Fiesta de Navidad (Misa del día)

Dios ha reveled su justice

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Desde sus inicios, la historia de la humanidad –nos dice la Biblia– ha sido una sucesión de pecados. Ya en el capítulo 6 del libro del Génesis el autor sagrado, con un antropomorfismo audaz, dice: “Al ver el Señor que en la tierra crecía la maldad del hombre y que toda su actitud era siempre perversa, se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra, y le pesó de corazón” (Gén 6,5-6). En la plenitud de los tiempos, Dios han intervenido para hacer justicia o, como dice el salmo responsorial de la fiesta de hoy, para revelar a las naciones su justicia.

 

Nosotros conocemos solo una justicia, la forense, la retributiva, administrada por los jueces en los tribunales donde se imponen castigos proporcionales a los delitos cometidos. Esta no es la justicia de Dios. “Soy Dios y no hombre” (Os 11,9). No responde al pecado con represalias y venganza, sino dando la mayor prueba de su amor, dando al mundo a su Hijo.

 

Una cierta teología del pasado ha aplicado desconsideradamente nuestra justicia a Dios y lo ha presentado como un Dios justiciero, dando lugar a la visión de un “cristianismo del miedo”, en contraposición a lo que verdaderamente es: la comunidad de creyentes que anuncia la venida del Reino que es “justicia, paz y alegría” (Rom 14,17).

 

En Navidad Dios manifiesta la inmensidad de su amor incondicional. Esta es su justicia. Todos los pueblos son invitados a contemplarla con gozoso asombro y libres de temor, porque “en el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Porque el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto” (1 Jn 4,18).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“¡Qué diferente es tu justicia, Señor, de la mía”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 52,7-10

 

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: Ya reina tu Dios! 52,8: Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. 52,9: Estallen gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén. 52,10: El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios. – Palabra de Dios

 

 

En un dramático día del mes de julio del año 587 a.C. los soldados de Nabucodonosor abren una brecha en las murallas de Jerusalén y entran en la ciudad; incendian el templo, el palacio real y las casas de la gente, hacen prisioneros y deportan a Babilonia al resto del pueblo que había quedado en la ciudad. Dejan solamente en el país a algunos de la clase baja para que cultiven los campos y las viñas (cf. 2 Re 25,8-12).

 

En Babilonia, los primeros años son duros, dolorosos, tristes. Un eco melancólico de esto lo encontramos en las palabras de la famosa canción del exilio: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos, acordándonos de Sión” (Sal 137,1). A la amargura, a la humillación de la derrota, al dolor por la pérdida de seres queridos, a la nostalgia por su tierra, se añade una inquietante pregunta: ¿por qué el Señor nos ha abandonado en las manos de nuestros enemigos?

 

Los primeros responsables por el desastre –concluyen unánimemente– son los gobernantes obtusos e insensatos que nos han gobernado. No han escuchado a los profetas, llevándonos así a la ruina. Pero también nosotros somos culpables: nos hemos dejado engañar y cometimos demasiadas iniquidades. ¿Quién nos podrá liberar ahora de la esclavitud? ¿Permanecerá el Señor siempre enojado con nosotros? ¿Ha repudiado para siempre a su esposa Israel?

 

La respuesta del Señor no se hace esperar: “Como mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor; como a esposa de juventud, repudiada dice tu Dios. Por un instante te abandoné pero con gran cariño te recogeréAunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no te retiraré mi lealtad ni mi alianza de paz vacilará dice el Señor que te quiere“ (Is 54,6-10).

 

De hecho, un día el Señor “se acordó de su amor y su lealtad hacia la Casa de Israel” (Sal 98,3) y decidió ir a liberar a su pueblo. Es en este momento histórico donde se sitúa nuestra lectura de hoy.

