Archivo mensual: marzo 2016

Segundo Domingo de Pascua, 3 de Abril 2016, Año C

Es difícil de creer,

incluso para quien ha visto

 

 

Introducción

 

“¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven!”, ha dicho un día Jesús (Lc 10,23). Los discípulos que acompañaron al Maestro durante su vida pública son llamados por Lucas “testigos de los acontecimientos que han tenido lugar entre nosotros” (Lc 1,1-2). Es innegable:   son bienaventurados porque han visto. Entre ellos, está también Thomas.

 

Sin embargo, esta experiencia ha sido solamente la primera etapa de un camino de compromiso, el que debía llevarles a la fe.

 

Muchos que, como ellos, han visto no han llegado a creer; baste pensar a las lamentaciones pronunciados por Jesús contra las ciudades del lago que han presenciado los signos que realizaba y no se han convertido (cf. Lc 10,13-15). El ver puede ser causa de bienaventuranza, pero no es suficiente.

 

Después de Pascua, el Señor –quien ya no puede ser visto con los ojos los materiales– proclama otra bienaventuranza: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”. Son bienaventurados si, mediante la escucha, llegan a la misma meta: la fe. A éstos, dirige Pedro palabras conmovedoras: “Ustedes lo aman sin haberlo visto y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con gozo indecible y glorioso” (1 Pe 1,8).

 

Es la alegría asegurada a quien se fía de la Palabra, no de la de los hombres, sino de la de Cristo, contenida en las Escrituras y consignada a la iglesia por los apóstoles, como Juan nos lo recuerda en la conclusión de su Evangelio.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Bienaventurado nosotros que, sin haber visto, creemos”.

 

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Domingo de Pascua, 27 de Marzo 2016, Año C

Testigo es quien “ha visto” al Señor

 

Introducción

 

Son conmovedoras las palabras apasionadas con las que Juan comienza su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos, es lo que les anunciamos, la Palabra de vida” (Jn 1,1-3). Una experiencia inolvidable e irrepetible la suya. No obstante, para ser “testigos de Cristo” no es indispensable haber caminado con Jesús de Nazaret por los caminos de Palestina.

 

Pablo –que tampoco ha conocido personalmente a Jesús– fue nombrado testigo “Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver” (Hch 26,16) y recibió del Señor esta tarea: “Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma” (Hch 23,11). Para ser testigo, basta haber visto al Señor realmente vivo, más allá de la muerte.

 

Testimoniar no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento que fue iluminada por la luz de la Pascua; quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes.

 

Tratemos de preguntarnos: ¿Es la resurrección de Cristo un punto de referencia constante en todos los proyectos que llevamos a cabo, cuando compramos, vendemos, dialogamos, compartimos una herencia, cuando decidimos tener otro hijo…o pensamos que la realidad de este mundo no tiene nada que ver con la Pascua?

 

Quien ha visto al Señor no hace ya nada sin él.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Si nuestro corazón se abre a la compresión de las Escrituras, veremos al Señor”.

 

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Jueves Santo, 24 de Marzo 2016, Año C

Misa “In Coena Domini”

Jesús: pan partido, ofrecido como alimento

 

Introducción

 

Entre tantos nombres con los que se ha llamado a la Eucaristía, el que mejor exprime el sentido y la riqueza del sacramento es “la fracción del pan”. Los discípulos de Emaús reconocen al Señor “al partir el pan” (Lc 24,35), la Comunidad de Jerusalén participa asiduamente a la catequesis de los apóstoles y a la “fracción del pan”, en Tróade, el primer día de la semana “nos reuníamos para la fracción del pan” (Hch 20,7).

 

¿Por qué los primeros cristianos se sentían tan atraídos por esta expresión? ¿Qué recuerdos, que emociones despertaba en ellos? La comida de los israelitas piadosos comenzaba siempre con una bendición sobre el pan; el cabeza de familia lo tomaba entre las manos, lo partía y lo ofrecía a los comensales. No podía ser comido antes de ser partido y compartido por todos los presentes.

 

Desde niño, Jesús ha observado a José cumplir piadosamente todos los días este rito sagrado y, ya de adulto, él mismo lo ha repetido muchas veces tanto en Nazaret después de la muerte de su padre, como durante su vida pública cada vez que se sentaba a la mesa. Una tarde, en Jerusalén, ha dado al gesto un significado nuevo. Durante la última cena tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: esto soy yo. ¡Tomen, coman! Palabras arcanas, enigmáticas que los discípulos comprenderán solamente después de la Pascua.

