2º Domingo de Pascua – 23 Abril 2017 – Año A

Se alegraron de ver al Señor

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/WNNKZX8gaAE

 

Introducción

 

El vestido mejor, el que uno se pone para ir a la Iglesia, se llama en lengua portuguesa: “Vestido para ver a Dios”. Esta expresión nace de la convicción de que el domingo es el día en que la Comunidad, de fiesta, se reúne para “ver al Señor”.

 

Es un día de gozo porque, como en la Pascua y en los “ochos días siguientes” (Jn 20,19.26), el Resucitado se hace presente, de nuevo, en medio de los discípulos reunidos, inflama sus corazones abriéndolos a la compresión de las Escrituras y en el momento de la “fracción del pan”, abriéndoles los ojos ellos finalmente lo reconocen (cf. Lc 24,31-32).

 

Los evangelistas muestran escaso interés por la precisión cronológica de sus relatos; pero en una fecha concreta, todos están perfectamente de acuerdo: fue “en el primer día después del sábado” cuando los discípulos vieron al Señor. Es por esto que las comunidades cristianas eligieron este día para dedicarlo a la escucha de la Palabra (cf. Hch 20,7-12), a la celebración de la Santa Cena (cf. 1 Cor 11,20.26), a la oración y a compartir los bienes. Durante la semana, cada uno ponía a parte lo que había podido ahorrar (cf. 1 Cor16,2) y el Domingo presentaba su ofrenda a la comunidad para ayudar a los mas necesitados, o enviar a otras comunidades con el mismo fin.

 

Uno de los testimonios más antiguos nos viene de un escritor pagano, Plinio el Joven, quien hacia el 112 escribe al emperador Trajano: los cristianos “suelen reunirse en un día establecido, antes del amanecer y cantan himnos a Cristo, como a un Dios”.

 

Era el día del Señor, el Domingo (cf. Ap 1,10), en que cada Comunidad celebraba en el rito litúrgico, su fe y su vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Como a niños recién nacidos, la madre iglesia alimenta a sus hijos, no con visiones sino con la leche de la Palabra”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Hechos 2,42-47

 

2,42: Se reunían frecuentemente para escuchar la enseñanza de los apóstoles, y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. 2,43: Ante los prodigios y señales que hacían los apóstoles, un sentido de reverencia se apoderó de todos. 2,44: Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. 2,45: Vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno. 2,46: A diario acudían fielmente e íntimamente unidos al templo; en sus casas partían el pan, compartían la comida con alegría y sencillez sincera. 2,47: Alababan a Dios y todo el mundo los estimaba. El Señor iba incorporando a la comunidad a cuantos se iban salvando. – Palabra de Dios

 

 

La primera lectura de todos los domingos de Pascua está tomada de los Hechos de los Apóstoles, el libro que narra la difusión del Evangelio en el mundo y el nacimiento de las primeras comunidades cristianas.

 

El pasaje de hoy, presenta un cuadro encantador de la Comunidad de Jerusalén surgida en torno a María y los Apóstoles, después de Pentecostés. Esta comunidad constituye el punto de referencia de todas las comunidades cristianas de la historia. Los pilares que la sostienen son enumerados en los dos primeros versículos de la lectura de hoy (vv. 42-43): fidelidad a la catequesis, comunión de bienes, celebración semanal de la eucaristía (llamada “fracción del pan”) y oración en común. Veamos en detalle cada una de estas características.

 

La catequesis (diaria), ocupa el primer lugar.

 

Los Doce no se comportan como los rabinos: no se limitan a repetir las interpretaciones de los antiguos. Proclaman que han llegado los tiempos nuevos, demuestran cómo las Escrituras y las profecías se han cumplido en Jesús de Nazaret (cf. Hch 4,33) y comunican la luz que han recibido en la Pascua para que todos puedan comprender el significado de la muerte escandalosa e inexplicable de su Maestro.

 

También hoy la escucha de la Palabra es el único, sólido fundamento sobre el que se tiene que apoyar la fe de la comunidad (cf. Rom 10,14-17). Las emociones religiosas, las sensaciones, las “revelaciones” personales y privadas, no son otra cosa que paliativos, escapadas ilusorias.

 

La comunión de bienes.