 

Aparece en Babilonia un profeta enviado por Dios para proclamar las palabras de consuelo a su pueblo. Está tan convencido de la fidelidad del Señor, que habla como si el exilio ya hubiese concluido. El futuro ya es una realidad para él: está contemplando la caravana de exiliados dirigiéndose a Jerusalén, un mensajero la precede, corre; es como si tuviera alas en los pies porque quiere ser el primero en dar la alegre noticia del regreso de los deportados.

 

El profeta imagina contemplar la escena desde lo alto de la montaña que domina la ciudad de Jerusalén y exclama: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: Ya reina tu Dios!” (v. 7).

 

Y el “sueño” continúa con la visión de la ciudad estallando de alegría. ¿Qué sucede? Se fija mejor y ve a los centinelas que escrutan el horizonte. De pronto, he aquí que corren a anunciar a todos una buena noticia: en la columna de gente que se acerca han reconocido a los exiliados que regresan de Babilonia.

 

Ahora la escena se vuelve grandiosa: al frente de la caravana que avanza triunfante los centinelas descubren al Señor. Es él quien conduce a su pueblo de regreso a Jerusalén (v. 8). En realidad, nunca los había abandonado. En una visión, el profeta Ezequiel había visto la gloria del Señor alejándose de la ciudad santa destruida y siguiendo a su pueblo camino del exilio (cf. Ez 10,18-19; 11,22-23). Ahora, regresa junto a los deportados.

 

La esclavitud, los sufrimientos, la humillación han terminado; los líderes y reyes malvados, los pastores que habían explotado y oprimido al pueblo se han ido para siempre. Comienza una nueva era, un reino en el que el Señor se pondrá definitivamente guiar a su pueblo.

 

La lectura termina con la invitación del profeta dirigida a las ruinas de Jerusalén: “Estallen en gritos de alegría” (v. 9). Los muros en ruinas serán reconstruidos y todos los pueblos de la tierra contemplarán asombrados la obra increíble que el Dios de Israel ha sabido realizar (v. 10).

 

Este es el “sueño” del profeta narrado en la lectura. ¿Qué es lo que en realidad sucedió después?

 

Alrededor del año 520 a.C. un grupo de exiliados salió de Babilonia, pero ¡qué decepción la suya! A su llegada no hubo ninguna explosión de alegría, su regreso fue todo menos un triunfo; la bienvenida estuvo muy fría y pronto surgieron las desavenencias entre los residentes y los recién llegados. ¿Había sido el profeta víctima de una alucinación, de un engañado?

 

Poco a poco, y lo largo de los siglos, el pueblo comenzó a entender: el regreso de Babilonia era sólo la imagen de otra liberación que Dios tenía pensado llevar a cabo.  Israel, lógicamente, habría preferido que la profecía se hubiera realizado inmediata y literalmente. La había entendido en sentido material, creyendo que Dios pondría su poder al servicio de sus sueños de gloria nacional. Había comprendido mal. Era otro “regreso” sorprendente el que Dios tenía en mente. Éste sí que provocaría una alegría universal e incontenible.

 

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Segunda Lectura: Carta a los hebreos 1,1-6

 

En el pasado muchas veces y de muchas formas habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas. 1,2: En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombré heredero de todo. Y por quien creó el universo. 1,3: Él es el reflejo de su gloria, la imagen misma de lo que Dios es, y mantiene el universo con su Palabra poderosa. Él es el que purificó al mundo de sus pecados, y tomó asiento en el cielo a la derecha del trono de Dios. 1,4: Así llegó a ser tan superior a los ángeles, cuanto incomparablemente mayor es el Nombre que ha revelado. 1,5: ¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy? Y en otro lugar: Yo seré para él un padre, él será para mí un hijo. 1,6: Asímismo, cuando introduce en el mundo al primogénito, dice: Que todos los ángeles de Dios lo adoren. – Palabra de Dios

 

 

