23er Domingo del Tiempo Ordinario – 10 de septiembre de 2017 – Año A

Como ayudar a Dios a recuperar su tesoro

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/4iLMP-hBMpY

 

Introducción

 

De un modo sutil, casi imperceptible, como el insinuarse de una serpiente en la hendidura de una roca, se abre también camino entre los cristianos la mentalidad de este mundo que valora a las personas en base al éxito que obtienen, a las dotes que manifiestan, a las riquezas que acumulan. Los genios, los atletas, las personas eminentes, cualquiera que demuestre poseer aptitudes fuera de lo común, es buscado y admirado; los débiles, los pobres, los incapaces, los minusválidos son considerados por muchos, aunque difícilmente se admita, como un estorbo.

 

La comunidad que se enorgullece de sus “héroes” y siente un rechazo inconfesado hacia los pecadores a quienes considera como basura, ramas secas, como un “deshonor” para toda la familia, muestra tener asimilado los criterios de este mundo, no los de Dios que se enamora de los últimos, de los que no cuentan y que ha declarado así su amor al mas insignificante de los pueblos, Israel: “Te aprecio y eres valioso y yo te quiero” (Is 43,4).

 

Idéntica es la perspectiva de Jesús: al centro de las atenciones de su comunidad ha puesto a “los pequeños”. Son ellos el tesoro de Dios, la perla preciosa por la que merece la pena rastrear todos los rincones del mundo, la joya que llena de alegría incontenible a quien la encuentra (cf. Mt 13,44-46). Decían los rabinos: “el Señor se alegra por la resurrección de los justos y por la ruina de los impíos”. El Dios de Jesús, por el contrario, se alegra más por un pecador que regresa que por noventa y nueve justos (cf. Mt 18,13).

 

Solamente si hemos comprendido los gustos de Dios, quien “ha escogió a los pobres” (Sant 2,5) y dirige su mirada al humilde (cf. Is 66,2), estaremos en la disposición justa para acoger el mensaje de las lecturas de hoy.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Quien devuelve la vida a un hermano, experimenta la alegría de Dios”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Ezequiel 33,7-9

 

33,7: A ti, Hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches palabras de mi boca, les darás la alarma de mi parte. 33,8: Si yo digo al malvado: ¡Malvado, eres reo de muerte!, y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; 33,9: pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, y él no cambia de conducta, él morirá por su culpa y tú salvarás la vida. – Palabra de Dios

 

 

¿Acaso quiero yo la muerte del malvado –oráculo del Señor– y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18,23). La preocupación del Señor es que el hombre escoja caminos de muerte; por eso coloca a Ezequiel como centinela y le encarga vigilar (v. 7). ¿Contra quien? –nos preguntamos–¿Quién es el enemigo que se esta acercando y amenaza con aniquilar a Israel?

 

Por cuanto pueda parecer extraño ese “enemigo” es el Señor, quien está a punto de golpear a su pueblo con la más grave de las desventuras: la destrucción de la ciudad de Jerusalén y la deportación de sus ciudadanos a tierra extranjera.

 

¿Qué debe hacer Ezequiel? Debe comportarse como los centinelas que suenan la trompeta, dando la alarma para que todos puedan ponerse a salvo. La imagen de la venida del Señor para castigar a su pueblo aparece frecuentemente en la Biblia; casi todo precepto va seguido de una promesa de bendición para quien lo observa y de amenazas de castigo para los transgresores (cf. Dt 28). En realidad no es Dios quien castiga, es el pecado el que lleva al hombre a la perdición. El Señor quiere salvar; quien se aleja del camino de la vida, trazado por Él, decreta la propia muerte.

 

El pasaje de hoy pone dramáticamente de manifiesto la pasión y la premura de Dios por el hombre. Tan a pecho se toma la salvación de su pueblo que amenaza de muerte a Ezequiel si no alerta a los israelitas y los pone en guardia frente al peligro que corren: están tomando decisiones que los llevaran a la ruina.