 

En muchas áreas de la moral, los cristianos siguen principios claros y tienen opiniones diversas a las de los no creyentes, pero cuando se trata de la administración de los bienes materiales, generalmente se comportan como los demás: trafican, comercian, acumulan, como si la resurrección de Cristo no tuviese nada que ver con la gestión económica.

 

Quien piensa de este modo, ciertamente quedará desconcertado ante el cambio radical que tuvo lugar en la primera comunidad cristiana a partir de Pascua: los creyentes poseen todo en común (cf. Hch 2,44), nadie afirma que lo que tiene es de su propiedad (cf. Hch 4,32), todo viene distribuido según la necesidad de cada uno (cf. Hch 2,45; 4,35). No se dice que son más generosos que los otros, que dan más limosnas, sino que todos han renunciado a sus bienes.

 

No son depreciados los bienes de este mundo, sino que viene propuesta la renuncia voluntaria a todo uso egoísta de lo que se posee.

 

El ideal cristiano no es la indigencia, sino un mundo en el que “nadie sea pobre” (cf. Hch 4,34). Quien cree que Jesús ha resucitado, no se somete a la esclavitud del poseer. Compartiendo, manifiesta la completa disponibilidad de ponerse a sí mismo al servicio de los hermanos.

 

La riqueza no es un mal, lo es el enriquecimiento que deja a los otros en la necesidad. La pobreza es un mal, por eso no hay pobreza en el reino de Dios. La comunidad en la que se practica el compartir los bienes, no puede existir la pobreza. Como explicaba San Basilio, Padre de la Iglesia del siglo IV, “Si cada uno tomara solo lo que necesita, dejando lo superfluo para el necesitado, ninguno sería rico y ninguno sería pobre”.

 

Los cristianos de Jerusalén llevaban una vida completamente diversa del ambiente circundante. La alegría, la simplicidad del corazón, la caridad de los unos para con los otros atraían la simpatía de todo el pueblo. La gente se preguntaba: ¿De dónde les viene el impulso hacia una forma de vida tan extraordinaria? La respuesta era: de la Resurrección de Cristo. La vida nueva de la Comunidad era la prueba de que Cristo estaba vivo.

 

Existe una experiencia que los hombres de todos los tiempos tiene el derecho a hacer: encontrar una comunidad de personas completamente diferentes, una comunidad que propone y vive valores alternativos a los del ambiente circundante. La experiencia de la Comunidad de Jerusalén no puede ser aplicada a la letra a nuestras comunidades; de lo contrario, no solo no resolveríamos nuestros problemas sino que crearíamos otros mayores. Sin embargo, el desapego de los bienes de este mundo sigue siendo una condición indispensable para quien cree en el Resucitado.

 

Fracción el pan.

 

La expresión se refería, originariamente, al gesto del cabeza de familia quien, al comienzo de la cena, tomaba el pan, pronunciaba la bendición, lo partía y lo distribuía a los comensales (cf. Hch 2,46). Muy pronto pasó a significar la celebración de la Eucaristía (cf. Hch 20,7.11; 1 Cor 10,16) porque el Señor había realizado este gesto durante la última cena. En las primeras comunidades, “la fracción del pan” venía precedida de una comida en común (cf.1 Cor 11,17-34).

 

Eucaristía significa acción de gracias. Constituye el centro de la vida de la Comunidad. Es el momento en que, ante el pan partido –que presenta de nuevo el mayor gesto del amor de Dios para el hombre– la comunidad toma conciencia de todos los dones recibidos de Dios y, sobrecogida de estupor y admiración, siente la necesidad de alabarlo. Podrían usarse las palabras del Salmista: “Bendito el Señor que me ha mostrado su ternura” (Sal 31,22), o bien exclamar con Jesús: “¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra!, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla” (Lc 10,21-22).

 

Una Comunidad que no celebra la eucaristía, que no puede exprimir frente al sacramento su acción de gracias está privada de un elemento esencial de su vida. Desgraciadamente esto sucede en muchas comunidades cristianas donde, por falta de sacerdotes, solo viene distribuido el pan de la Palabra. Este constituye un alimento sustancioso, cierto, pero si no viene seguido de la “fracción del pan”, a la celebración le faltará su punto culminante.