No sólo se habla con la lengua. Un rostro ensombrecido, una sonrisa, una simple mirada, una caricia, un apretón de manos, a menudo transmiten mejor que las palabras lo que lleva uno en la mente y en el corazón. Un regalo está lleno de mensajes aunque no tenga nada escrito. Incluso el silencio puede ser “palabra”. En la famosa historia del encuentro con de Elías con Dios en el Horeb, después de decir que Dios no estaba en el viento impetuoso ni en el terremoto ni en el fuego, el texto sagrado continúa: “Después del fuego se oyó una brisa tenue” (1 Re 19,12). Era Dios que hablaba… en el silencio. Él interviene en el mundo sólo a través de su palabra y la lectura nos dice que se manifiesta a los hombres de diferentes maneras.

 

En tiempos antiguos habló por medio de lo creado. Que la creación hable de Dios es bastante normal, ya que todo se originó a partir de su palabra. En todos los acontecimientos, en todos los fenómenos de la naturaleza, en el sol que nace, en la lluvia que riega los campos, en el giro armonioso y regular de los astros, se puede escuchar el mensaje de Dios.

 

Quien –distraído o fascinado por la belleza de las cosas– no logra oír esta voz, es llamado “insensato” en el lenguaje bíblico. No malvado o culpable, sino “insensato”, es decir, digno de lástima porque, en su insensatez, deja que se le escape el sentido de todo lo que existe y acontece. Observa el autor del libro de la Sabiduría: “Eran naturalmente faltos de inteligencia todos los hombres que ignoraban a Dios, y fueron incapaces de conocer al que es partiendo de las cosas buenas que están a la vista, y no reconocieron al artífice fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes, regidoras del mundo. Si fascinados por su hermosura los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Dueño, pues los creó el autor de la belleza” (Sab 13,1.3).

 

Esta forma de comunicación a través de lo creado, sin embargo, es la menos perfecta. El pueblo de Israel ha tenido el privilegio de escuchar la voz del Señor con más nitidez que los paganos: la ha escuchado a través de los profetas (v. 1). El Señor se manifestaba a estos hombres santos su pensamiento para que se lo comunicaran al pueblo. “El Señor no hace nada –decía Amos– sin antes revelar su decisión a sus siervos los profetas” (Am 3,7).

 

En los últimos siglos antes de Cristo, a causa de la infidelidad del hombre, el cielo se cierra, cesa el envío de profetas y el pueblo experimenta dolorosamente el silencio de Dios. Ya lo había predicho el profeta Amós: “En aquellos días los hombres irán errantes de este a oeste, vagando de norte a sur, buscando la Palabra del Señor, y no la encontrarán” (Am 8,12).

 

¿Hasta cuándo durará este silencio de Dios? ¿Será permanente su enojo? (cf. Sal 79,5). El israelita piadoso le suplicaba: “Ojalá rasgases el cielo y bajases” (Is 63,20).

 

Al llegar la plenitud de los tiempos, cuando todavía éramos sus enemigos (cf. Rom 5,6), Dios rasgó los cielos y envió al mundo a su propio hijo: su imagen perfecta, su “Palabra”, su “Verbo” (vv. 2-3).

 

Jesús es la revelación más elevada, la más clara, la más elocuente del Padre. Viéndole a él se ve al Padre (cf. Jn 14,9). Él es el resplandor irradiado del Padre, como también afirma Pablo: “El mismo Dios que mandó a la luz brillar en las tinieblas, es el que hizo brillar su luz en nuestros corazones, para que en nosotros se irradie la gloria de Dios, como brilla en el rostro de Cristo (2 Cor 4,6).

 

La última parte de la lectura (vv. 4-6) insiste en la superioridad incomparable de la revelación obtenida a través de Jesús. Los Judíos afirmaban que Dios les había hablado incluso sirviéndose de ángeles. El autor de la carta afirma: Jesús es inmensamente superior a los ángeles. Como prueba cita tres textos de la Escritura, y concluye: “¡Que lo adoren todos los ángeles de Dios!”

