15mo. Domingo del Tempo Ordinario – Año A (13 Julio, 2014)

Entre el cielo y la tierra…: “la palabra”

 

Introducción

 

No mucho. Desconsolado y sin ilusión, el salmista iba repitiendo: “Escasean los fieles, han desaparecido los leales entre los hombres. No hacen más que mentirse unos a otros, hablan con labios mentirosos y doblez de corazón” (Sal 12,1-2). Hoy la palabra sigue devaluada: no se cree en las promesas, solo confiamos en documentos escritos y firmados; “hechos y no palabras”, oímos una y otra vez.

 

¿Ocurre así con la palabra de Dios?

 

Por diez veces consecutivas se repite en el libro del Génesis esta afirmación: “Dios dijo…y así fue”. “Por la palabra del Señor se hizo el cielo. Porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió” (Sal 33,6.9.). Su palabra no es como la del hombre; es viva y eficaz, realiza lo que anuncia, no miente y no engaña.

 

La mística griega proponía entrar en relación con Dios a través de éxtasis, visiones, raptos; la espiritualidad bíblica coloca, por el contrario, en primer lugar la escucha, porque está convencida de la absoluta confiabilidad de la palabra del Señor.

 

“Escucha Israel” es la oración más entrañable de la piedad judía (cf. Dt 6,4). “Escucha la palabra del Señor”, recomiendan los profetas (cf. Is 1,10; Jer 11,3). “Escuchar es mejor que ofrecer sacrificios”, declara el profeta Samuel (1 Sam 15,22). “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; me has abierto el oído” declara el salmista (Sal 40,7).

 

En la Biblia, escuchar no significa recibir una comunicación o una información, sino adherir a una propuesta, acoger, custodiar en el propio corazón y poner en práctica lo escuchado. Equivale a otorgarle confianza a Dios.

 

Quien escucha la palabra con estas disposiciones es dichoso y bienaventurado (cf. Lc 11,28).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Aun en el pecador más encallecido, existe terreno fértil y receptivo para la palabra de Dios”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 55,10-11

 

55,10: Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, 55,11: así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo. – Palabra de Dios

 

Dios está en el cielo y el hombre en la tierra (cf. Qo 5,1). Las súplicas suben hasta el Señor, él las escucha y envía su palabra, obradora de prodigios (cf. Sal 147, 15-18). Dóciles, los seres inanimados obedecen a Dios: “Trata como quiere al ejercito del cielo” (Dn 4,32). “Envía el rayo y él va, lo llama y obedece temblando; a los astros que brillan gozosos en sus puestos de guardia, los llama y responden: ¡Presentes! Y brillan gozosos para su Creador” (Bar 3,33-35).

 

No es así con el hombre. En los seres libres, la palabra de Dios puede actuar solo si es acogida, si cae en un terreno fértil que le permite producir fruto.

 

El pasaje que cierra el libro del Segundo-Isaías (Deutero-Isaías), y que nos viene propuesto hoy, es un himno a la eficacia vivificante de la palabra de Dios. Para comprenderlo y gustarlo, es necesario colocarlo en el contexto histórico en que ha sido compuesto.

 

Estamos en la segunda mitad del siglo VI a.C. Hace ya muchos años que los israelitas se encuentran en Babilonia y, con creciente insistencia, se preguntan: ¿Podremos un día regresar y ver de nuevo nuestra tierra?

 

A estas personas cansadas y abatidas Dios envía un profeta para anunciarles su inminente liberación. Pasan algunos años y no sucede nada, dando paso a la desilusión y al abatimiento. ¿Cómo es así que la palabra de Dios no se cumple?

 

¿También él, como los hombres, es infiel a sus promesas?

 

El profeta responde a esta duda con una imagen. La palabra de Dios es como la lluvia y como la nieve: caen del cielo y no regresan sin haber producido el objetivo a que eran destinadas; poseen un dinamismo irresistible, una energía que fecunda y hace germinar el grano, la hierba verde y las flores. La palabra enviada del cielo, jamás regresa a Dios “con las manos vacías”, lleva siempre consigo algún fruto. Los resultados, ciertamente, dependen también de la tierra en la que cae, pero, a donde llega, nada permanece como antes.