 

La oración comunitaria

 

Los primeros cristianos continuaron a comportarse como piadosos israelitas: frecuentaban el templo (cf. Hch 2,46) y recitaban los salmos. Después, han sentido la necesidad de articular en una oración especial su fe en el Resucitado y su nueva relación con Dios. Así, sirviéndose de expresiones recogidas de la boca de Jesús, han compuesto el Padre nuestro, modelo de toda oración cristiana; posteriormente, aparecieron los primeros cantos para celebrar el evento pascual.

 

La oración hecha en soledad es bella y necesaria; Jesús la recomienda: “Cuando tú vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu padre a escondidas” (Mt 6,6). La comunidad, sin embargo, es la “esposa” que, como la muchacha Israel, es amada con un “amor eterno” (cf. Jer 31,3) por su Señor. Por eso siente la necesidad de reunir a todos sus miembros y entonar “con una sola voz” su canto de amor. En el contexto de esta oración comunitaria, hay que recordar la última mención de María en el Nuevo Testamento: “Todos ellos, con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús y sus hermanos, permanecían íntimamente unidos en la oración” (Hch 1,14).

 

Una Comunidad sostenida por estos cuatro pilares hará prodigios, pondrá las bases de una humanidad nueva, será el signo de que en el mundo está presente y actúa el Espíritu del Resucitado.

 

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Segunda Lectura: 1 Pedro 1,3-9

 

1,3: Bendito sea Dios, padre de nuestro Señor Jesucristo, que, según su gran misericordia y por la resurrección de Jesucristo de la muerte, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, 1,4: a una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para ustedes en el cielo. 1,5: Porque gracias a la fe, el poder de Dios los protege para que alcancen la salvación dispuesta a revelarse el último día. 1,6: Por eso alégrense, aunque por el momento tengan que soportar pruebas diversas. 1,7: Así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba será mucho más preciosa que el oro perecedero purificado por el fuego y se convertirá en motivo de alabanza, honor y gloria cuando se revele Jesucristo. 1,8: Ustedes lo aman sin haberlo visto y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con gozo indecible y glorioso, 1,9: ya que van a recibir, como término de [su] fe, la salvación personal. – Palabra de Dios

 

 

Corrían los años 80 d.C. cuando en Roma fue introducida la administración del bautismo durante la noche de Pascua. En este contexto litúrgico nace la homilía a los recién bautizados que encontramos en la carta primera carta de Pedro, que nos acompañará en los próximos domingos. La expresión “queridos” con que el predicador intercala su discurso (cf. 1 Pe 2,11; 4,12) deja entrever la emoción que le embarga frente a los nuevos hijos de Dios. En su homilía conmovedora, Pedro no se entretiene en disquisiciones teológicas, sino que se congratula con los neófitos (cf. 1 Pe 2,7), les recuerda que “han vuelto a nacer no de semilla corruptible, sino por la palabra incorruptible y permanente del Dios vivo” (1 Pe 1,23) y expone las consecuencias morales que lleva consigo este nuevo nacimiento. Su homilía –lo veremos a lo largo de estos domingos– es un continuo sucederse de exhortaciones e imperativos.

 

Este texto ha sido compuesto en un momento difícil para las comunidades cristianas, especialmente para las del Asia Menor. No se enfrentaban a una persecución oficial, pero los bautizados eran víctimas fáciles de ofensas, discriminaciones y sufrían injustas condenas de los tribunales (vv. 6-7).

 

El autor les invita a reflexionar sobre la vida nueva que Dios le ha dado en el bautismo, una vida real, aunque no se pueda experimentar con los sentidos (vv. 3-5).

 

De la certeza de haber recibido un don único, florece la alegría, la serenidad y la paz. Estas disposiciones interiores animan al cristiano siempre, especialmente en los momentos en que deben afrontar tribulaciones, adversidad y persecuciones (vv. 6-8).

 

¿Cómo interpretar a la luz del proyecto de Dios, las dificultades que muchos cristianos atravesaban a finales del siglo primero?