 

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Evangelio: Juan 1,1-18

 

Al principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. 1,2: Ella existía al principio junto a Dios. 1,3: Todo existió por medio de ella, y sin ella nada existió de cuanto existe. 1,4: En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; 1,5: la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. 1,6: –Apareció un hombre enviado por Dios, llamado Juan, 1,7: que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. 1,8: Él no era la luz, sino un testigo de la luz. 1,9: La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. 1,10: En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. 1,11: Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. 1,12: Pero a los que la recibieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios: 1,13: ellos no han nacido de la sangre ni del deseo de la carne, ni del deseo del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. 1,14: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad. 1,15: Juan grita dando testimonio de él: Éste es aquél del que yo decía: El que viene detrás de mí, es más importante que yo, porque existía antes que yo. 1,16: De su plenitud hemos recibido todos: gracia tras gracia. 1,17: Porque la ley se promulgó por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad se realizaron por Jesús el Mesías. 1,18: Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre. Él nos lo dio a conocer. – Palabra del Señor

 

 

Todos los autores cuidan con particular esmero la primera página de sus libros porque son como la carta de presentación de toda la obra. Ésta tiene que ser no solo agradable y atrayente, sino que además debe ya señalar los temas esenciales que se tratarán a continuación. Es una manera de atraer la curiosidad y suscitar el interés del lector.

 

Para introducir su evangelio, Juan compone un himno tan sublime y elevado que en verdad le hace merecedor entre los evangelistas del título de “águila”. Como en la “obertura” de una sinfonía, es posible captar en este prólogo los motivos que serán después retomados y desarrollados en los capítulos sucesivos: Jesús enviado del Padre, fuente de vida, luz del mundo, lleno de gracia y de verdad, Unigénito en el que se revela la gloria del Padre.

 

En la primera estrofa (vv. 1-5) Juan parece alzar el vuelo utilizando una imagen familiar a la literatura sapiencial y rabínica: la “Sabiduría de Dios” representada por una mujer encantadora y fascinante. Así se presenta a sí misma la “Sabiduría” en el libro de los Proverbios: “El Señor me creó como primera de sus tareas, antes de sus obras… No había océanos cuando fui engendrada… Todavía no estaban encajados los montes, antes de las montañas fui engendrada… Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo…cuando imponía su límite al mar…cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él” (Prov 8,22-29).

 

Se trata de una personificación que aparece también en el libro del Eclesiástico donde se afirma que la Sabiduría se ha encarnado en la Torá, en la Ley y ha plantado su tienda en Israel (cf. Eclo 24,3-8.22).

 

Juan conoce bien estos textos y –quizás con un punto de polémica frente al judaísmo– los retoma y los aplica a Jesús. Es él la Sabiduría de Dios venida a plantar su tienda entre nosotros; es él, y no la ley de Moisés, quien revela a los hombres el rostro de Dios y su voluntad. Él es el Verbo, la Palabra última y definitiva de Dios. Es aquella palabra mediante la cual Dios, al principio, creó el mundo.

 

No solamente esto. A diferencia de la Sabiduría personificada (cf. Eclo 24,9) la palabra de Dios –que en Jesús de Nazaret se ha hecho carne– no ha sido creada sino que “estaba” junto a Dios, existía desde toda la eternidad y era Dios. Para Israel, la Sabiduría “es un árbol de vida para los que la agarran” (Prov 3,18). Juan clarifica: la sabiduría de Dios se ha manifestado plenamente en la persona histórica de Jesús. Es él, no más la Ley, la fuente de la vida. 

 

La venida de esta Palabra al mundo divide la historia en dos partes: en un “antes” y en un “después” de Cristo; hay tinieblas sin él, luz donde está él. Es una Palabra que, como  espada, penetra hasta lo más íntimo de todo hombre y separa en éste lo que es “hijo de la luz” de lo que es “hijo de las tinieblas”. Las tinieblas intentarán destruir esta luz pero no lo conseguirán. Ni siquiera el rechazo del hombre podrá sofocarla y, al final, la luz triunfará en el corazón de todos y de cada uno de nosotros.