 

Al término de su “jornada” en la tierra, el Maestro había resumido en este gesto toda su historia, toda su vida entregada. No había ofrecido cosa alguna, sino así mismo, su propia persona como alimento, como lo había venido haciendo en cada instante de su existencia para saciar el hambre del hombre: hambre de Dios y de su Palabra, hambre del sentido de la vida, hambre de felicidad y de amor.

 

Conmovido frente a las “ovejas sin pastor” se había sentado a enseñar muchas veces repartiendo a todos el pan de su Palabra (cf. Mc 6,33-34). A quien tenía hambre de perdón, le abría las puertas de la ternura de Dios. Nadie hubiera pensado en Jericó que Zaqueo tuviese hambre. Nadie había sospechado ni intuido su necesidad de compasión y aceptación. Nadie, a excepción de Jesús que vio, escondido entre las hojas de un Sicomoro, a aquel que se avergonzaba de ser visto en público. Entró en su casa y lo sació de amor y de alegría.

 

En cada “fracción del pan”, Jesús ofrece sobre la mesa eucarística toda su vida bajo el signo del pan y pide ser comido. En el mundo, en cambio, los hombres “se comen los unos a los otros”; luchan para imponerse y subyugar al prójimo. “Se devoran mutuamente” para acaparar los bienes y dominar. En esta competición despiadada por la “comida” vence el más fuerte.

 

Jesús ha revolucionado este mundo inhumano de relacionarse. En vez de “comerse” a los otros, de luchar por la conquista de los reinos de este mundo –como le había sugerido el maligno– se ha convertido, él mismo, en alimento, dando así origen a una nueva humanidad. El gesto de poner sobre la mesa, frente a una persona hambrienta, un pedazo de pan y una copa de vino es una clara invitación no a que mire y contemple, sino a que se siente, coma y beba. Sobre el altar, el pan eucarístico es una propuesta de vida: comerlo significa unirse a Jesús, aceptar de convertirse, como él, en pan y ofrecerse como alimento para el que tenga hambre.

 

“Nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor”. “Sí, he participado en la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiano”. Pronunciadas por los mártires de Abitene, en el África proconsular, estas palabras revelan la pasión con que, en los primeros siglos, los cristianos participaban cada domingo a la fracción del pan. Era para ellos una exigencia irrenunciable pues habían comprendido que era el signo distintivo de los discípulos del Señor Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No podemos vivir sin la cena del Señor”.

 

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Viernes Santo, 25 de Marzo 2016, Año C

Hemos contemplado un amor más fuerte que la muerte

 

Introducción

 

El dramático suplicio de la cruz ha inducido frecuentemente a los predicadores del pasado a insistir de un modo excesivo sobre los aspectos cruentos de la pasión de Jesús. De este tipo de predicación se han derivado imágenes, representaciones populares y algunas devociones en las que se resaltaba la violencia de los golpes de la flagelación, las caídas bajo el peso de la cruz, el sadismo de los soldados.

 

Este tipo de acercamiento a los textos evangélicos no ha hecho un buen servicio a la comprensión real de los acontecimientos de la Pascua; al contrario, ha contribuido a ofuscar su significado.

 

Los evangelios se mueven en una perspectiva diferente. Son muy sobrios al referir los horrendos tormentos infligidos a Jesús. Su objetivo no es impresionar o conmover a sus lectores, sino hacer comprender la inmensidad del amor de Dios que se ha revelado en Cristo.

 

No se detienen en los sufrimientos porque la pasión que cuentan no es la del sufrimiento sino la del amor.

 

Quieren mostrarnos que:

 

“El amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos. Si alguien quiere comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable” (Cant 8,6-7).

 

Juan es el más sobrio de los evangelistas al narrar los aspectos cruentos de la pasión. Omite los detalles humillantes, como los golpes en la cabeza y los esputos y solo alude someramente a la flagelación y a las bofetadas. Su relato, el que la liturgia de hoy nos invita a meditar, no narra el camino de Jesús hacía la muerte sino hacia la gloria.

 

Cristo en la cruz nos hace comprender hasta donde puede llegar el pecado: nos conduce hasta el punto de hacer irreconocible a una persona. Pero al mismo tiempo Juan nos hace contemplar la respuesta de Dios al pecado: el don de su Espíritu y la resurrección del Santo, del Justo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, hazme comprender cuán grande es tu pasión de amor”.

 

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