 

El predicador recurre a una imagen bíblica: el Señor está poniendo a prueba a sus elegidos, los pone a prueba como al oro en el horno (cf. Sab 3,5-6), los está haciendo pasar a través del fuego para purificarlos, como se hace con la plata (cf. Zac 13,8-9). En efecto, también los metales preciosos necesitan ser limpiados de las escoria para que luzcan con su máximo esplendor.

 

La última parte de la lectura, introduce el mensaje que será desarrollado en el Evangelio: “Ustedes aman a Cristo sin haberlo visto y creyendo en él, sin verlo todavía, se alegran con gozo indecible y glorioso” (v. 8). Los neófitos de Roma pertenecían a la tercera generación cristiana. Aunque los acontecimientos de Pascua eran aun relativamente recientes, ellos no habían conocido personalmente a Jesús de Nazaret, viviendo, por tanto, una experiencia de fe semejante a la nuestra: creyeron en los testimonios acerca del Resucitado y encontraban al Señor, como nosotros, en la celebración de la Palabra y en la “fracción del pan”. Son bienaventurados porque, aun sin haberlo visto a él ni a aquellos que lo vieron, continúan a creer.

 

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Evangelio: Juan 20,19-31

 

20,19: Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: La paz esté con ustedes. 20,20: Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. 20,21: Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. 20,22: Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. 20,23: A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos. 20,24: Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 20,25: Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré. 20,26: A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: La paz esté con ustedes. 20,27: Después dice a Tomás: Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. 20,28: Le contestó Tomás: Señor mío y Dios mío. 20,29: Le dice Jesús: Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto. 20,30: Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están relatadas en este libro. 20,31: Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él. – Palabra del Señor

 

 

El pasaje de hoy está dividido en dos partes que corresponden a las apariciones del Resucitado. En la primera (vv. 19-23) Jesús dona su Espíritu a sus discípulos y, con él, el poder de vencer las fuerzas del mal. Es el mismo pasaje que encontraremos y comentaremos en la fiesta de Pentecostés. En la segunda (vv. 24-31) se narra el famoso episodio de Tomás.

 

La duda de este apóstol ha entrado a formar parte del lenguaje popular: “Eres incrédulo como Tomás”. Sin embargo, mirándolo bien, parece que no haya exigido nada de extraordinario: pedía solamente ver lo que los otros habían visto. ¿Por qué esperar solamente de él una fe basada sobre la palabra?

 

¿Ha sido Tomás, en realidad, el único en dudar mientras que los otros habrían creído en el Resucitado de un modo fácil e inmediato? Parece que no ha sido así.

 

En el evangelio de Marcos se dice que Jesús “les reprendió por su incredulidad y obstinación al no haber creído a los que lo habían visto resucitado” (Mc 16,14). En el evangelio de Lucas, el Resucitado se dirige a los discípulos, espantados y temblando de miedo, y les pregunta: “¿Por qué se asustan tanto? ¿Por qué tantas dudas?” En la última página del evangelio de Mateo, se llega a decir que cuando Jesús se apareció a sus discípulos sobre un monte de la Galilea (por tanto mucho tiempo después de las apariciones de Jerusalén) algunos dudaban todavía (Mt 28,17).

 

¡Por lo tanto todos, han dudado, no solamente el pobre Tomás! ¿Por qué, entonces, el evangelista Juan parece como si quisiera concentrar las dudas que han atormentado a todos por igual, en el pobre Tomás? Tratemos de averiguarlo.

 

Cuando Juan escribe (hacia el año 95 d.C.) hacía ya tiempo que Tomás estaba muerto; el episodio, por tanto, viene referido no para desacreditar a Tomás, evidentemente. Si se ponen de relieve los problemas de fe que el apóstol ha tenido, la razón es otra: el evangelista quiere responder a los interrogantes y objeciones que los cristianos de su comunidad se ponían con creciente insistencia. Se trataba de creyentes de la tercera generación que no habían visto al Señor. Muchos de ellos, ni siquiera habían conocido a ninguno de los apóstoles. Les cuesta creer, se debaten en medio de dudas, quieren ver, tocar, verificar si verdaderamente el Señor ha resucitado. Se preguntan: ¿cuáles son las razones para creer? ¿Hay pruebas de que esté vivo? ¿Por qué no se aparece a nosotros? Son preguntan que nos hacemos también los cristianos de hoy.

