Archivo mensual: agosto 2014

Domingo 22 del tiempo ordinario – Año A

Da la vida si no quieres perderla

 

Introducción

 

En mi angustia (Sal 77,3) invocamos al Señor porque estamos convencidos que es él quien:da vida y aliento y todo a todos (Hch 17,25). Recurrimos a los santos, visitamos santuarios, besamos reliquias, hacemos novenas…siempre para tener vida.

 

Las multitudes buscaban a Jesús y cuando lo alcanzaban lo retenían para que no se fuese(Lc 4,42), lo tocaban porque salía de él una fuerza que sanaba a todos(Lc 6,19). Se acercaban a él para obtener vida. Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10).

 

Y sin embargo, hay algo de paradójico, es más, de absurdo, en su propuesta. Para alcanzar la vida es necesario perderla: Yo doy la vida para después recobrarla. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 17-18) y justifica su elección con la comparación de la semilla: “Les aseguro que si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24).

 

Es realmente necesaria mucha fe para convencerse de que, para tener vida, hay que despreciarla hasta morir(Ap 12,11). ¡Extraña y desconcertante lógica! Dios le asegura a Abrahán una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo…y le pide en sacrificio al hijo Isaac, al que debía realizar la promesa. Una prueba así solamente puede ser confrontada por quien cree firmemente, como Abrahán.

 

Jesús promete al discípulo introducirlo en la vida:Quien me siga…tendrá la luz de la vida…no sufrirá jamás la muerte (Jn 8, 12.51-52)…y se camina hacia la cruz, se sumerge en las aguas de la muerte para “emerger”, sin embargo, en el día de Pascua. Bienaventurados aquellos que tienen el coraje de seguirlo, porque podrán comer del árbol de la vida” (Ap 2,7), estarán siempre con Él (cf. 1Ts 4,17) y verán a Dios como es Él (cf. 1Jn 3,2).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, ¿a quién iremos? Tu solo tienes palabras de vida eterna”.

 

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Domingo 21 del tiempo ordinario – Año A

Un descubrimiento que te cambia el nombre y la vida

Introducción

 

Circulaba al final de los años 60 un retrato de Cristo “se busca” (wanted): pelo largo, barba descuidada, amigo de marginados, mensaje revolucionario, “mal-visto” por los poderes establecidos. Era el “Jesús de los contestatarios” quien, por cierto tiempo, entró en competencia con el tradicional “Jesús místico”, el favorito del quienes se sentían atraídos por la religión de las devociones y del intimismo.

 

Tuvo también su época el “Cristo triunfante”, entre lábaros y estandartes: era el “conquistador de reinos” y protector de los soberanos de este mundo.

 

El “Jesús de la religión” parece ser el más inoxidable de todos, quien más dura: es el que garantiza la justicia, premia a los buenos, protege a los piadosos y castiga a los malvados. A veces, algunos, incluso, le asignan el papel de “asusta-malos” o del “coco” con que se amenaza a los niños caprichosos y desobedientes. De todos modos, es la última garantía de comportamientos morales, considerados positivos.

 

Jesús parece ser un personaje al que todos quieren tener de su parte y, para eso, los hombres no han dudado, a lo largo de los siglos, en manipularlo, maquillarlo, suavizar sus aristas, hacerlo más presentable.

 

Está también el “Jesús que llevamos dentro” desde los años de la infancia, el que nos presentaron catequistas más voluntariosos que preparados, un Jesús que quizás nunca terminó por convencernos y que, un día, no tuvo ya nada más que decirnos y, por tanto, lo abandonamos por el camino.

 

Después de dos mil años, Jesús no cesa de provocar y de interpelar a todos y cada uno de nosotros y, como hizo aquel día en las cercanías de Cesárea de Filipo, nos lanza el desafío de una pregunta embarazosa: “Y ustedes ¿Quién dicen que soy?”. Frente a tantas imágenes que circulan de él, no es fácil dar con su rostro auténtico.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No veneramos un personaje del pasado, ni su doctrina, creemos en Cristo, Hijo del Dios vivo”.

 

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Domingo 20 del tiempo ordinario – Año A

“Perros” transformados en “corderos” a causa de la fe

 

Introducción

 

Al sur de la ciudad de Jerusalén se indica todavía el que fue “Campo del Alfarero”, el terreno comprado con las monedas de plata devueltas por Judas a los sacerdotes del templo (cf. Mt 27, 3-10). Era el mismo lugar en que algunos reyes de Israel habían cometido abominaciones horrendas, llegando hasta sacrificar sus propios hijos a Baal. Hacia finales del siglo 7 a.C. el piadoso rey Josías lo había convertido en tierra maldita (cf. 2Re 23,10) y, desde entonces, ser sepultado allí era considerado como el colmo de la ignominia. Con el pago de la traición, los sumos sacerdotes habían comprado aquel terreno para convertirlo en cementerio para sepultar a los extranjeros (cf. Mt 27,7). Era el lugar maldito (cf. Jer 19,11) e apropiado para los paganos inmundos e impuros quienes, incluso después de muertos, debían permanecer separados de los hijos de Abrahán.

 

El impulso a discriminar y la tendencia a erigir barreras entre buenos y malos, puros e impuros, santos y pecadores están profundamente enraizadas en el corazón del hombre y emergen por las razones más variadas y absurdas: el miedo a la confrontación, la incapacidad de llevar a cabo un diálogo abierto, sereno y respetuoso con quienes piensan de manera diferente; a veces, tales impulsos se enmascaran con la denuncia de peligros reales, como el sincretismo, el pacifismo, la pérdida de identidad, la renuncia a los propios valores.

 

¿Cómo puede hablar de ecumenismo quien considera a los otros como “lejanos”? ¿Quién puede ser tan presuntuoso como para creerse “cercano”? Todos estamos “alejados” de Cristo y en camino hacia la perfección del Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,48). Solo quien es consciente de ser “impuro”, de no poder vanagloriarse de méritos delante del Señor, se encuentra en la justa disposición para acoger la salvación. “Los publicanos y las prostitutas les precederán en el reino de los cielos”, ha asegurado Jesús. No teniendo ningún mérito en que gloriarse, confían espontáneamente en el Señor y llegan antes de quien se considera puro (cf. Mt 21,31).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Nos avergonzábamos de tenerlos como compañeros de viaje. Después, la sorpresa: habían entrado en el reino de Dios antes que nosotros”.

 

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