 

La imagen de la lluvia y de la nieve y la referencia al ciclo de la estaciones y al lento crecimiento de la semilla es una invitación a no esperar resultados inmediatos. La palabra de Dios actúa, a veces, en tiempos dilatados porque tiene que tratar con las reacciones, las decisiones e incluso con el endurecimiento, la obstinación, terquedad y testarudez del hombre. Son necesarias la paciencia, la capacidad de esperar, de mirar hacia el futuro, junto a una confianza a toda prueba en la fuerza vivificante de esta palabra.

 

Los israelitas deportados en Babilonia supieron esperar, mantuvieron firme la convicción de que: “la palabra de Dios es recta y su actuación es fiable” (Sal 33,4) y, después de algunos años, un primer grupo de ellos pudo dejar Mesopotamia y regresar a la tierra de los padres.

 

Quien se fía de la palabra del Señor, un día podrá verificar sus efectos prodigiosos.

 

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Segunda Lectura: Romanos 8,18-23

 

8,18: Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que se ha de revelar en nosotros. 8,19: La humanidad aguarda ansiosamente que se revelen los hijos de Dios. 8,20: Ella fue sometida al fracaso, no voluntariamente, sino por imposición de otro; pero esta humanidad, tiene la esperanza 8,21: de que será liberada de la esclavitud de la corrupción para obtener la gloriosa libertad de los hijos de Dios. 8,22: Sabemos que hasta ahora la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto. 8,23: Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro esperando la condición de hijos adoptivos, el rescate de nuestro cuerpo. – Palabra de Dios

 

Quien se encuentra en un laberinto piensa, se angustia, se aturrulla, gira y se desespera, y termina por encontrarse siempre en el punto de partida. Solo un par de alas que le hiciera levantar el vuelo, le permitiría contemplar, desde lo alto, la posición en que se encuentra y descubrir el camino hacia la libertad.

 

Lo que ocurre en la tierra, el agitarse de los hombres, el sucederse de acontecimientos a menudo absurdos, los dramas humanos…todo eso constituye un enigma inexplicable hasta que no se sube al cielo, hasta Dios. Si se escrutan con el Señor los horizontes más lejanos, se llega a descubrir el sentido de todo lo que ocurre en este mundo. La realidad en que vivimos presenta motivos innegables para ser pesimistas, pero quien entra en la perspectiva de Dios, recupera, aunque con fatiga, a veces, la serenidad y la esperanza.

 

La creación, dice Pablo, ha sido sometida a la caducidad, a la esclavitud, a la corrupción y grita su dolor. Ha sido sometida a un proceso absurdo, contrario a aquel para el que ha sido creada. El pecado, el egoísmo, la han descontrolado.

 

Ahora el hombre se estremece de pavor ante las consecuencias de sus errores: ve amenazada la fertilidad de la tierra, la salubridad del aire, la limpieza del agua; constata los daños infligidos a las plantas y a los animales, sabe de haber llenado los fondos marinos de desechos y de bombas…Esta creación espera ser redimida: quiere ser reconducida al proyecto de Dios, quien, al inicio, había contemplado complacido todo lo que había hecho porque “era muy bueno” (Gen 1,31).

 

Pablo nos invita a no desesperar y a no interpretar el grito de la creación como el lamento de un moribundo. Éste asemeja más bien al de una parturienta que está a punto de dar a luz una nueva vida. Los cristianos no permanecen insensibles al grito de la creación, pero no se abaten porque están seguros de que, no obstante las apariencias contrarias, la palabra de Dios llevará a cumplimiento la nueva creación.