 

El profeta es un hombre de marcada sensibilidad espiritual. Es el primero que intuye las vías del Señor y sabe inmediatamente valorar si las decisiones de los hombres están conformes o en contra del pensamiento de Dios. Es por esto que es su deber intervenir, hablar con franqueza, amonestar a quien corre el peligro de alejarse de Dios. Si no cumple esta misión, se hace responsable de la ruina de sus hermanos (v. 8), si por el contrario reprende a quien se está comportando mal y éste no escucha, entonces el profeta no es responsable (v. 9).

 

Todo cristiano es profeta, es centinela, y por tanto responsable, en parte, de la suerte de sus hermanos.

 

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Segunda Lectura: Romanos 13, 8-10

 

13,8: Que la única deuda que tengan con los demás sea la del amor mutuo. Porque el que ama al prójimo ya cumplió toda la ley. 13,9: De hecho, los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro precepto, se resumen en éste: Amarás al prójimo como a ti mismo. 13,10: Quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento pleno de la ley. – Palabra de Dios

 

 

En el capitulo 13 de la carta a los Romanos, Pablo trata de los deberes del ciudadano para con las autoridades del Estado. Los cristianos se preguntaban hasta qué punto debían llevar su lealtad a las autoridades, qué actitud debían adoptar frente a las instituciones incompatibles con el evangelio de Cristo, cómo comportarse con un emperador tan excéntrico como Nerón. Muchos estaban descontentos con el sistema político vigente y, entre los que pensaban en una posible revuelta, habría quizás algún cristiano.

 

En los primeros versículos del capitulo (vv. 1-7) el Apóstol recomienda a todos no dejarse envolver en aventuras, comportarse como ciudadanos ejemplares, respetando a las autoridades, las leyes y los bienes del Estado.

 

En la segunda parte (vv. 8-10) –la que corresponde a la lectura de hoy– Pablo propone un principio general para ayudar a resolver no solo éste sino cualquier problema moral.

 

Cuando uno no sabe cómo comportarse, cuando se duda acerca de las decisiones a tomar, es necesario tener como punto de referencia el mandamiento que está a la base de toda la ley: “ama a tu prójimo como a ti mismo” (v. 9). Todos los demás preceptos se derivan de éste, no son sino una explicación del mismo. Quien busca hacer siempre y solamente el bien al hermano, observa todos los mandamientos. Si se tiene presente este principio, es fácil comprender que todas las leyes del Estado, cuando promueven el bien común, deben ser observadas incondicionalmente. Sin embargo, si una ley del Estado, de la Iglesia o de cualquier institución es contraria a este precepto, el cristiano no solo tiene el derecho sino el deber de desobedecer.

 

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Evangelio: Mateo 18,15-20

 

18,15: Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas. Si te escucha has ganado a tu hermano. 18,16: Si no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos. 18,17: Si no les hace caso, informa a la comunidad. Y si no hace caso a la comunidad considéralo un pagano o un recaudador de impuestos. 18,18: Les aseguro que lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. 18,19: Les digo también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre del cielo se la concederá. 18,20: Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí, en medio de ellos. – Palabra del Señor

 

 

Para no interpretar mal el significado de este pasaje bíblico es necesario colocarlo en su contexto. Todo el capitulo (Mt 18) del que está sacada la lectura de hoy, trata de las relaciones entre los miembros de la comunidad cristiana: quién debe ser considerado el primero, quién es grande y quién es pequeño, cómo evitar los escándalos, qué actitud se debe tomar frente a los que se alejan de la fe, cómo incrementar el amor y favorecer la armonía entre los discípulos, cuántas veces hay que perdonar.

 

El pasaje evangélico de hoy nos invita a meditar acerca de las indicaciones que Jesús da para recuperar a quien se ha extraviado a causa de su equivocación. Para comprenderlas es necesario leerlas a la luz de la frase introductoria que, desafortunadamente no forma parte del evangelio de hoy: “el Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños” (v. 14). Todo lo que viene recomendado debe responder a este único objetivo: recuperar para la vida a quien ha hecho o está haciendo decisiones de muerte.