 

La segunda estrofa (vv. 6-8) tiene la función de ser un primer intervalo narrativo que introduce la figura del Bautista. De éste no se dice que “estaba junto a Dios”. Juan es un simple hombre escogido por Dios para una misión. Tenía que ser el testigo de la luz. Su función es tan importante que viene mencionada hasta tres veces. No era él la luz, pero supo reconocer la luz verdadera y señalarla a todos.

 

La tercera estrofa (vv. 9-13) desarrolla el tema de Cristo-luz y la respuesta de los hombres cuando apareció en el mundo. El himno se abre con un grito de alegría: “la luz verdadera estaba viniendo al mundo”. Jesús es la luz auténtica, lo contrario de las   antorchas ilusorias, los fuegos fatuos, los espejismos y destellos engañosos proyectados por la sabiduría humana.

 

Este grito entusiasta viene seguido, sin embargo, de un lamento: “el mundo no la reconoció”. Es el rechazo, la oposición, es cerrar la puerta a la luz. Los hombres prefieren la oscuridad porque se han aficionado a sus obras malvadas (cf. Jn 3,19).

 

Ni siquiera los israelitas –“su gente”– la acogen. Y sin embargo, deberían haber reconocido en Jesús la manifestación última, la encarnación de la “sabiduría de Dios”, de aquella sabiduría que “entre todos los pueblos había buscado un lugar de descanso donde establecerse” y justamente en Israel había encontrado su morada. El creador del universo le había dado esta orden: “planta tu tienda en Jacob y toma a Israel como heredad” (Eclo 24,7-8). 

 

Sorprende el rechazo a la luz y a la vida por parte de los hombres, incluso los más preparados y mejor dispuestos. También Jesús se admirará un día de la incredulidad de sus mismos conciudadanos (cf. Mc 6,6). Esto significa que la luz que viene de lo alto no se impone, no usa la violencia, deja libres, pero nos pone frente a una decisión insoslayable: es necesario escoger entre “bendición y maldición” (Dt 1,27), entre “vida y muerte” (Dt 30,15). 

 

La estrofa concluye con la visión gozosa de aquellos que han creído en la luz. Creer no significa dar el propio consentimiento intelectual a un conjunto de verdades, sino acoger a una persona, a la sabiduría de Dios que se identifica con Jesús.

 

A los que confían en él se les concede “un derecho” inaudito: llegar a convertirse en hijos de Dios. Es el renacer de lo alto del que hablará Jesús a Nicodemo (cf. Jn 3,3). Es un renacer que no tiene nada que ver con el nacimiento natural, ligado a la sexualidad y al querer del hombre y de la mujer. El renacer de Dios es de otro orden, es obra del Espíritu.

 

La cuarta estrofa (v. 14): “La palabra se hico carne y habitó entre nosotros”. Es el punto culminante de todo el prólogo y son las palabras del Evangelio que hoy  oiremos de rodillas. Están aún grávidas de la admiración gozosa y maravillada de los cristianos de las primeras comunidades ante el misterio de Dios quien, por amor, se despoja de su gloria, se rebaja a sí mismo y fija su morada bajo nuestra tienda.

 

“Carne” en el lenguaje bíblico significa el hombre en su dimensión de debilidad, fragilidad, caducidad. Se percibe aquí la dramática contraposición entre “carne” y “Palabra de Dios”, contraposición tan eficaz y realísticamente expresada en el texto de Isaías: “Toda carne es hierba…y su belleza como flor campestre. Se seca la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios se cumple siempre” (Is 40,6-8).