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Evangelio: Mateo 13,1-23

 

13,1: Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. 13,2: Se reunió junto a él una gran multitud, así que él subió a una barca y se sentó, mientras la multitud estaba de pie en la orilla. 13,3: Les explicó muchas cosas con parábolas: Salió un sembrador a sembrar. 13,4: Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino, vinieron las aves y se las comieron. 13,5: Otras cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad brotaron enseguida; 13,6: pero, al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron. 13,7: Otras cayeron entre espinos: crecieron los espinos y las ahogaron. 13,8: Otras cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unas ciento, otras sesenta, otras treinta. 13,9: El que tenga oídos que escuche. 13,10: Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas contando parábolas? 13,11: Él les respondió: Porque a ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos, pero a ellos no se les concede. 13,12: Al que tiene le darán y le sobrará; al que no tiene le quitarán aun lo que tiene. 13,13: Por eso les hablo contando parábolas: porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni comprenden. 13,14: Se cumple en ellos aquella profecía de Isaías: Por más que escuchen, no comprenderán, por más que miren, no verán. 13,15: Se ha endurecido el corazón de este pueblo; se han vuelto duros de oído, se han tapado los ojos. Que sus ojos no vean ni sus oídos oigan, ni su corazón entienda, ni se conviertan para que yo los sane. 13,16: Dichosos en cambio los ojos de ustedes porque ven y sus oídos porque oyen. 13,17: Les aseguro que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo escucharon. 13,18: Escuchen entonces la explicación de la parábola del sembrador. 13,19: Si uno escucha la palabra del reino y no la entiende, viene el Maligno y le arrebata lo sembrado en su mente; ése es como lo sembrado junto al camino. 13,20: Lo sembrado en terreno pedregoso es el que escucha la palabra y la recibe enseguida con gozo; 13,21: pero no echa raíz y resulta un entusiasmo pasajero. Llega la tribulación o persecución por causa de la palabra e inmediatamente falla. 13,22: Lo sembrado entre espinos es el que escucha la palabra; pero las preocupaciones mundanas y la seducción de la riqueza la ahogan y no da fruto. 13,23: Lo sembrado en tierra fértil es el que escucha la palabra y la entiende. Ése da fruto: ciento o sesenta o treinta – Palabra del Señor 

 

Los teólogos y predicadores exponen sabiamente verdades muy profundas, pero a veces usan un lenguaje complicado, opaco, arcano, retorcido. Casi dan la impresión de no preocuparse de que la gente entienda, de que se muestre interesada, se apasione o, por el contrario, de que se esté aburriendo. Jesús usaba un acercamiento pedagógico diverso: aun cuando afrontaba temas complicados, empleaba siempre un lenguaje simple, recurría a comparaciones e imágenes, contaba historias ambientadas en la vida de pastores, pescadores, comerciantes, recaudadores de impuestos y, sobre todos, de campesinos entre quienes había nacido y crecido.

 

La parábola, decían los rabinos, es como la torcía de una vela: cuesta pocos centavos, sin embargo, por tenue que sea su luz, puede hacer descubrir un tesoro.
Hoy Jesús introduce el tema teológico más difícil, el enigma al que las mentes más agudas y los espíritus más nobles de la humanidad han tentado en vano de dar una respuesta: “¿Por qué el mal?”, “¿Por qué el reino de Dios encuentra tantas dificultades en afirmarse?”. Jesús afronta el problema como su método habitual: la parábola.

 

El texto está claramente dividido en tres partes. La primera (vv. 1-9) está constituida por la parábola; la segunda (vv. 10-17) contiene algunos dichos de Jesús de no fácil interpretación, incluso parecen insinuar que él no quiere que se conviertan sus oyentes; la tercera (vv. 18-23) es una aplicación de la parábola a la vida de la comunidad.

 

Antes de comenzar con cada una de las tres partes, es necesario un preámbulo. Los expertos en la Biblia concuerdan en reconocer que la explicación de la parábola, aunque puesta en boca de Jesús y reflejando perfectamente su pensamiento, no ha sido pronunciada directamente por Jesús. ¿Por quién, entonces?

 

Los primeros cristianos, cuando impartían la catequesis en sus comunidades, no estaban preocupados por transmitir literalmente lo que Jesús había dicho; se esforzaban, más bien, en hacer comprensible y eficaz su mensaje, aplicándolo a las situaciones concretas de sus vidas. Estaban convencidos de que los evangelizadores no se tenían que comportar como meros repetidores; para ser fiel a la palabra del Maestro, debían actualizar su mensaje. Quien en realidad repite de manera exacta las palabras de una persona, no siempre refiere de un modo auténtico su mensaje.