 

Toca al pastor, ciertamente, encontrar a la oveja descarriada, que está herida y corre el riesgo de caer en abismos cada vez más obscuros y profundos; todo cristiano, sin embargo, es pastor de su hermano, ninguno puede responder como hizo Caín: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gen 4,9).

 

La ley del amor nos obliga a empeñarnos en reconducir al hermano a la vía recta, pero ¿cómo proceder en una misión tan delicada? En primer lugar, evitando absolutamente la murmuración, es decir, no difundiendo la noticia del error cometido. Esto se llama difamación y solo contribuye a marginar más a quien ha errado, a humillarlo, a hundirlo más en el mal, a hacerle sufrir innecesariamente. Equivale a perder para siempre la posibilidad de su recuperación.

 

Hay quienes piensan que por haber dicho la verdad se pueden quedar en paz; la verdad, sin embargo, no es el valor absoluto. El amor es el punto de referencia y está por encima de todo lo demás. La verdad puede oponerse al amor, puede destruir la convivencia y las buenas relaciones en vez de favorecerlas. La difamación puede aniquilar a una persona –“un golpe de lengua rompe los huesos” (Eclo 28,17)– puede matar a un hermano, destruir una familia, romper una relación conyugal. ¿Cómo negar la sabiduría del dicho popular: “Mejor una mentira bien dicha que una verdad inoportuna”?

 

La verdad que no produce amor, sino que provoca turbación, que genera divisiones, odios y rencores, es una mentira. No se puede airear “todo lo que es verdad” o “todo lo que uno sabe”. No se debe absolutamente decir la verdad a aquellos que puedan servirse de ella para hacer el mal. La verdad que mata es diabólica, viene del maligno que “es homicida desde el principio…porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

 

Tratemos de entender lo que sugiere Jesús para poder “decir la verdad” a un hermano que está en peligro de perderse.

 

El camino a seguir contempla tres etapas.

 

La primera: se debe hablar personalmente con el hermano, cara a cara; todo se tiene que desarrollarse en secreto para evitar que alguien puede descubrir lo sucedido. Este primer intento es el más delicado, sobre todo porque es comprometido y decididamente desagradable; todos preferimos hablar confidencialmente del asunto con otro, en vez de enfrentarnos con el interesado. Además, no es fácil encontrar la palabra justa; puede uno equivocarse en el modo de abordar la cuestión; se nos puede escapar un adjetivo innecesario; basta un gesto fuera de lugar para que todo termine. Si el hermano resulta herido, se cierra definitivamente y quien ha intervenido con la mejor de las intenciones, además de haber perdido a un amigo, se siente responsable de la fallida conversión. En esta situación nos puede ser útil la sugerencia que nos presenta la segunda lectura de hoy: ponernos en la piel del hermano y tratar de imaginar cómo desearíamos que los demás se comportaran con nosotros.

 

Si este primer intento no surte efecto, el segundo paso a dar es pedir la ayuda de uno o dos hermanos sensibles y sabios de la comunidad. No hay que olvidar nunca el objetico: la recuperación del hermano. Nunca se debe dar la impresión de querer ponerle en un aprieto o condenarlo. Hay que hacerle sentir de estar con amigos que quieren su bien y están dispuestos a testimoniar ante los demás hermanos su buena disposición.

 

La última etapa es el recurso a la comunidad y solo en el caso en que el pecado cometido pueda turbar a todos los hermanos, especialmente a los más débiles en la fe. Si aun así el culpable no quiere enmendarse, entonces “considéralo un pagano y un recaudador de impuestos” (v. 10).

 

Tomada literalmente, esta recomendación desentona en la boca de Jesús que acaba de amonestar a sus discípulos: “Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños” (v. 10). ¿Cómo es posible que el “amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19) pronuncie un juicio tal duro?

 

Si no es correctamente entendida, la frase está fuera de lugar aun tratándose del evangelio de Mateo, que más resalta la realidad de una iglesia compuesta no solo de santos, sino también de pecadores; que es un campo donde crecen el trigo y la cizaña; una red que arrastra todo tipo de peces; un banquete al que son invitados buenos y malos. ¿Cómo se explica que los pecadores impenitentes deban ser expulsados de la comunidad?