 

A estas preguntas Marcos, Lucas y Mateo responden diciendo que todos los apóstoles han tenido dudas. La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre.

 

La respuesta que da el evangelista Juan es distinta; propone a Tomás como símbolo de las dificultades por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la fe. Es difícil saber por qué se ha fijado Juan en este apóstol en concreto: ¿por haber tenido, quizás, más dificultades o haber necesitado más tiempo que los otros en creer en Jesús Resucitado?

 

Sea lo que sea, lo que Juan quiere enseñar a los cristianos de su comunidad (y a nosotros) es que el Resucitado posee una vida que no puede ser captada por nuestros sentidos, ni tocada con las manos, ni vista con los ojos; solo puede ser alcanzada por la fe. Y esto, vale también para los apóstoles, a pesar de su experiencia única que han tenido con el Resucitado.

 

No se puede tener fe en aquello que se ha visto. La resurrección no se puede demostrar científicamente, pues pertenece a una realidad diversa, la realidad de Dios. Si alguien exige ver, verificar, tocar…debe renunciar a la fe.

 

Si nosotros decimos : “dichosos los que han visto”, Jesús, por el contrario, llama bienaventurados a los que no han visto, no porque hayan experimentado más dificultades en llegar a la fe y, por consiguiente, tengan más méritos, sino que son bienaventurados porque su fe es más genuina, más pura; porque, valga la expresión, es más fe . Quien ve, posee la certeza de la evidencia, posee la prueba irrefutable de un hecho.

 

Tomás aparece otras dos veces en el evangelio de Juan y, nunca, bajo una luz positiva. Tiene siempre dificultad en creer; se equivoca; no entiende las palabras y decisiones del Maestro.

 

Interviene por primera vez cuando, recibida la noticia de la muerte de Lázaro y Jesús decide marchar a Galilea, Tomás piensa que seguir al Maestro significa perder la vida. No comprende que Jesús es el Señor de la vida, por eso exclama desconsolado: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn 11,16).

 

Durante la última cena, Jesús habla del camino que está recorriendo, un camino que pasa a través de la muerte para llegar a la vida. Tomás interviene de nuevo: “Señor no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Está lleno de perplejidad y dudas, no acierta a aceptar lo que no comprende. Lo demuestra una tercera vez en el episodio narrado en el evangelio de hoy.

 

Parece como si Juan se divirtiera en menospreciar la figura de Tomás. Al final, sin embargo, le hace justicia: pone en su boca la más alta, la más sublime de las profesiones de fe. En sus palabras nos viene dada la conclusión del itinerario de fe de los discípulos.

 

Al principio del evangelio, los primeros dos apóstoles se dirigen a Jesús llamándolo Rabbí (cf. Jn 1,38). Es el primer paso hacia la compresión de la identidad del Maestro. No pasa mucho tiempo y Andrés, que ya ha comprendido mucho más, dice a su hermano Simón: “Hemos encontrado al mesías” (Jn 1,14). Natanael intuye inmediatamente con quien está tratando y dice a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios” (Jn 1,49). Los samaritanos lo reconocen como el Salvador del mundo (Jn 4,43); la gente como: el profeta (Jn 6,14) y el ciego lo proclama Señor (Jn 9,38). Para Pilato es el rey de los judíos (Jn 19,19). Es Tomás, sin embargo, el que dice la última palabra sobre la identidad de Jesús, lo llama: Mi Señor y mi Dios. Una expresión que la Biblia emplea para referirse a JHWH (cf. Sal 35,25). Tomás es, por tanto, el primero en reconocer la divinidad de Cristo, el primero que llega a captar lo que Jesús quería decir cuando afirmaba: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30).

 

La conclusión del episodio (vv. 30-31) presenta la razón por la que Juan ha escrito su libro: ha narrado una serie de “signos” (no todos, pero sí los suficientes) por dos razones: para suscitar o confirmar la fe en Cristo y para que, a través de la fe, sus lectores lleguen a la vida. El cuarto evangelio llama signos a los milagros. Jesús no los ha realizado para impresionar a su audiencia; es más, ha condenado a quien no creía si no veía prodigios (cf. Jn 4,48). Juan los cuenta no para impresionar a sus lectores, sino para “demostrar” el poder divino de Jesús.