 

Los primeros cristianos, por tanto, han modificado un poco, a veces, esta o aquella parábola o bien han añadido una explicación para adaptarlas a la situación de sus comunidades.

 

Esto es justamente lo que ha sucedido con la parábola que nos viene propuesta hoy. Jesús la ha narrado para impartir una enseñanza a sus oyentes y los primeros cristianos la han releído y aplicado a los problemas concretos de sus vidas, problemas que no eran propiamente los mismos que afectaban a los discípulos que habían escuchado a Jesús. Así ha nacido la “catequesis actualizada” que se encuentra en los vv. 18-23.

 

Comencemos clarificando el sentido y el mensaje que tenía la parábola en boca de Jesús y, a continuación, después de haber interpretado los difíciles versículos centrales, explicaremos la lectura de la parábola que han hecho las comunidades de Mateo.

 

Una manera extraña de sembrar (vv. 1-9).

Hay un detalle en la parábola que llama inmediatamente la atención: el desperdicio de la semilla que viene esparcida en grandes cantidades en un terreno estéril. Nos asombra el comportamiento tan descuidado del agricultor. Exactamente tres cuartas partes del relato están dedicadas al grano que va a caer en el camino, en lugares pedregosos o entre espinas y es devorado por los pájaros o se quema o es sofocado.

 

La insistencia sobre el desperdicio, sobre el fracaso, sobre las perspectivas poco prometedoras es un elemento importante: refleja la realidad del mundo en que el mal parece mucho más pujante, más eficiente que el bien. Nótese el progresivo, machacante, extra-poder: la semilla no despunta, lo que despunta no crece, lo que crece es sofocado. ¿De qué depende? ¿Por qué sucede esto? Si Dios es bueno, ¿por qué su reino no se desarrolla sin oposición? Estos son los interrogantes a los que Jesús quería dar una respuesta.

 

Para comprender la parábola hay que tener en cuenta que en aquel tiempo la siembra no se hacía después de que el campo había sido preparado, sino antes. El campesino no comenzaba arando, escardando, arrancando hierbajos, quitando piedras, sino que antes sembraba y después pasaba el arado. Se entiende ahora por qué parte de la semilla cayera entre piedras, en medio a las malas hierbas o sobre los pequeños senderos que se formaban por las pisadas de los campesinos durante el tiempo de la cosecha o durante los periodos en que se daba descanso a los terrenos de cultivo.

 

Quien observa al agricultor de la parábola pensará que está trabajando en vano, que desperdicia semilla y energía. Es difícil creer que en un campo reducido a aquel estado puede germinar cosa alguna. Sin embargo, después de la siembra, he aquí el resultado del paso del arado: los senderos desaparecen, las espinas y las malas hiervan se quitan, las piedras son trasladadas y el campo que parecía improductivo, después de poco tiempo, se cubre primero de brotes de grano y seguidamente de rubias espigas. ¡Un auténtico milagro!

 

Jesús cuenta esta parábola en un momento difícil de su vida: ha sido expulsado de Nazaret, lo han tomado por loco en Cafarnaúm, los fariseos lo quieren matar y muchos discípulos lo abandonan. Parece como si toda su predicación cayera en saco roto; las condiciones son demasiado desfavorables, su palabra parece destinada a morir (cf. Mt 11–12).

 

Con esta parábola Jesús quería transmitir un mensaje a sus discípulos descorazonados que lo interrogaban sobre la utilidad del trabajo apostólico que estaba desarrollando: a pesar de todas las contradicciones y los obstáculos, su palabra daría fruto abundante porque es portadora de una fuerza de vida irresistible.