 

Cuando Juan dice que la “Palabra” se hace carne no afirma simplemente que toma un cuerpo mortal o que se reviste de músculos, sino que se hace uno de nosotros, en todo semejante a nosotros (incluidos los sentimientos, las pasiones, las emociones, los condicionamientos culturales, el cansancio, la fatiga, la ignorancia –sí,  la ignorancia– y también las tentaciones, los conflictos interiores…). En todo semejante a nosotros menos en el pecado.

 

“Y nosotros hemos contemplado su gloria”. El hombre bíblico era consciente de que el ojo humano era incapaz de ver a Dios. De Él, solo se puede contemplar la “gloria”, es decir, la huella de su presencia, sus obras, sus gestos de poder a favor de su pueblo: “Mostraré mi gloria derrotando al Faraón con su ejército, sus carros, y jinetes” (Ex 14,17).

 

Se percibe el eco, en esta frase del prólogo, de las expresiones llenas de intensa emoción de la primera Carta de Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos, es lo que les anunciamos: la Palabra de vida. La vida se manifestó: la vimos, damos testimonio y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que vimos y oímos se lo anunciamos también a ustedes. Les escribimos esto para que su alegría sea completa” (1 Jn 1,1-4).

 

Juan habla en plural porque quiere referirse a la experiencia de los cristianos de su comunidad quienes, con los ojos de fe, han sido capaces de descubrir, más allá del velo de la “carne” de Jesús humillado y crucificado, el rostro de Dios.

 

El Señor ha manifestado muchas veces su gloria con signos y prodigios pero nunca se había revelado de una manera tan clara y evidente como en su “Unigénito, lleno de gracia y verdad”. “Gracia y verdad” es una expresión bíblica que significa “amor fiel”. La encontramos en el Antiguo Testamento cuando el Señor se presenta a Moisés como “el Señor, el Dios compasivo y clemente, paciente, rico en bondad y lealtad” (Ex 34,6). En Jesús está presente la plenitud del amor fiel de Dios. Él es la demostración irrefutable de que nada podrá jamás prevalecer sobre la benevolencia de Dios.

 

La quinta estrofa (v. 15) es el segundo interludio. Reaparece el Bautista y esta vez habla en presente: “da testimonio” a favor de Jesús. “Grita” a los hombres de todos los tiempos que el Señor Jesús es único.

 

La sexta estrofa (vv. 16-18) es un canto de júbilo en que prorrumpe la comunidad agradecida a Dios por el don recibido. Don incomparable. También la ley de Moisés era don de Dios, pero no era definitiva. Las disposiciones externas que contenía no podían comunicar “la gracia y la verdad”; es decir, la fuerza que permite al hombre corresponder al amor fiel de Dios. La “gracia y la verdad” han sido dadas por medio de Jesús. Aparece aquí su nombre por primera vez.

 

A Dios nadie lo ha visto. Es una afirmación que Juan recuerda con frecuencia (cf. 5,37; 6,46; 1 Jn 4,12.20) y que encontramos también en el Antiguo Testamento: “Mi rostro tu no lo puedes ver porque nadie puede verlo y quedar con vida” (Ex 33,20).

 

Las manifestaciones, las apariciones, las visiones de Dios narradas en el Antiguo Testamento no eran visiones materiales, sino un modo humano de describir la revelación de los pensamientos, de la voluntad y de los proyectos del Señor.

 

Ahora, sin embargo, es posible ver real y concretamente a Dios contemplando a Jesús. Para conocer al Padre no es necesario recurrir a razonamientos filosóficos o perderse en sutiles disquisiciones. Basta contemplar a Cristo, observar lo que hace, lo que dice, lo que enseña, cómo se comporta, cómo ama, a quién prefiere, a quién frecuenta, con quién come, a quién escoge, a quién reprende, a quién defiende. Basta contemplarlo en el momento más elevado y sublime de su “gloria”, cuando viene alzado en la cruz. En esta suprema manifestación llena de amor, el Padre lo ha dicho todo.

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

https://www.youtube.com/watch?v=34dsJdQ-v9c

 

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