 

Los signos no son pruebas sino revelaciones de la persona de Jesús y de su misión. Solamente quien se eleva del hecho material a la realidad que el hecho significa, llega a creer de un modo sólido y duradero. Por ejemplo, no entiende el signo quien, en la distribución de los panes, no llega a comprender que Jesús es el pan de vida; o no reconoce en la curación del ciego de nacimiento que Jesús es la luz del mundo; o no ve en la reanimación de Lázaro que Jesús es el Señor de la vida.

 

En el epílogo del evangelio, Juan usa la palabra signos en un sentido amplio, como pretendiendo abarcar toda la revelación de la persona de Jesús, sus gestos de misericordia, las curaciones, la multiplicación de los panes, sus palabras, su muerte y resurrección… (cf. Jn 12,37). Quien lee su libro y comprende estos signos, se encontrará frente a frente con la persona de Jesús y será invitado a hacer una elección. Escogerá la vida quien reconozca en él al Señor y le dé su adhesión.

 

He aquí una prueba para quienes buscan razones para creer: el mismo evangelio. Allí resuena la palabra de Cristo, allí aparece nítida su persona. No existen otras pruebas fuera de esta misma Palabra. Lo dice Jesús en la parábola del Buen Pastor: “Mis ovejas reconocen mi voz” (Jn 10,4-5.27). No son necesarias apariciones; en el evangelio resuena la voz del Pastor y, para las ovejas que le pertenecen, el sonido inconfundible de su voz basta para reconocerlo y sentirse atraídos por él.

 

Pero ¿dónde se puede escuchar esta voz? ¿Dónde resuena esta palabra? ¿Es posible repetir hoy la experiencia que los apóstoles han tenido el día de Pascua y “ocho días después”? ¿Cómo?

 

Nos habremos dado cuenta, seguramente, de ciertos detalles, primero: ambas apariciones tienen lugar en domingo; segundo: los que hacen la experiencia del Resucitado son más o menos las mismas personas; tercero: el Señor se presenta con las mismas palabras: “La paz esté con ustedes” y cuarto: en ambos encuentros, Jesús muestra los signos de su pasión. Existen otros detalles, pero bastan estos para que nos ayuden a responder a la pregunta que nos hemos planteado.

 

Los discípulos se encuentran reunidos en casa. El encuentro al que claramente se refiere Juan, es el encuentro que acaece en el día del Señor, el que tiene lugar cada “ocho días”, cuando la comunidad viene convocada para la celebración de la Eucaristía. Es allí, encontrándose reunidos todos los creyentes, donde se aparece el Resucitado quien, por boca del celebrante, saluda a todos los presentes y, como en la tarde de Pascua y también ocho días después, se dirige a ellos con las palabras: “La paz esté con ustedes”.

 

Es en el momento de la eucaristía en que Jesús se manifiesta vivo a sus discípulos. Quien no asiste a estos encuentros dominicales, como Tomás, no puede tener la experiencia del Resucitado (vv. 24-25); ni oír su saludo; ni escuchar su Palabra; no puede recibir su paz y su perdón (vv. 19.26.23); ni experimentar su alegría (v. 20); ni recibir su Espíritu (v. 22). Quien se queda en casa el día del Señor, quizás para rezar solo y con más tranquilidad, podrá, sí, establecer cierto contacto con Dios, pero no experimentará la presencia del Resucitado, porque éste se hace presente allí donde la comunidad está reunida.

 

¿Qué le sucederá a quien no encuentra al Resucitado? Tendrá necesidad como Tomás, de pruebas para creer, pero nunca las encontrará.

 

Contrariamente a cuanto nos presentan las pinturas de los artistas, Tomás no introdujo la mano en las heridas del Señor. Según el texto evangélico, no resulta que haya tocado al Señor. Tomás, por consiguiente, pudo pronunciar su profesión de fe solamente después de haber escuchado la voz del Resucitado, estando reunido con los hermanos y hermanos de comunidad. Y la posibilidad de hacer esta experiencia del Resucitado se ofrece a todos los cristianos…¡cada ocho días!

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/WNNKZX8gaAE

 

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