 

Contrariamente a todas las expectativas, la venida del mesías no ha sido clamorosa, no han tenido gran resonancia. Su paso por este mundo se podría catalogar entre los más insignificantes: nada cambió en la vida social y política de su pueblo. Juna el Bautista ha sido más famoso que él. Jesús ha desaparecido en la tierra como una pequeña semilla, débil, casi invisible y, sin embargo, después de poco tiempo, esta semilla ha comenzado a germinar. El evangelio ha comenzado a fermentar a la humanidad y nosotros, hoy, podemos verificar que el mensaje de la parábola del sembrador se está realizando.

 

Todos nos hemos preguntado alguna vez si vale la pena seguir anunciando la palabra de Dios en un mundo y en una sociedad corrompida como en la que vivimos, si todavía tiene sentido hablar de las bienaventuranzas evangélicas y hacer catequesis a personas que no escuchan, que tienen el corazón endurecido, piensan solamente al dinero, a las diversiones, a lo que es caduco, fugaz, efímero. ¿No están los catequistas y evangelizadores sembrando en vano? Cuando surgen estos pensamientos, es el momento de profesar la propia fe en la fuerza divina contenida en la palabra del evangelio.

 

¿Por qué Jesús habla en parábolas? (vv. 10-17)

Hacia la mitad de su vida pública, Jesús hace una balance y constata que son muy pocas las personas que han aceptado su mensaje. ¿Hay que extrañarse de esto? No, responde. Tampoco los profetas del Antiguo Testamento eran escuchados. En tiempos de Isaías, por ejemplo, la gente se tapaba los oídos para no escuchar la palabra de Dios y endurecía el corazón para no convertirse (vv. 14-15).

 

He aquí la razón por la que Jesús recurre a las parábolas: hace un nuevo tentativo para desbloquear la situación. Piensa que con este lenguaje simple y concreto será más fácil abrir brecha en el corazón de sus oyentes. La parábola obliga a reflexionar, a buscar el significado recóndito, hace pensar, nos hace entrar en nosotros mismos y puede, por tanto, provocar la conversión.

 

Estos versículos son una invitación a abrir, lo más pronto posible, ojos, oídos y corazón, de lo contrario las parábolas se quedan en relatos enigmáticos y no producen ningún fruto.

 

Los cuatro tipos de terreno (vv. 18-23)

La aplicación de la comparación a la vida de las Comunidades tiene como objetivo ayudar a los discípulos a identificar las dificultades que la palabra de Dios encuentra en cada uno. La escasez de resultados no depende ni de la semilla ni del sembrador, sino del tipo de terreno.

 

Existe, en primer lugar, un corazón duro, convertido en tal –como ocurre con el suelo de un sendero– por las muchas personas que lo han pisado. Representa el corazón impenetrable a la palabra de Cristo porque ha asimilado el modo de razonar de este mundo, se ha adaptado a la moral corriente, ha hecho propios los valores propuestos por los hombres. Esto es obra del maligno, el demonio devastador que se insinúa en los pensamientos, en los sentimientos, colmándolos de mezquindad, de frivolidad, de propuestas insensatas de vida, de razonamientos delirantes.

 

Está, después, el corazón inconstante que se entusiasma fácilmente, pero después de pocos días, vuelve a ser como antes. Es como una piedra cubierta por una fina capa de tierra: si se planta en ella una semilla, germina, pero se seca inmediatamente.

 

También hay un corazón inquieto que se agita por los problemas de este mundo, que añora el éxito y la riqueza, que alimenta sueños mezquinos. Estas preocupaciones son como las espinas: sofocan la semilla de la palabra.

 

Finalmente, he aquí el corazón bueno en el que el evangelio produce frutos abundantes.

 

No se trata de cuatro categorías de personas, sino de disposiciones interiores que se encuentran en proporciones diversas en cada persona. Es inútil que el evangelizador espere, para lanzar la preciosa semilla de la parábola, el terreno ideal, aquel perfectamente fecundo. Tierra buena, espinas, piedras y suelo árido estarán siempre juntos. Esto será motivo de desánimo para algunos, pero para los verdaderos apóstoles, para los catequistas auténticos se convertirá en estímulo para una siembra más abundante. Muchos esfuerzos serán en vano, pero un día, puntualmente, la espiga aparecerá, en cada persona.

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