús no nos ha dejado una estatua suya, una fotografía, una reliquia. Ha querido continuar estando presente entre sus discípulos como alimento. El alimento no se coloca en la mesa para ser contemplado sino consumido. Los cristianos que van a misa pero no se acercan a la comunión deben tomar conciencia de estar participando plenamente en la celebración eucarística.

 

El alimento se convierte en parte de nosotros mismos. Comiendo el cuerpo y bebiendo la sangre de Cristo aceptamos su invitación a identificarnos con él. Decimos a Dios y a la comunidad que intentamos formar con Cristo un solo cuerpo, que deseamos asimilar su gesto de amor y que queremos entregar nuestra vida a los hermanos, como él ha hecho. Esta elección comprometida no la hacemos solos, sino junto con toda la comunidad. La eucaristía no es un alimento para para consumarlo en soledad: es pan partido y compartido entre hermanos. No es concebible que, por una parte, sea realizado en medio de la comunidad el gesto que indica unidad, compartir, igualdad, don mutuo y, por otra, se tolere el perpetuarse de malentendidos, odios, celos, acumulación de bienes, opresión.

 

Una comunidad que celebra el rito de “partir el pan” en estas condiciones indignas como y bebe, como dice Pablo, su propia condenación (1 Cor 11,28-29). Es una comunidad que hace del sacramento una mentira. Es como una joven que, sonriendo, acepta del novio el anillo, símbolo de la unión de un amor indisoluble y, al mismo tiempo, lo traiciona con otros amantes.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“La eucaristía me hace consciente de toda clases de hambres de nuestros hermanos: hambre de pan, hambre de amor, hambre de comprensión, hambre de perdón y, sobre todo, hambre de Dios”.

 

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Santísima Trinidad, 22 de Mayo, 2016, Año C

¿Un Dios solitario o un Dios comunión?

 

Introducción

 

¿Cuál es el carnet de identidad de los cristianos? ¿Qué característica los distingue de los creyentes de otras religiones? No el amor al prójimo; otras religiones, lo sabemos, hacen el bien a los demás. No la oración, también los musulmanes oran. No la fe en Dios, incluso los paganos la tienen. No basta creer en Dios, lo importante es saber en qué Dios se cree. ¿Es una “entidad” o es “alguien”? ¿Es un padre que quiere comunicar su vida o un potentado que busca nuevos súbditos?

 

Los musulmanes dicen: Dios es el absoluto. Es el creador que habita allá arriba, que gobierna desde lo alto, no desciende nuca, es juez que espera la hora de pedir cuentas. Los hebreos, por el contrario, afirman que Dios camina con su pueblo, se manifiesta dentro de la historia, busca la alianza con el hombre.

 

Los cristianos celebran hoy la característica específica de su fe: creen en un Dios Trinidad. Creen que Dios es el Padre que ha creado el universo y lo dirige con sabiduría y amor; creen que no se ha quedado en el cielo sino que su Hijo, imagen suya, ha venido a hacerse uno de nosotros; creen que lleva a cumplimiento su proyecto de amor con su fuerza, con su Espíritu.

 

Toda idea o expresión de Dios tiene una consecuencia inmediata sobre la identidad del hombre. En el rostro de todo cristiano debe reflejarse el rostro de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Imagen visible de la Trinidad debe ser la iglesia que todo lo recibe de Dios y todo lo da gratuitamente, que se proyecta toda, como Jesús, hacia los hermanos y hermanas en una actitud de incondicional disponibilidad. En ella la diversidad no es eliminada en nombre de la unidad, sino considerada como riqueza.

 

Se debe descubrir la huella de la Trinidad en las familias convertidas en signo de un auténtico diálogo de amor, de mutuo entendimiento y disponibilidad a abrir l corazón a quien tiene necesidad de sentirse amado.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Tu rostro yo busco, Señor, no me escondas tu rostro”.

 

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Pentecostés, 15 de Mayo de 2016, Año C

El Espíritu:

esperanza de un mundo nuevo

 

 

Introducción

 

Los fenómenos naturales que más impresionan la fantasía del hombre –el fuego, el relámpago, el huracán, el terremoto, los truenos– son empleados en la Biblia para narrar las manifestaciones de Dios. También para representar la efusión del Espíritu del Señor los autores sagrados recurren a estas imágenes. Han dicho que el Espíritu es soplo de vida (cf. Gn 2,7, lluvia que riega la tierra y transforma el desierto en un jardín (cf. Is 32,15; 44,3), fuerza que da vida (cf. Ez 37,1-4), trueno del cielo, viento que sopla poderoso, fragor, lenguas de fuego (cf. Hch 2,1-3). Son todas imágenes vigorosas que sugieren la idea de una incontenible explosión de fuerza.

 

La llegada del Espíritu viene acompañada siempre de cambios extraordinarios, transformaciones radicales: caen barreras, se abren puertas de par en par, tiemblas todas las torres construidas por manos del hombre y proyectadas por la “sabiduría de este mundo”, surgen iniciativas y se toman decisiones valientes. Quien está insatisfecho y aspira a la renovación del mundo y del hombre, puede contar con el Espíritu: nada resiste a su fuerza.

 

Un día el profeta Jeremías, triste y descorazonado se ha preguntado a sí mismo: “¿Puede un etíope mudar de piel y una pantera de pelaje?”, igual ustedes: “¿podrían hacer el bien habituados como están a obrar el mal?” (Jr 13,23). Sí, se le puede responder, todo prodigio es posible allí donde irrumpe el Espíritu de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Espíritu del Señor llena el universo y renueva la faz de la tierra”.

 

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Ascensión del Señor, 8 de Mayo 2016, Año C

Está junto a cada persona para siempre

 

Introducción

 

¿Ha cambiado algo en la tierra con la entrada de Jesús en la gloria del Padre? Exteriormente, nada. La vida sigue igual: tiempo de sembrar y de cosechar, de comerciar, de construir casas, de viajar, de llorar y reír, todo como antes. Ni siquiera los Apóstoles han salido favorecidos a la hora de experimentar, como todas las demás personas, dramas y angustias. Sin embargo, algo increíblemente nuevo ha sucedido: una luz nueva ha sido proyectada sobre la existencia humana.

 

El sol aparece de repente en un día de niebla; las montañas, el mar, los árboles del bosque, el perfume de las flores, los trinos de los pájaros, siguen siendo los mismos, pero es distinto el modo de verlos y percibirlos. Sucede lo mismo al que ha sido iluminado por la fe en Jesús ascendido al cielo: ve el mundo con nuevos ojos. Todo está impregnado de sentido, nada entristece, nada asusta.

 

Más allá de las desgracias, la fatalidad, la miseria, los errores del hombre se vislumbra siempre al Señor que construye su reino. Un ejemplo de esta perspectiva completamente nueva podría ser el modo de considerar los años de la vida. Todos conocemos, y quizás sonreímos, a ancianos que envidian a los más jóvenes que ellos, que se avergüenzan de su edad, que tienden a mirar al pasado más que al futuro. La certeza de la Ascensión destruye esta perspectiva. Mientras trascurren los años el cristiano respira satisfecho porque ve acercarse el día del encuentro definitivo con Cristo; se alegra de haber vivido, no envidia a los más jóvenes, los mira con ternura.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Los sufrimientos del momento presente no tienen paragón con la gloria futura que será revelada en nosotros”.

 

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