 

No pongamos una frase de Jesús en contradicción con todo el evangelio. Un hecho es cierto: la comunidad no tiene el derecho a expulsar a uno de sus miembros que se comporta mal solamente por considerarlo un estorbo, un elemento indeseable. El pecador será siempre un hijo de la iglesia y una madre nunca se avergüenza de ninguno de sus hijos. No obstante, no hay que negarle a la iglesia el derecho y, hasta el deber, de pronunciar palabras de denuncia o de condena; Jesús le ha conferido el poder de atar y desatar y ha prometido ratificar en el cielo sus decisiones (v. 18). Atar y desatar es una expresión bien conocida. Era usada por los rabinos para indicar su autoridad de declarar lícito o prohibido un cierto comportamiento moral o de imponer o revocar el alejamiento de la comunidad.

 

La responsabilidad encomendada a la Iglesia es grande: está llamada a declarar de modo auténtico qué pensamientos, qué sentimientos, qué decisiones están de acuerdo con el Evangelio y es qué, por el contrario, lo que nos aleja de Cristo. La iglesia no expulsa a nadie, no condena, no castiga nunca, ayuda solamente a tomar conciencia de la situación en la que uno se encuentra al llevar a cabo ciertas decisiones.

 

En el cumplimiento de esta delicada misión, la iglesia nunca olvidará la severidad de otro dicho de Jesús: “¿Por qué te fijas en la pelusa que está en el ojo de tu hermano y no miras la viga que hay en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: déjame sacarte la pelusa de tu ojo, cuando no ves la viga en el tuyo?…Saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver claramente para sacar la pelusa del ojo de tu hermano” (Lc 6,41-42). No obstante, es su deber declarar de modo inequívoco, después de haberse confrontado con el evangelio, aquello que coloca al culpable fuera de la comunión con Cristo y con la comunidad.

 

El modo de prestar este servicio puede y debe cambiar: depende de la sensibilidad y de la mentalidad que –como sabemos- están sujetas a evolución a lo largo de los siglos. Hubo un tiempo en que era aceptable una actitud más rigurosa: quien cometía una falta moral grave era alejado de la comunidad (cf. 1 Cor 5); se temía que, ignorando o pasando por alto un comportamiento escandaloso, público y, a veces, provocativo, se corría el riesgo de desorientar a los miembros más débiles. De la misma manera, si alguno falsificaba el evangelio, era públicamente reprendido: “al herético, después de dos avisos, evítalo” (Tit 3,10). La comunidad no puede ciertamente tolerar que alguien, en nombre de Cristo, predique doctrinas falsas y nocivas.

 

Hoy estas formas de excomunión están fuera de lugar y pertenecen al pasado. La práctica pastoral es diversa pero el objetivo sigue siendo el mismo: iluminar al hermano, ayudarle a caer en la cuenta de su condición e inducirlo a que se enmiende. “Si alguien no obedece las instrucciones de mi carta, señálenlo y no se junten con él, para que recapacite. Pero no lo traten como a enemigo, sino aconséjenlo como a hermano” (2 Tes 3,14-15). Para obtener este resultado, debe quedar claro que las medidas tomadas deben ser dictadas por el amor y no con la intención de separar al culpable de una comunidad que se cree perfecta. Si se consigue que el interesado tome conciencia de no estar en plena comunión con los hermanos en la fe, quizás se pueda suscitar en él una sana nostalgia de la casa del Padre y el deseo y la necesidad de regresar.

 

Los versículos conclusivos (vv. 19-20) constituyen una última llamada al valor atribuido por Jesús al “estar juntos” y a la búsqueda del acuerdo entre los miembros de la comunidad. La concordia, la unidad de intenciones se manifiestan en la toma de conciencia de la presencia del Resucitado en medio de ellos y en la oración que él ha dirigido al Padre. Solo quien está en sintonía con los sentimientos de Dios y de los hermanos puede sentirse seguro de interpretar el pensamiento del Señor cuando “ata” y cuando “desata”.

 

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/4iLMP-hBMpY

 

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